martes, 21 de julio de 2015

Adan y Narciso en un juego de analogías

(Adan y Narciso: un juego de analogías para acercarse a la modernidad y la posmodernidad, es otro de los escritos que quiero salvar del olvido, resguardándolo en este blog, leyéndolo de nuevo tal como lo escribí en el 2000, tal como lo imaginé en mi apasionada lectura de entonces, que jugaba a suponer un secreto vaivén de palabras entre Octavio Paz y Gilles Lipovetsky, y a escuchar algunos susurros de Vattimo y de Foucault. Este es pues otro de mis viejos escritos desempolvados.)
Adán es el nombre con el que se conoce en la historia occidental el momento mítico en el que el hombre, ansioso por contemplar de frente su propio deseo, aparta por un instante sus ojos del “Padre Celestial” para mirar por primera vez su desatendida desnudez. Así mismo es el nombre del instante en que el hombre comienza a ir más allá de la especie y se sitúa de cara al símbolo, inaugurando con ello la discontinuidad, el tiempo, la historia. Adán es también el nombre de la primera rebelión, y por ende, de la primera negación. Es el primer excluído, el primer expulsado. Y según el mito, de Adán provienen el resto de los mortales.
“La caída” de Adán del paraíso es también el nombre de la primera ruptura. Ruptura y a la vez estallido de un “presente eterno” que logra desgajarse en tres modos de experiencia temporal: pasado, presente y futuro. Abandono de un entorno sin historia y sin semejantes, a cambio de la adquisición de un mundo con sujetos que se deben historizar. Ruptura de la completud, el estatismo y la perfección. La negación de la inocencia y la ignorancia son justamente las causas de la expulsión.
El “Padre”, severo, omnipotente, omnisapiente y omnividente castiga a su hijo porque ha cometido la afrenta de querer saber; porque se ha dejado seducir por la idea de probar del árbol de la “ciencia” y específicamente de la “ciencia del bien y del mal”; porque se ha atrevido a poner sus ojos por primera vez en el futuro aunque el precio de ello sea su propia mortalidad. Adán, primer mortal, ve por primera vez el futuro y lo encuentra como el depositario de su propia realización. Ruptura, expulsión, negación, futuro, son como nos lo presenta Octavio Paz, características importantes que definen la Modernidad (PAZ, Octavio. Los hijos del Limo. Del romanticismo a la vanguardia. Barcelona, Biblioteca de Bolsillo. 1998).
A Adán lo expulsa la soberbia de su "Padre" pero no su muerte. Su caída en lo terrenal tal como nos la presenta el relato mítico, no incluye la muerte de Dios, aunque podría decirse que también Dios Padre, abandonado a su soledad, empieza a morir un poco. Si no muere del todo es porque el culto y el rito de cualquier religión lo mantienen con relativo aliento.
Mientras la idea de Dios acompaña al hombre, éste buscará recrear de algún modo su idea de paraíso y su espejismo de completud. Confía ciegamente en que nada le faltará mientras la idea de Dios habite en él. Podrá hacerse desgarradoras preguntas sobre su ser pero no estará solo, o por lo menos, no tan solo como aquella soledad en la que Jean Paul y los Románticos, sumergen al hombre cuando acaban definitivamente con el agonizante Padre que había empezado a morir por el fruto de la ciencia.
Octavio Paz es agudo al señalar que es justamente “el sueño” de Jean Paul lo que siembra la idea de la muerte de Dios. En este sueño Jean Paul muestra majestuosamente que incluso a Cristo se la ha muerto el Padre. Con ello llega la época en la que nadie se salva de la orfandad, pues Cristo al igual que el resto de los mortales comprende que ha estado huérfano tal vez desde siempre, o quizás por lo menos, huérfano desde la salida de Adán del paraíso. De esta orfandad nada se sabía o nada se decía.
Ahora de ella se habla en todas partes y de hecho ser “Moderno” es poner la orfandad en evidencia. La ciencia lo había ayudado a demostrar. La orfandad creció hasta llegar a convertirse en lo que Lipovetsky llama “el desierto”, el “vacío”, “la indiferencia”.
