miércoles, 4 de febrero de 2015

La fuerza de las palabras

Es increíble lo que pasa con las palabras. Ellas tienen una fuerza descomunal. Una sola palabra basta para hacer florecer la esperanza y la fe en la vida, o basta también, para desmonorarnos y sumirnos en el más profundo sentimiento de soledad y desprotección.
Este comentario nace de una experiencia muy cercana a la realidad que uno experimenta en una unidad hospitalaria de cuidados intensivos, en calidad de familiar acompañante. Son varias las experiencias de este tipo que he tenido en estos últimos años.
Me pregunto qué será más terrible: ¿Tener o no tener las palabras del saber médico? Además... ¿cuál saber? He tenido la sensación desde hace mucho rato que ese “saber” tan excesivamente especializado se ha ido fragmentando de una manera desproporcionada. Como si el cuerpo no fuera uno, sino sólo órganos, mucosas, tejidos, huesos, piel… Quizás un médico general aún conserva la ilusión de un saber más integrado. ¿Cuál de todos los que intervienen a un mismo paciente tiene la razón? ¿Todos? ¿Unos más que otros? Ninguno y no lo dicen por lo riesgoso que resulta una palabra mal dicha, un diagnóstico equivocado, un silencio de desconcierto que afecta a las familias que esperan verse ante "El Saber" como respuesta para menguar su temor.
A veces pienso que si bien hay cierta crueldad en las palabras del saber especializado, también creo que hay mayor crueldad en los silencios, en el no-decir. Quizás, el desafortunado “sin palabras”… que introducen las lógicas de las instituciones, no hace más que ahondar el propio encaramiento con la soledad y la muerte. ¿Acaso no aprendieron a dar palabras compasivas y claras que aporten respuestas al dolor mudo de los que acompañan? ¿Estamos perdiendo la capacidad de acompañar a los acompañantes?
Difícil tarea la del médico y los funcionarios de estas unidades que conviven con la muerte.
Creo que ya no le temen.
Saben que ella está ahí y la ven llegar día tras día.
Lo sorpresivo para ellos es más bien la vida.
Al parecer creen que todo lo que digan desatará imaginarios en los acompañantes. Pero no saben que lo que no dicen abre en las personas un vacío donde se pueden alojar todos los fantasmas posibles del miedo, el duelo, la melancolía, la depresión y el dolor.

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