lunes, 8 de noviembre de 2010

Cuando Pedro habla de Juan...

Hace 32 años escuché a un maravilloso maestro de filosofía (Gustavo es su nombre) citar la siguiente frase: "Cuando Pedro habla de Juan se sabe más de Pedro que de Juan". Desde ese momento vuelvo sobre esa cita cada vez que me encuentro de frente con el despliegue de altas capacidades humanas para la agresión en sus múltiples modalidades.
A veces me resulta fácil entender el desborde de la agresión en algunas profesiones por lo lejos que podrían llegarse a encontrar respecto a la reflexión y las prácticas relacionadas con el desarrollo humano. Se que la agresividad es constitutiva de lo humano y que es un enorme logro de la civilización comparado con la violencia. Ya Freud lo decía metafóricamente: "El primer hombre que en vez de arrojar una piedra contra su enemigo, arrojó un insulto... ese fue el creador de la cultura".
Sin embargo, en profesiones como la del maestro es bien difícil de aceptar el desbordamiento imparable de la agresión. Para el maestro la palabra debe ser una herramienta para construir y no un arma para destruir. La academia no puede ser nunca un arma, desde la que se apuñala al otro con el filo de las citas ajenas. Las nuevas tecnologías tampoco pueden ser la plaza pública para apedrear al otro como en épocas remotas.
¿Que pasa con los que se deliran a sí mismos como los "duros" de la educación, o como los formadores de formadores? En nombre de los autores creen enunciar crudas verdades, pero olvidan que se enuncian a sí mismos, se ponen en evidencia, no dejan su alma en paz y por supuesto... no pueden dedicarse a la loable y necesaria tarea de educar. Demasiado embelesados con su agresión como para pensar en el sentido y el valor de la educación.
¿Recuperan estos docentes la fe en la educación?
¿Volverán al lugar que les corresponde y hablarán de futuro, de esperanza, de fe, de sueños?
Me gustaría mucho que eso pasara.

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