Una vez que ha muerto el “Padre”, el hijo ha repetido el gesto mítico y se ha expulsado a sí mismo del paraíso que hasta ese momento había logrado recrear y construir. “Modernidad” se le llamará a ese nuevo gesto de expulsión. Un gesto iniciado como dice Octavio Paz, en el Romanticismo. Ahora es el hombre quien se expulsa a sí mismo. La característica fundamental de este segundo paraíso creado por el hombre, está marcado por el imperio de la razón y la seguridad de las verdades. De ello quiere huir de nuevo el hijo. Por segunda vez mira de frente el destierro y para garantizar su partida, denuncia y critica, con excitación a la razón ilustrada. Comienza a expulsarlo todo, todo, incluso hasta el Decir. Muchas palabras de la cotidianidad humana quedan proscritas en la Modernidad: amor, confianza, lealtad… y se transforman “palabras de piedra” o simples guiños de coqueteo secreto con el pasado. En su reemplazo ingresan nuevos “valores” en la conciencia del hombre y por ende nuevas palabras a las que es preciso darles carne y hueso: Progreso, cambio, novedad, heterogeneidad, pluralidad, diferencia, innovación, separación, evolución, crítica, denuncia, escándalo, revolución, desarrollo, futuro.
En la Modernidad hay que desconfiar de todo y de todos; hay que aprender a ser un artesano de la huida. No quedarse en ningún lado, no detenerse pues se caería de nuevo en la tradición y es de ella de lo que hay que huir imperativamente. Único imperativo que parece sobrevivir en el espíritu del hombre moderno perseguido ahora hasta por su propia sombra. Ahora para presentarse ante los otros, ser reconocido como Moderno y ser amado por ello, este pobre Adán debe aprender a perseguirlo todo, incluyéndose a sí mismo. La crítica se convierte en su nuevo culto.
Es el mismo Adán, llamado luego hombre moderno, quien siguiendo su anárquico deseo planta y arranca sus propios árboles de la ciencia del Bien y del Mal; la diferencia es que ya está harto de comer sus frutos. De nuevo, como antaño, reacciona, se rebela y con ardor, desea dar la espalda a las certezas, a los dioses, a lo establecido, al orden, a los “imperativos categóricos” de la ética kantiana. Su rebelión es contra el academicismo y el orden oficial; ya no quiere tener un sentido de la historia bien trazado. Renuncia a cualquier significación. Huye incluso de sí mismo pues ha empezado a vivir, como dice Jameson, “en un presente perpetuo y en un perpetuo cambio.”
El Adán de la Modernidad se recrea en el estallido de su sensación y comienza a encontrar el placer de una creciente “autodestrucción creadora”. Desea liberarse de todo, arrancarse de la piel su pasado. Ya no quiere más cultos a la tradición, ni respeto a sus maestros, ni aceptación de códigos. Vive una nueva emergencia del futuro, goce en el sentido psicoanalítico tal vez, pero a diferencia de antaño, cada vez este futuro es menos prometedor. O tal vez sí tiene algo que promete: su coqueteo con el terror y su juego permanente con la seducción. Este Adán solo cree en el culto hacia lo nuevo, y el cambio es su nuevo credo. Debe correr tras el progreso, tras la crítica, tras la ruptura. La desacralización es su nueva pasión. Huérfano de un Padre que estaba en todas partes ahora él comienza a no querer estar en ninguna. Ya no hay imagen que lo cohesione, lo reprima, lo culpe. Adán sabe que pertenece a la esencia de lo moderno ser siempre otro. Sabe que debe deslizarse en su propia significación y en su propia valoración. La única regla válida y a la cual no debe faltar es la de ser otro. Ahora empieza para él el placer de destronar. Ahora puede renunciar sin culpa a una ética de los imperativos que por tanto tiempo lo ha regido, para dar comienzo, como dice Lipovetsky, a una “ética de los bienes”.
Si bien, ni Octavio Paz, ni Lipovetsky lo dicen explícitamente, no obstante dan pie a pensar que en ese nuevo relato de la Modernidad, llamado Posmodernidad, que exige estar de cara a una insistente ruptura con lo establecido, el hombre ha ido inventando nuevos cultos, porque tal parece que el no fuera capaz de vivir sin ellos. Culto al cambio, culto a la crítica, culto al deseo, culto por un presente que destaca la validez del aquí y el ahora, culto al futuro como la esfera de lo inesperado, culto a la intimidad y al Yo. Culto a la negación del ayer. Ruptura del tiempo eterno. Nueva pérdida del paraíso. Cultos todos que no son más que un estallido en pleno centro de la conciencia histórica del hombre.
La primera expulsión experimentada por Adán fue hija de la soberbia del Padre, la segunda fue hija de la muerte.
