jueves, 3 de septiembre de 2015

En el silencio de los fragmentos

Comentarios a propósito del libro: LA LECTURA COMO PLEGARIA de Joan Carles Mélich, de editorial Fragmenta.
Entre la danza y el desorden
En los 262 fragmentos que componen el libro La Lectura como Plegaria de Joan Carles Mélich, a los lectores nos pasa algo… No sólo mientras el fragmento habla, como es de esperarse, sino más bien y principalmente, mientras se calla.
Algunos escuchamos el eco de nuestras propias lecturas, unas de ellas lejanas ya, pero que vuelven a actualizarse en el silencio profundo que ofrece cada fragmento.
Entonces, alzamos la vista hacia nuestros libros y le suplicamos al tiempo que nos permita jugar de nuevo el juego de encontrar sentidos y lograr nuevas interpretaciones. Buscamos en nuestras notas las marcas dejadas por nuestro cuerpo a través del puño que también subrayó a Kant, Freud, Nietzsche, Dostoievski, Heidegger, Sartre, Kafka, Rilke, Kundera, Borges, Levi... Sabemos cuánto hemos anidado en ellos y meditamos de nuevo sus exposiciones, sus defensas, sus análisis, las cadencias de las palabras de cada uno.
Confesamos que hay otros autores que no han entrado aún al escenario de nuestras lecturas, como Beckket, por ejemplo, pero sabemos que pronto lo leeremos porque la Plegaria de Mélich nos ha provocado. Extrañamos nuestros otros autores, esos no citados ni llamados a la fiesta de este libro, los que no hacen parte de esta Plegaria, pero que si han hecho parte de la nuestra, como Jean Paul, Hölderlin, Lacan, Gadamer, Cavafis, Prèvert, Yourcenar, Silva o Paz…
En medio de la danza y el desorden que esta Lectura como Plegaria introduce de nuevo en nuestra biblioteca (igual que la desordenó y lo sigue haciendo la Ética de la Compasión y en menor medida los demás textos), en ese desorden, irrumpen por una vez más y con secreto entusiasmo, las notas errantes de nuestros cuadernos amarillos y los recuerdos de viejos y excelentes profesores, que siguen susurrándonos, como en una lección, que para recrear algunos fragmentos, podríamos volver a leer al Hombre del subsuelo de Dostoievski; a Jean Paul anunciando que Desde lo alto del edificio del mundo, Cristo, muerto, proclama que Dios no existe; los bellos poemas que Gadamer recoge en Poema y Diálogo, en particular Tenebrae de Paul Celan y la Canción de Aliento II de Hilde Domin. El Nocturno III de José Asunción Silva, o los bellos escritos anónimos de mis amigos.
Y así, deseamos febrilmente recomenzar nuestros íntimos y entrañables escritos, para ponerles y quitarles, para volverlos a vivir, igual a un niño que vive la narración de sus cuentos favoritos y pide que se lo cuenten una y mil veces más. Así es, como algunos lectores, episódicamente logramos también “confesarnos” un poco con cuadernos y libros, como lo hace Joan Carles Mélich.
Mientras esto nos pasa… posiblemente él esté viajando en tren, en el mismo banco, en el mismo vagón, meditando sobre la profunda soledad del poema Mujer con alcuza de Dámaso Alonso (F24).
Juego y elección
Sabemos que leer fragmentariamente es aceptar el reto de situarnos frente a lo “abierto”, esto es, de cara a un horizonte que, como diría Gadamer, se va abriendo al paso de quien se mueve. Abierto como en las artes, como en el juego, como en el sueño, como en el deseo. Y justo por esa condición es que es posible, esa secreta “comunión” que diluye y desvanece ciertos límites entre el autor y nosotros, porque nosotros, podemos decirlo con juguetona picardía, somos parte de todos sus “otros”, lo cual, por fortuna, se convierte en vínculo.
En los fragmentos no hay un tema esmeradamente desarrollado, como pudiera quizá decirse de los otros libros de Mélich. Hay 262 susurros, o quizá gritos, que provienen de su profunda conmoción interior, que han sido cuidadosamente invocados de lecturas y relecturas, de escrituras y notas, de memorias abiertas como heridas, de pensamientos y reflexiones de viajes, de cuidadas ocurrencias, de finos extractos del puño y letra que habita en sus violetas cuadernos de notas. He ahí su Plegaria. He ahí su rezo, para sentirse quizá menos desamparado. He ahí su confesión.
