miércoles, 20 de agosto de 2014

Tiempo suficiente

En el 2003 entregué mi tesis doctoral titulada Arte y Malestar en Colombia desde la segunda mitad del siglo XX. Han pasado ya 11 años de entregada, tal vez 12 o 13 de escrita.
Hoy vuelvo sobre ella motivada por tres asuntos bastante fuertes para mí, en los que por una extraña y maravillosa razón tengo "tiempo suficiente" para volver a leer con pasión y dedicación; una pasión y dedicación como la que tuve al realizar mi tesis doctoral o la que viví durante la época de mi pregrado en psicología, donde pasaba noches enteras tratando de descifrar esos tres grandes momentos claves del psicoanálisis freudiano, en las que las nuevas relaciones y consecuencias de la clínica a lo largo de su vida, obligaron a Freud a reformular sus propias teorías por más sólidas que las hubiera edificado.
Se trata pues, del encuentro con un excelente texto llamado "El arte y la fragilidad de la memoria" publicado en enero del 2014 por el Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia. Arte-historia-memoria y olvido son los hilos con los que se teje el texto.
Coincide mi lectura de este libro, con una conferencia que Joan Carles Mélich dio en Medellín la semana pasada (segunda semana de agosto 2014), a propósito de un curso de posgrado sobre Filosofía de la educación.
Finalmente, quizás también coincide con mi permanente interés por escribir sobre la relación juego- arte-educación, en la que, que como diría con Freud, "más allá del placer", o del “aprendizaje” y el “deleite”, más allá de la contemplación “desinteresada” como diría Kant, que pueden ofrecer el juego y el arte, también está la representación del dolor, la angustia, el padecimiento y sufrimiento humano...
Quizás es por eso que desde hace un poco más de tres años, esté insistiendo en leer a Mélich en clave de "juego-arte” tejido con “ética-educación", buscando en ambas parejas de conceptos las experiencias que les son comunes.
Por eso el disfrute intenso con el que lo he escuchado en silencio, suspendiendo mis juicios y comentarios, excepto en este blog en donde consigno el revolcón de mis ideas, mis recuerdos y mis reflexiones.
Pues bien, la alusión a la memoria planteada en ambos textos (tomando la conferencia de Mélich como texto), y esa relación que subyace entre arte, historia, ética y educación me llevan de nuevo a acercarme a ese momento de mi vida donde por primera vez vi, por medio del arte, los abrumadores y desgarradores actos de violencia, que antes en medio de ella no podía ver del mismo modo, pues la cercanía también enceguece y ensordece.
La distancia geográfica y también temporal, corporal en suma, me permitieron en ese momento acercarme a los artistas colombianos que han ofrecido su "obra" como una especie de "decir" para alejarse del "acto", o lo que Gustavo Dessal llamaría "el síntoma que es donde la memoria se refugia para subsistir. Prestando oídos al síntoma, que habla con la voz del inconsciente, es como el psicoanálisis ofrece una alternativa, una salida al impasse del sufrimiento subjetivo y al malestar de la civilización". Yo creo que muchos de nuestros artistas han dado una "respuesta en la vía de lo que J. Lacan llamó un "dar a ver", como operación que activa la reflexión en un sujeto.
Cuando Mélich invitó al público a leer, el poema Fuga de la muerte de Paul Celan y más adelante lee en su conferencia voz alta en medio de un silencio casi sepulcral, un fragmento de "Si esto es un hombre" correspondiente a la conocida trilogía de Primo Levi, no pude evitar una vuelta a la lectura de mi tesis y a recordar mi encuentro con los textos de Primo Levi que me marcaron momentos de soledad aún estando plenamente acompañada, y en un tiempo en el que estaba tratando de acercarme a las entrañas de las obras de Débora Arango, Beatriz González y Doris Salcedo, esas excelentes artistas colombianas, objetos de amores y desamores por los "críticos de arte".

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