viernes, 11 de octubre de 2013

Una tristeza anda suelta y sin dueño

En la madrugada de un día de principios de esta semana tuve la convicción de que hay un tristeza suelta y sin dueño. Tres gotas cayeron en mis mejillas, una a una, lentamente, como dándome tiempo a activar la imaginación, por si acaso ella se encontraba dormida aunque yo no lo estuviera. Al caer la primera gota me sorprendí. Yo no estaba llorando. Mis ojos estaban secos. Pasó un breve momento y como si alguien cerca a mi rostro estuviera llorando, cayó la segunda gota sin que yo pudiera comprenderlo. Intenté asustarme. La imaginación, que es una loca, me hizo recordar los cuentos de los fantasmas y brujas que don Vicente contaba en mi infancia, pero mantuve el control de la situación. Al caer la tercera gota pensé, por si acaso habían emergido ancestrales conjeturas que debía rezar un poco suplicando para que esa tristeza no estuviera tan triste. Tras la tercera gota supe que esa tristeza no tenía dueño. Quizás salió un momento a refrescarse y se le extravió su dueño. Me acordé del hombre que perdió su sombra y casi enloquece. He tratado de no pensar en ella pero se que está ahí esperando que yo la acompañe.

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