Y una exclusión fundada en la muerte no puede producir otra cosa que aquello que le dio su origen. Entonces, parece que en la Modernidad todo empieza a morir. “muerte de Dios”, “muerte del arte”, “fin de los grandes relatos”, “tradición de la ruptura”, “fin de la modernidad”, “muerte del sujeto”, “fin de la historia”, “era del vacío”. Es el retorno del caos y la metonimia de la muerte que no termina de morir en ninguna parte. Es otra nueva versión de la tragedia transformada en carne y hueso.
El sentimiento de orfandad de Adán no cesa de crecer; crece de tal manera que muy a su pesar inaugura la escritura de otro gran relato llamado Posmodernidad que, como lo dejará pensar Octavio Paz, no es más que otro nuevo gesto de la Modernidad. Algo así como si la Modernidad fuese una primera versión de la llamada por Vattimo, la “crisis del humanismo”; y la Posmodernidad su sub-versión.
Para ser consecuente con ella misma la Modernidad debe enarbolar incluso hasta su muerte. “Fin de la Modernidad” es por supuesto su mejor y más creativo nombre. Para no perder la referencia a sí misma encuentra otro nombre que la represente y la contenga: Pos-modernidad.
Sólo con el cambio de nombre soporta la escritura de su verdadero relato. Justo por esta razón Adán debe entonces cambiar de nombre. Ahora debe llamarse Narciso. Como dice Lipovetsky, “Narciso es el símbolo de nuestro tiempo.” (LIPOVETSKY, Gilles. La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona, Anagrama. 1998. P. 49)
En ese lapso de tiempo que transcurre mientras cambia de nombre y se da inicio al nuevo relato llamado Posmodernidad, han ocurrido muchas cosas. En primer lugar la orfandad se ha traducido en ironía y ésta, como dice Octavio Paz, en “gusto por el sacrilegio y la blasfemia”, en “amor por lo extraño y lo grotesco” y en "alianza entre lo extraño y lo sobrenatural." (PAZ, Octavio. Op. Cit. p. 67).
Es el goce con el escándalo y con el vacío. Es el goce de comenzar a deshabitar el mundo.
Narciso comienza a ser ahora la figura de un hombre que lo repite todo gozonamente en el mismo sentido en que el psicoanálisis habla del goce, es decir, disfruta viendo su propia pulverización; ya no lo desgarra no tener un puerto seguro para descansar. Todo lo contrario, él va tras la quimera de lo nuevo, del cambio y del progreso y con ello reactualiza sin dolor la mítica imagen de su arcaica expulsión. Ahora la expulsión es permanente.
Narciso, nacido en la Modernidad y embelesado consigo mismo en la posmodernidad, “al acecho de su realización personal”, no puede hacer otra cosa que perseguirse constantemente a sí mismo bajo el espejismo de la crítica, la ruptura y la discontinuidad; bajo ese imperativo del cambio y la renuncia a cualquier adhesión, como si quisiese lograr atravesar por fin hasta la otra orilla desde donde pueda verse a sí mismo como diría Heidegger, en su “realidad de verdad”, ya no en una relación especular con sus semejantes como es preciso hacerlo en lo humano, sino en una relación especular con el vacío. Verse a sí mismo desprovisto de ideales y arquetipos de belleza. Verse en su propia soledad. Verse caer en el abismo de su propia indiferencia. Verse creando sin maestros y sin códigos, viviendo con absurdidad entre la ironía y la angustia y dejándose invadir por un creciente sentimiento de vacío.
La orfandad, también conquista la angustia, se pasea por el humor, convive con la violencia y la crueldad, y así va poco a poco hasta transformarse en lo que Lipovetsky llama “la enfermedad de vivir”, esto es, la experiencia del vacío y de nuevo un salto hacia la nada. Narciso busca, como Adán,la exclusión, una exclusión que lo hunde en sí mismo, lo encierra en un proceso de individualización y le niega la posibilidad de experimentar su alteridad: “... reina la obscenidad de la intimidad, la comunidad se hace pedazos y las relaciones humanas se vuelven “destructoras”. La disolución de los roles públicos y la compulsión de autenticidad han engendrado una forma de incivismo que se manifiesta, por una parte, en el rechazo de las relaciones anónimas con los “desconocidos” en la ciudad y el confortable repliegue de nuestro guetto íntimo, y por otra, en la disminución del sentimiento de pertenencia a un grupo y correlativamente, la acentuación de los fenómenos de exclusión.”

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