lunes, 12 de enero de 2015

Mária, la buscadora de vida

Las personas casi siempre pasan por la vida de uno dejando huellas. Algunas por fortuna son borrables y van a las profundidades de todos los olvidos; otras en cambio, se tatúan para toda la vida en la piel de los recuerdos porque sus huellas son re-creadoras.
En mi historia personal he tenido la fortuna de conocer mucha gente que me acompaña a vivir como mínimo 10 o 15 años, y las que más, hasta 25 o 35 años tal vez. A esas personas las he nombrado: mis amigas. Aunque las deje de ver siguen haciendo parte de mi vida. Así no sepa nada de ellas durante muchos años, por dentro siguen transitando las risas, los diálogos, los enojos, las historias, los silencios, los olores o los sabores que compartimos en diferentes grandes momentos y por eso, siguen ahí, a mi lado, en lo que podría llamar, el calor de la amistad.
Hoy escribo esta nota para mi amiga María Elena Villa Martínez, dos días después de su muerte.
Mária: A tu lado escuché las primeras lecciones de filosofía, psicología, francés, cálculo o trigonometría… Juntas escribimos a cuatro manos, con Mariana y Gloria Cecilia, aquel cuaderno de nuestras primeras quejas con la vida.
Como muchas de nuestras compañeras, profesamos un afecto maravilloso e inocente por el profesor de química, un gran cariño por el profe de cálculo o una admiración inmensa por todos los profesores de sociales… Claro. Fue con ellos que nos hicimos grandes preguntas. Fue por ellos que terminamos amando las ciencias sociales. Cantamos a todo pulmón en las escalas del colegio o sentadas en el suelo del patio salón donde el diálogo siempre floreció.
Dejé de verte durante mucho tiempo hasta que un día te encontré con tu “aero-uniforme” multicolor. Recuerdo que la pañoleta te quedaba demasiado hermosa. Tenía que serlo para recordar esa imagen tantos años después.
Luego nos volvimos a perder. La vida nos llevó por caminos similares pero no iguales. A ti te debo haber reencontrado a las demás amigas hace ya como ocho años. Y como en un oleaje, al principio fuimos ocho las reencontradas, con Amparo, Luz Gloria y Clara Catalina. Más tarde reaparecieron Sonia y Martha P. Tu empeño increíble por recoger las migajas de nuestra historia nos congregó siempre. Estuvimos varias noches en tu bello apartamento y en las casas de las demás. Hablamos de amores y desamores, de viajes, de recuerdos, frustraciones, miedos y logros; fumamos a ratos, reímos, bebimos, cenamos, tomamos fotos, escuchamos nuestras músicas, porque cada una había elegido hacer su historia con músicas distintas, que luego compartíamos en los acordes de la amistad. Las noches terminaban jugando a la promesa posible de compartir un refugio para albergar la vejez.
Las olas de la amistad iban y volvían, a veces cadenciosamente, otras veces con la furia que acopia una marea alta. Así, nos acercábamos a unas y nos alejábamos de otras. Lentamente quedamos cuatro, más los esposos. Y pasamos mucho tiempo de piscina, cenas, sueños o problemas diarios de nuestros trabajos. Las llamadas y los correos abrigaban nuevos encuentros desde nuestros otros espacios íntimos.
Perdías tus gafas en cada parranda, pero no importaba, porque tenías otras. Unas noches nos enseñabas las mil y un formas de amarrar una pañoleta. Otras hablabas de amores, como el de tu mamá.
Cambiabas el tema si en la conversación aparecían las enfermedades. ¡Bueno… ya no más! Decías... Y entre risas y risas, dejábamos el tema y el amigo pajaroti, jocosamente comenzaba a cantar, como pasaba siempre al final de las noches de nuestra amistad. Fueron muchas las noches de nuestros encuentros teresianos.
No te vi nunca vestida de juez, pero sé que fuiste recta, severa y clara. Las noches de parranda iniciabas cantando: “oye, te hablo desde la prisión”, como si el trabajo te alcanzara hasta las salas de nuestras casas y te dejara tranquila con la primera canción. Te gustaba con similar intensidad Mercedes Sosa, Serrat o Sabina, así como la salsa, la samba, la música andina y la música clásica.
Cuando te enojabas poco te hacía caso. Tomé la decisión de ser tu amiga por encima del mal genio del dolor que te asfixiaba. Te dije: no me fregués, Mariaelena, que yo me voy a quedar con vos. Y así lo hice. Por eso me dejabas entrar al hospital. Por eso me dejabas acompañarte en tu casa. Por eso me hablabas de tus oleajes, tus dolores y tus sentimientos de la amistad.
Creo que con tu partida, todos perdimos.
Me dejaste una gran enseñanza para siempre, cuando me mostraste con tu tesón, que pase lo que pase, hay que buscar la vida y cuidarla. Fuiste una buscadora de vida incluso en medio de tanto dolor.
Cuidaste más de lo que yo hubiera podido imaginar que se podía cuidar del otro, como lo hiciste con tu madre y con tu hermano. Te cuidaste una y mil veces. Resististe. La muerte estaba cansada de perseguirte porque tú le ganabas la partida con la vida.
Gracias a la vida que estuvimos juntas por tantos años, mi querida buscadora de vida.

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