lunes, 1 de junio de 2015

DEL MALESTAR EN EL AULA O DEL SUJETO EN EDUCACIÓN

(Por una conversación reciente con varias amigas sobre el malestar y el bienestar en la educación, he querido volver sobre un viejo y corto texto que publiqué hace rato en Cuadernos Pedagógicos N° 26 de la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia en 2005. ISSN: 1657-5547. Pág.111-113)
Muchas son las causas posibles del sentimiento de mal-estar en un aula de clase y muchos también son sus beneficios. Al contrario de lo que se piensa desde la ilusión del bienestar y los paraísos soñados en educación, el malestar es una fuerza impulsora susceptible siempre de interpretación, que contribuye a hacer modificaciones en la realidad de un sujeto. El malestar en el aula es experimentado por el estudiante y por el docente.
Las razones son diversas, pero podríamos arriesgamos a decir, que a nivel particular, dichas razones tienen que ver no sólo con el acto de aprender, y con el acto de enseñar, con aquello que se enseña y con el modo como se enseña, sino también y fundamentalmente, con lo humano mismo. Se puede afirmar que el malestar es constitutivo de lo humano y está enraizado en el deseo y en la afortunada incompletud que caracteriza a cada hombre desde la estructura misma de su existencia.
El malestar del estudiante tiene en parte sus raíces en el desacomodo que reporta todo aprendizaje. Si bien, aprender es siempre una ganancia, no obstante, requiere riesgo, cambio y abandono de las seguridades logradas que muchas veces proceden del mero conocimiento intuitivo. El aprendizaje exige disciplina, trabajo, dedicación, para ser capaces de una nueva comprensión. Aprender no es nunca una tarea fácil y menos lo es, aprender a aprender. Cada nuevo discurso interpela al estudiante en el terreno de su inteligencia, lo hace tambalear en las respuestas y le dificulta el camino para configurar nuevas preguntas. Si por casualidad estas preguntas tocan las fibras de su ser y se pregunta por sí mismo como sujeto, y por su deseo, entonces incrementa el malestar. Algo se desordena. El estudiante siente que es mejor huir hacia el conocimiento objetivo y ocultarse en él. Quedarse ahí, tener la fórmula precisa, la respuesta correcta y los procedimientos e instrucciones puntuales. De ese modo estará a salvo de sí mismo, incluso a veces a salvo de su responsabilidad de pensar.
Un poco de esto lo ilustran las llamadas materias de relleno. Casi siempre son las materias que desatan preguntas por el sujeto y que no tienen un suelo tan firme como las del saber objetivo. ¿En qué consiste tal relleno? En más de las veces son aquellas que re-llenan al estudiante de preguntas que aún no está listo para contestar. ¡Claro! También son las materias sin un norte práctico e inmediato para nutrir el saber específico. Los estudiantes se quejan: «¿Para qué tengo que ver esta materia si no me va a servir después? Deberíamos estar más bien aumentando créditos en lo específico de nuestra carrera». La demanda es ir al grano, evitar horizontes que den inseguridad frente a lo múltiple, trazar caminos seguros y en lo posible, no demasiado amplios. Pero ¿hay «carreras» sin sujeto? Sólo en las aulas vacías hay ausencia de afectos, miedos, alegrías, vergüenzas, deseos, palabras, fracasos... El aula vacía carece de principios, sueños y desaciertos. Sólo al traspasar sus puertas y «habitar» el aula por un tiempo estimado de «clase» lo humano vuelve inevitablemente a aparecer. Las aulas se llenan de sujetos y los tableros de palabras y construcciones humanas a las que hay que aprender a reconocer. A las aulas siempre se llega con la piel. Eso es algo que no puede ser olvidado por el docente. Menos aún por el estudiante.
El docente tampoco está exento de malestar. En primer lugar por su condición de sujeto, pero ante todo debido al triple lugar de representación que ocupa y que le hace grandes exigencias: el docente es representante de la cultura, de la ley y del saber. La tarea se toma más compleja si se está consciente de esta triple demanda de representación para el educador. Pero se torna muy confusa y hasta peligrosa, si el maestro no se interroga a sí mismo para encontrar las razones que lo autorizan a ocupar el lugar de quien puede enseñar. El maestro debe saber que su palabra y sus silencios, sus modos de relación con sus otros semejantes, crean efectos en el día a día del aula. Debe saber que el acto de enseñar no se funda sólo en un «saber logrado», ni está mediado con exclusividad por los discursos. El acto de enseñar cruza siempre la realidad del maestro como sujeto. También él va al aula con su piel, sus miedos, sus deseos, sus logros y sus fracasos. «Su saber» no lo libra del tejido afectivo que se libera al entrar al aula y que incluso se sigue desatando por fuera de ella. «Su saber» no es un puerto seguro porque al igual que el mundo afectivo que lo habita, también «su saber» es falible, modificable y hasta perdible: las verdades conquistadas se desvanecen con el tiempo y sus discursos pueden volverse caducos, repetitivos, vacíos e ineficaces
Tampoco es sólo el estudiante quien se expone y es evaluado. El maestro se ve cotidianamente expuesto ante la variedad de mundos que se juntan en el aula. Desde allí es evaluado, amado, odiado, admirado o negado; es convertido en ideal o transformado en monstruo. Él no sabe dónde van a parar sus palabras y sus silencios, porque esto pertenece al terreno de un «no saber» que cruza todas las relaciones interhumanas.
Total... la educación no es un paraíso para nadie. De los paraísos siempre podremos ser expulsados. Pero puede ser un lugar de movilización de deseos que permitan la construcción conjunta y creativa de nuevos conocimientos y nuevas convicciones para el mejoramiento de la calidad de vida. La educación no se funda en el sueño aletargado del bienestar, sino en un malestar productivo que empuja a salir siempre del cascarón tibio que producen las seguridades. Allí donde hay sujetos hay malestar, pero también hay posibilidad de nuevas realidades y nuevas creaciones. La educación no debe temerle al malestar constitutivo de lo humano. Por el contrario... debe integrarlo y hacer de él una oportunidad... un horizonte

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