martes, 24 de septiembre de 2013

Breve historia de una jirafa

Todos los días salgo a caminar por los rincones o pasillos de mi nueva institución. Casi de manera obligada, veo una hermosa jirafa en la ventana. He fantaseado que se va a caer y yo podré recogerla. Quizás se desbarate un poco en la caída desde un tercer-segundo piso. Pero si aguanta vientos, soles y lunas, es porque se ha vuelto firme, fuerte y poderosa. Creo que ella no mira nunca a nadie. Sólo habita la ventana. De todos modos, si me secreto deseo se cumple y ella se cae, podré mirarla de cerca, reconocer sus dispares manchones cafés, sus patas largas, largas como de garza. Ojalá yo esté cerca cuando esto pase. Pero me asalta una duda: ¿La entrarán por la noche a la oficina de su dueña? Ayer fui a conocer a su dueño(a). Salió una mujer bastante amable. Me contó que la jirafa es donación de un estudiante que asistió a un taller de manualidades. Fué así como nació la jirafa de la ventana.

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