sábado, 20 de febrero de 2010

Innovación como aprovechamiento del conocimiento

Desde hace años he planteado respecto al tema de la creatividad que debemos enfrentar primero la pregunta: ¿creatividad para qué? La primera respuesta que se me ha ocurrido siempre es que la creatividad debe servirnos para ofrecernos cotidianamente un sentido para vivir y para lograr que la vida valga la pena de ser vivida. Nuestra capacidad creativa debe estar puesta al servicio del mejoramiento de la calidad de vida en común y al desarrollo y progreso del país desde cada una de nuestras profesiones. Creatividad para contribuir a la formación de hombres que conciban nuevos ideales de paz y convivencia, que ayuden a construir una visión de mundo que logre dignificar cotidianamente la vida humana.
El punto de partida de esta pregunta ha tenido mucho que ver con mi preocupación por la construcción de "ciudadanía" en un país con tantos conflictos relacionados con la convivencia y el derecho a la vida.
Hoy, creo que todos los profesionales debemos seguir pensando a profundidad el tema de la creatividad y la innovación, porque los modos de enfrentar la educación ya no pueden seguir siendo los mismos del siglo pasado; tampoco lo son la manera de investigar y de comunicar las ciencias y menos las formas de pensar las relaciones sociales y culturales. Hoy sabemos más de las pluralidades y de las diferencias, de los centros y las periferias, de los diferentes modelos de sociedad con sus beneficios y sus atrocidades. Intuimos la amplitud y complejidad de los retos de la educación en la sociedad actual y sabemos que son muchos los factores que desatan enormes desafíos para nuestra comprensión y nuestros actos si queremos orientarnos a proponer soluciones a los problemas que implican la construcción del bien común.
Necesitamos toda nuestra capacidad imaginativa y reflexiva para la construcción de una sociedad más justa, equitativa e incluyente en la que podamos configurar conjuntamente con las nuevas generaciones, una nueva producción de normas, valores, conocimientos y relaciones (sociales, culturales, políticas, económicas, religiosas...).
La participación activa que tienen muchos jóvenes en la "construcción" de sociedad a través de grandes redes sociales, nos obliga a todos los profesionales a pensar dónde debemos activar nuestra capacidad creativa e innovadora. Ese es el gran reto de hoy.
Necesitamos preguntarnos por la construcción de las nuevas "ciudadanías del siglo XXI" con todas las implicaciones que éstas pueden taer consigo. Necesitamos reaprender formas de acompañamiento con las nuevas generaciones desde las que enfrentemos reflexiones relacionadas con esta extraña transición que va desde la "sociedad de la información" a la "sociedad del conocimiento" para aportar en ella nuevas y efectivas soluciones.
El concepto de innovación, debe remitirnos a eso "nuevo" que hay que crear, pero sabiendo aprovechar todo lo que ya sabemos para beneficio de todos.
Innovar no es un producción loca y "autista" de cosas "nuevas" o "novedosas". La innovación implica ser capaz de integrar las nuevas soluciones aprovechando el conocimiento que ya se tiene.
El gran peligro de nuestra época es el carácter migratorio de todo, incluso de las ideas y el no tener un puerto seguro donde dejar reposar serenamente nuestro pensamiento para la producción de nuevos conocimientos.
Con la emergencia de las tecnologías de información y comunicación -TIC- nuestros jóvenes (y quizá muchos adultos "webetizados") han ido aprendiendo una interesante circulación entre culturas pero también una continua migración, que no es del todo benéfica, porque aún no hemos encontrado, o por lo menos parece que no hemos construido del todo, estrategias de aprovechamiento de lo que vamos logrando como conocimiento.
El asunto de la innovación en educación por ejemplo, no es por ello tan sencillo, como formulan algunos. En el mundo de las TIC, se habla de innovación con una ligereza abismal creyendo que se trata de proveer a docentes y estudiantes de múltiples herramientas nuevas.
A veces pienso que se cae en la tentación de invitar a los estudiantes a saltar al vacío bajo las banderas de la web 1.0, 2.0, 3,0 y 4.0. Un poco de ese salto había hablado Gilles Lipovetsky como el culto a la novedad y al cambio. (Ver: La era del vacío, 1983).
¿Qué competencias desarrollamos en los jóvenes para integrar nuevos conocimientos, es decir para articular innovación y tradicion?
Creo que nuestros cibergurus que van de país en país tras el altar de lo nuevo han dejado de pensar la innovación como articulación, generación, uso, apropiación y aprovechamiento. Es verdad que también hay que pensarla como un poco de "errancia" (como dirían los poetas), pero no demasiada.

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