miércoles, 23 de abril de 2014

Emprender la utopía contraria

Gracias a esta hermosa cita de García Márquez, hace casi dos décadas, me di a la tarea de pensar la relación juego, creatividad, utopía para acompañar a los estudiantes de Ingeniería Informática del PCJIC, a pensar en su proyecto de final de semestre que titulamos "El claroscuro de las tecnologías". Hoy lo recupero casi del mismo modo como lo escribí en su momento, como mi pequeño homenaje a ese gran hombre que "insiste" en su existencia a través de las palabras dichas y escritas, interpretadas o calladas. Gracias García Márquez.
¿Qué es una utopía y por qué una utopía contraria?
En la historia del pensamiento humano se conocen como utopías aquellas formas creadoras de la imaginación que permiten pensar mundos en los que el hombre sueña con arriesgar una transformación a su realidad, justamente porque con frecuencia esta realidad le resulta bastante insatisfactoria. Para nadie es un secreto la condición de insaciabilidad del deseo humano, y esa insaciabilidad se evidencia de una bella manera en la producción y configuración de utopías. Con cada una de estas configuraciones el ser humano busca una nueva noción de progreso y mejores alternativas de vida.
Por Utopía se suele entender el sueño de una sociedad ideal y deseable, casi perfecta si se quiere, que representa la aspiración humana a la felicidad y la dignidad. Utopía ha significado desde su origen un lugar que no está en “ninguna parte" y Utopus un lugar ”que no tiene gente”. De ahí que Utopía sea entonces más que una realidad dada, una aspiración que tiene su propio movimiento interno en la esperanza de que el cambio ante cualquier realidad puede llegar a ser posible. La realidad humana, hecha de carne y huesos, anhelos e ilusiones, deseos y necesidades, enigmas y confirmaciones, razones y sentimientos, necesita nutrirse de la aspiración al cambio, de la creatividad y la innovación, del movimiento de la vida misma, para tantear nuevas y posibles soluciones, para dar lugar a nuevas creaciones de sentido para la sociedad.
Las utopías hacen parte del milenario anhelo humano por reeditar quizás, el mito de ese instante al que el hombre le dio por nombre paraíso, que permite suponer, que hubo un tiempo en que la vida humana pudo haber resultado menos compleja y dolorosa para sí y para los demás. En su afán de soñar futuros deseables e ideales, las utopías hunden sus raíces en la nostalgia de pasados al parecer más bellos y honorables, quizás para no soportar los miserables, conflictivos y trastornados presentes que construye y vive cada generación humana a nombre del tan ansiado “progreso”. La República deseada e idealizada por Platón es un ejemplo de ello y la Utopía de Tomás Moro es quizás el otro ejemplo que resulta bastante ilustrador sobre lo que puede entenderse por utopía.
Cuando las condiciones de vida comienzan a ser inoperantes o poco gratificantes, cuando están más llenas de inconformidades, descontentos o rebeldías, es cuando renace entonces la idea de una nueva utopía y juguetonamente la imaginación comienza a entretejerse con la realidad, acompañada de un nuevo y fortalecido ideal, para dar a luz la ilusión de una nueva sociedad.
Como dice María Luisa Berneri en su Viaje a través de Utopía: “…casi no hay concepción de mejoramiento social que en una u otra oportunidad no haya sido alguna vez tildada de utópica”. En general las utopías han sido escritas en épocas de transición histórica y social en donde profundas conmociones sociales y políticas exigen nuevas soluciones a problemas que, por las vías conocidas y acostumbradas parecen no tener ya ninguna posibilidad de solución. Suele ocurrir que una utopía se apoye en las anteriores, no con el propósito de convertirse en una copia de ellas, pues los cánones de los pensadores anteriores, no pueden ser asimilados de igual manera, debido lógicamente a los cambios en la estructura social y en la visión de mundo que cada época tiene ante sus ojos, mediada por los avances en las ciencias, las tecnologías, las artes, la religión, la filosofía, la cultura y todo aquello que constituya una “mirada de época”. Por supuesto, los utópicos no deben descuidar la elaboración detallada de nuevas leyes que recaigan sobre las relaciones sexuales, el trabajo, la propiedad privada, la organización familiar, la clase gobernante, los sofisticados métodos políticos que ven en las guerras (de conquista o de defensa), un modo de lograr y conservar cada uno el grado de libertad y felicidad que sólo puede ser alcanzada en los Estados o Republicas ideales. Se ingenian métodos para estar pendientes de las ideas, invenciones y progresos de otros países, como bellamente puede observarse en la Nueva Atlántida de Bacon.
Casi no hay ninguna nueva teoría del mundo que no haya dado sus primeros pasos de la mano de la imaginación y bajo la forma de una construcción más utópica que real, tal como podemos ilustrar con Kuhn e aquellos procesos que bullen al interior de cada nueva “revolución científica”.
Con todo, los utopistas no escapan tampoco a la contradicción de la condición humana, pues muchas de las utopías imaginadas terminan siendo de nuevo una propuesta de estados autoritarios a los que les es preciso diseñarse una atmósfera artificial para garantizar así un buen funcionamiento; algunas de ellas, lo vemos en las películas futuristas y de ficción, que imaginan seres uniformes, con idénticas necesidades y reacciones, carentes de emociones y pasiones, con ideales iguales, en un sueño utópico que persigue el espejismo de una generalidad similar sin la disimilitud y disparidad de la individualidad: “Tal uniformidad se refleja en todos los aspectos de la vida utópica, desde la ropa a los horarios, desde la conducta moral a los intereses intelectuales.”
No obstante, visionarios, fabulistas o quijotes de la imaginación y del futuro ideal, como pueden ser nombrados los creadores de utopías, de todas formas ellos son testimonios de hermosas creaciones de la aspiración humana por conseguir una mejor forma de habitar esta tierra con y entre los otros humanos. Son evidencia de la manera como el hombre restaura para sí mismo, su más secreto deseo de negarse a la quietud, la pasividad, la inercia o los puertos seguros a pesar de su insatisfacción personal y social; son evidencia también de un deseo que abriga, además de la razón, el poder transformador de la intuición, la ficción, la curiosidad, la imaginación, el deseo y los ideales como motores potentes para cambiar y reorganizar el “orden establecido”, tras el sueño de un mundo mejor. Quizás es por esto que María Luisa Berneri afirme:
Los visionarios son objeto de mofa o desprecio, y los “hombres prácticos” rigen nuestras vidas. Ya no buscamos soluciones radicales, sino meras reformas, a los males de la sociedad; ya no tratamos de eliminar la guerra, sino de evitarla durante algunos años; ya no tratamos de eliminar el delito, sino que nos contentamos con reformas judiciales; ya no tratamos de extirpar el hambre crónica, sino de crear instituciones mundiales de caridad. En una época en que el hombre está tan preocupado por lo práctico, lo pasible de realización inmediata, constituiría saludable ejercicio volver la mirada hacia quienes soñaron utopías y rechazaron todo lo que no satisficiera su ideal de perfección.
Y Oscar Wilde bellamente escribió:
“Un mapa del mundo que no contenga la isla de Utopía no vale la pena mirarlo siquiera, pues deja por fuera el único país en que la humanidad siempre desembarca. Y una vez ha desembarcado allí, la humanidad otea el horizonte, y viendo una tierra mejor, se hace a la vela de nuevo. El progreso es la realización de las Utopías.” (El alma del hombre en el socialismo)
También Gabriel García Márquez propuso en nombre de La Soledad de América Latina, “emprender la utopía de la vida”, como una utopía arrasadora y contraria "a la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia".

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