viernes, 21 de marzo de 2008

Desesperanzas y amarguras de la docencia

Asusta y entristece la desesperanza de algunos docentes (muchos además) respecto a su labor. Encontramos en la cotidianidad, docentes (de Básica, Media o de Superior) que ya no creen, ni se sueñan, ni se esperanzan con la educación. Claro, esto pasa en todas las profesiones. El maestro no está libre de estos sentimientos y tampoco puede evitar, como cualquier otro profesional, las normales episódicas decepciones de su profesión. Sin embargo, abruma escuchar a los maestros en los que la decepción ha pasado de episódica a una especie de "modo de ser". La seca afirmación de "Yo ya no creo en eso"; "La educación ya no es para mi"; "Sólo espero jubilarme en tres años para no volver a saber nada de clases ni de educación". "Siento una amargura muy grande", todas son frases expresadas con dolor por algunos docentes.

Me pregunto: ¿Qué efectos podrá generar ese río revuelto de sensaciones en la institución ante sus compañeros y directivas? ¿Qué pasará por la sensibilidad de sus estudiantes cuando anuncia airadamente que no puede ni quiere ya creer en la educación? Desde su desesperanza y descreimiento: ¿se puede enseñar o transmitir? A esta última pregunta tendremos que responder que si, que se pueden enseñar y transmitir muchas cosas, pero no las mejores por supuesto. Desde la perspectiva del deseo de saber: ¿Qué efectos desencadenarán sus palabras, sus silencios, sus dolores de estar en el lugar equivocado día tras día? ¿Cuántas palabras, cuántas seguridades se podrán aplastar en cada "clase" dictada?

Lo curioso es que suele ponerse la desesperanza en el otro. Y entonces estos docentes afirman: "Es que los estudiantes ya no quieren estudiar", "ya no es lo mismo de antes que uno entraba a una clase y habían preguntas inteligentes, gente con ganas de aprender... pero ya eso también se acabó". ¿Quién acaba a quién? ¿Dónde nace esta desesperanza? Es claro que el docente es particularmente una de las figuras más aporreadas en nuestro país, a la que más se le pide, de la que más se espera, la más vigilada por la sociedad, la más "discurseada" por los "sabios" de la educación... Pero también es claro que los esquemas con los que trabajó y operó el acto de educar durante tantos años, ya hoy le han dejado de funcionar.

¿Por qué? La cultura ha cambiado, el lenguaje ha cambiado, los sueños han cambiado, la vida ha tocado las diferentes regiones del país de diversas maneras y muchos docentes en cambio se niegan a cambiar. Claro, es verdad que esto ha pasado siempre, pero no a un ritmo tan acelerado. Es por esto que estos docentes aún creen que hay algo de la educación que debe ser estático, inamovible, verdadero y duradero, capaz de resistir los embates de los tiempos. Olvidan que hoy las TIC han modificado muchos esquemas de organización de la información, de la construcción de conocimiento, de apertura a "lo otro". Los medios y las TIC nos han ido transformando la enseñanza y el aprendizaje, aunque se diga defensivamente que "esa no es razón pues en mi universidad sólo hay una sala de computadores".

Es que las TIC no son sólo los computadores y están ahí, haciendo parte de la cultura aunque los docentes no lo vean o no lo crean.

Hay una preparación para el cambio que no estamos enfrentando y por eso la resistencia y la desesperanza crece.

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