martes, 14 de mayo de 2013

Jugando a solas con la soledad

Hago un alto en mi camino para estar a solas con la soledad. Quiero vivirme por un breve lapso de tiempo sin palabras, sin preguntas, sin consejos, sin responsabilidades, sin tantos otros que componen mi cotidianidad. Quiero descansar como la tierra cuando se la prepara para volverla a sembrar. Quiero disfrutar un amanecer sin culpas, ni carreras, sin promesas, sin complicaciones. Sólo pararme al frente de un paisaje que estará por darse y ver como se produce el estallido de color; sentir como el frío de la noche que se va y el calor de la mañana que llega, comparten juntos un breve instante. Quiero escuchar cómo cambian los sonidos en el campo que son tan diferentes a los muertos ruidos de la ciudad. Quiero estar a solas un momento, sin máscaras, sin palabras o afectos pre-vistos, planeados, protocolarios.
Estar a solas con la soledad como otra forma de compañía. La soledad como el dolor, es íntima, entrañable, personal; permite verse a sí misma, darse tiempo, repararse, reinventarse. Cuánta soledad nos exige la lectura o la escritura; cuánta nos exige la belleza; cuánto nos demanda el dolor. A cuánta soledad nos enfrentan la muerte o el sueño, la frustración o la desesperanza, y a cuanta la pérdida de la confianza...
En la infancia aprendí mucho del juego de la soledad.Y no era por falta de amigos. Sino porque me preparaba para aprender a estar a solas conmigo misma disfrutando del silencio, de la oscuridad, del pensamiento y la imaginación... Recuerdo que encontré un rincón de mi casa que convertí en la casita de la soledad. Los trapos se transformaban en puertas y bastaban para aislarme lo suficiente del otro mundo "real". No ver a nadie me protegía de cualquier cosa. Pensaba que nadie me veía con sólo estar en la casita de la soledad. Muchas tardes disfruté de mi rincón a solas. Hoy estoy repitiendo el juego porque finalmente los juegos se repiten durante toda la existencia. Y también juego a solas con la soledad.

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