viernes, 13 de mayo de 2011

Feliz día maestos y maestras

Este escrito le he compartido en otros momentos a propósito de la celebración del día de los maestros y las maestras que creen y trabajan con dignidad y ética por ejercer su deber y derecho a la educación de si y de otros.  Hoy quiero volverlo a compartir con imágenes y afectos por amigos que conocí en casi todo el país y en mi propia región, y que se pasean por nombres como Pacho, Luisa, Carmen Alexandra, Ernesto, Luz Marina, Edwin, Beatriz, Fabián, Lucero,  Diana, Claudia, Fernando, Olga... en fin buenas gentes que vibran al frente de sus alumnos porque respetan sus vidas y su crecimiento intelectual y social.

Para celebrar el día del educador, propongo reflexionar sobre lo que cada uno tiene que ver con el acto de educar, y por supuesto, con el acto de educar-se. Educar y educarse para la vida, es cultivar (se) para habitar el mundo que a cada instante surge y se reinventa con los otros.
El mundo humano tiene la fortuna de poder ser imaginado, soñado, idealizado porque está constituido por símbolos que amplían horizontes para la sensibilidad y la comprensión humana. El mundo es mundo, no  tanto por lo que ya está dado, sino por lo que está por darse. El mundo es una posibilidad inagotable de cambio y creación para el hombre. De hecho, el mundo que presenció Platón no es el mismo que habitó Galileo, ni el que reflexionó Freud, el que ideó García Márquez o el que pintó Botero. Ni siquiera el mundo de la infancia es el mismo que se conserva en la adultez.
Todo cambia… y la realidad humana está marcada por transformaciones provenientes  de desarrollos científicos, tecnológicos, culturales... El mundo “actual” ofrece al campo educativo una enorme cantidad de retos y oportunidades para la enseñanza y el aprendizaje, que implica desarrollar nuevas competencias para desempeñarse innovadora y competitivamente en el siglo XXI. El gran reto de la educación actual está en ser capaz de ir con el mundo y habitar dignamente en él; ser capaz de actualizarse, asomarse a lo nuevo, construir y proponer; ver el cambio sin miedos pero con asombro, con gusto, como una oportunidad más para crecer.
La facilidad para acceder a la información y las múltiples dinámicas de intercambio y comunicación con los que cuenta hoy la sociedad, interrogan al maestro de hoy por su capacidad de innovación. Le exigen reformular de nuevo, qué entiende por calidad y pertinencia de sus procesos educativos y le plantean exigencias para generar diálogos fecundos que lo acerquen al complejo mundo de sus estudiantes. Le demandan  reflexiones sobre los efectos -subjetivos y objetivos- que se desencadenan con los desarrollos e innovaciones tecnológicas, en particular con las tecnologías de información y comunicación, para construir desde el aula, nuevas formas de acompañar a niños y jóvenes de maneras más lúdicas, más colaborativas, más integradoras, más plenas de sueños con posibilidad de realización.
Justamente la tarea socializadora de la educación implica preparar a los ciudadanos para los cambios venideros en los que haya muchos futuros posibles y se vivan presentes más acordes con el deseo.
De esto se trata educar para la vida y la realidad. De educar para vivir-se, pensar-se y sentir-se en el fluir constante de las acciones humanas. De asumir la responsabilidad de continuar la tarea, profundamente ética, de humanizar y socializar para habitar mundos tal como nos los soñamos, en los que sea cada vez más posible la autorrealización, la autonomía, el gusto por el saber, el amor, el arte y las experiencias de libertad. Educar para hacernos responsables de construir un mundo mejor que aporte soluciones reales de bienestar para todos.
De ahí el valor de un maestro creativo e innovador que desde su convicción personal y desde su deseo de ser maestro, ayude a sus estudiantes a reconocer el reto y la satisfacción de sentir y conocer mundos nuevos;  que estimule el gusto por el aprendizaje desde su propia confianza para adquirir el hábito y la pasión por aprender. Que ayude con su imaginación y su razón a inventar caminos de mucha riqueza para el aprendizaje y a conquistar metas en compañía de muchos; que no se avergüence de su no saber sino que se enorgullezca de su capacidad permanente de aprender; que ame los procesos tanto como los resultados; que enfrente esa maravillosa responsabilidad que cada hombre tiene de aportar algo al universo humano, y de dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontró.
Que active en la relación pedagógica, la pregunta por el deseo de saber, de tal forma que sea posible aprender a vincular los proyectos, intereses e ideales individuales, con los proyectos, intereses e ideales colectivos y cooperativos en aras de construir un bien-estar común que es lo que confiere una dimensión ética al proceso creador de la educación.
Que no se embriague con la ilusión de la completud en el saber, ni crea que sus conocimientos y sus métodos de enseñanza, son fijos, inalterables, finalizados, resueltos. Por el contrario, que sea capaz de soñarse a los niños y jóvenes desde su propia infancia o juventud y escuche  los cambios radicales que ellos se plantean frente a la vida, la moral, la sociedad o la ilusión, para no obligarlos a soñar una vida que ya el maestro se soñó. Que permita abrir un abanico de modos de ser, de pensar y de actuar y se niegue a aferrarse en las seguridades conocidas. Que crea seriamente que es posible sembrar las aulas de proyectos, sueños, ideales y utopías, pero que se cuide de perderse en espejismos de paraísos perdidos.
Que recupere y reconstruya una ética y una poética del vivir recobrando  el derecho y el deber a la palabra para mejorar la convivencia. 
El mundo actual necesita pensar una educación que prepare para enfrentar la dificultad, que recupere el derecho al error, al olvido y de nuevo haga emerger la pregunta por el ser en medio de todas las oportunidades que esta sociedad “del conocimiento” nos plantea. Una educación que incluya la humanización como su principal camino. Que ``acompañe'' en el terrible sentimiento de soledad que puede llegarse a vivir en la sociedad “global” contemporánea. Que recupere la fortuna del antagonismo, el pluralismo y la diferencia y enfrente desde la reflexión el ancestral dilema entre lo que se puede hacer teóricamente y lo que realmente puede llevar hacia la acción; que concilie el poder con el deber y comprenda que el modo de concebir hoy la realidad da como resultado un modo de estar en el mundo y un modo de comportarse éticamente en él. Una educación responsable de incidir en la construcción de la sociedad para mejorar la convivencia y dignificar la vida humana.
Para un tipo de educación como esta se requiere de un tipo de maestros preocupados por la formación humana y con mucha visión de futuro; que comprenda que el ejercicio docente lo revela a si mismo muy por fortuna suya, o muy a su pesar. En ese ir y venir de las palabras, los conceptos y los discursos, en ese devenir extraño de las lecturas, las escrituras, las discusiones, las argumentaciones y las ``evaluaciones'', en el uso que hace de las nuevas herramientas que tiene a su disposición para acercar a sus estudiantes a la realidad social, cada docente y alumno, se pone en juego y en cada juego se pone en evidencia.
A gritos habla del maestro la manera como funda su “relación” pedagógica. En su palabra hecha discurso, silencio o gesto, se desliza quién es, en qué cree, cómo piensa, cómo aprende. En ella se muestra el sentido que ha dado a su vida. Porque nadie es tanto libro abierto como el docente; él es espejo en el que otros se ven.
El educador, el maestro, el docente, el instructor, el dinamizador, el asesor, el tutor, el profe del siglo XXI..., llamémoslo como queramos, está convocado hoy más que nunca, a reconstruir su propia ética y su propia poética del vivir para que el mundo  que habita y lo habita sea cada vez más una buena morada para sus estudiantes.

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