Yo no decido para esta presentación recorrer los fragmentos buscando conceptos e ideas. Elijo buscar el latir de la vida (la suya), que como toda vida se muestra finita, incierta, inquietante, sensible, angustiante, indecible, a veces sin aliento, a veces incluso, como afirma Mélich, quizá (sin)sentido (F107).
Elijo estar de cara a un nombre propio. A un “testimonio”, si es posible decirlo así, de una vida que transcurre aprendiendo a estar al lado del otro; que da cuenta de una lectura capaz de traer al presente el sufrimiento parlante de los espectros (como me sucede hoy con Polidoro susurrándole a Hécuba, Prudencio Aguilar a José Arcadio Buendía, y todos los ausentes que habitan obstinadamente en mi memoria). Mélich lo dice bellamente: “Todo presente es espectral” (F119).
Quiero encontrarme con ese Mélich que le anuncia al lector que hablará o habló desde su propia humanidad, y por eso no teme decir que tiembla como cuando pasea con Clarissa y vive su vida, declarando con esta expresión, qué significa para él la pasión literaria (F22). Ese Mélich que se estremece leyendo a Beckett (F28); se inquieta con la lectura de Freud (F236) (siempre lo hace); se emociona con el monólogo final de Gabriel Conroy ante la tristeza de su mujer (F19); se avergüenza de ese otro que sus otros le imponen y del cual no puede huir (F250, 252). Que le gusta leer apasionadamente (F3), a quien le fascina, igual que a Eugenio Trías, la película de Hitchcock (F138), que le seducen las pinturas de Rothko (F133) tanto como la música de Brahms, Mozart o Malher (Pórtico).
O simplemente… quiero acercarme a ese Mélich que declara que algo no le interesa (F7), como por ejemplo la prisa y lo que se hace rápidamente, quizás porque yo misma estoy en la vía de des-apresurar mi forma de vivir. Difícil aprendizaje.
Un Mélich a quien no le interesa aquello que puede explicarse con palabras (F156), pero que si puede ser expresado a través de la imagen, la metáfora, el relato... Porque él tiene claro que no se trata de explicación, ni de significación, sino de sentido. Un sentido con el que nos podemos topar más fácilmente en esos otros mundos posibles que se viven a través de las artes, el juego, el sueño, la fantasía, la fiesta o el humor.
Un Mélich de lectura intensa y conmovedora, en particular si lee a Jorge Semprún (Fs 72, 180) o a Primo Levi (F207) y de lectura infiel (F3) como él mismo lo expresa, claramente infiel a las reglas y las categorías, pero fiel en cambio al tiempo de su intimidad. Infiel incluso a su escritura de antes; tal vez por eso expone en el fragmento 19 que quizá su escritura ahora podrá ser ya de otro modo, una escritura capaz de mirar atrás y reposar, tal vez porque el ahora trae otras (in)certidumbres, otros acontecimientos, otros maestros, otras lecciones, una nueva madurez.
Un hombre que confiesa, en medio de su Plegaria, y como Pablo Neruda, que él también ha vivido, pero vive en la lectura porque vida y filosofía son para él inseparables. Que piensa la ética desde la finitud, la gramática, la experiencia; desde la respuesta al sufrimiento del otro, la compasión y la proximidad. Y piensa la educación desde el no-todo, la falta, el deseo, el rostro, el nombre propio, la corporeidad; desde una realidad humana finita, marcada por la incompletud, la contingencia y la fragilidad.
Deseos e inquietudes
Dos fragmentos en particular alborotan por dentro mi deseo y mi inquietud:
F132: En la vida lo más importante es lo indecible. Por eso necesitamos el arte, la música, la literatura, el cine. Necesitamos la poética de lo indecible.
F12: Escuchar una lección es vivir un acto de creación irrepetible, la creación de una obra de arte.
Finalizo con el "TELÓN" que Mélich baja en su última página:
EXISTIR, HABITAR en la prosa del mundo, aceptar que no hay principios absolutos que nos indiquen qué debemos hacer, ni cuál es el camino correcto, porque no hay caminos, sólo sendas que no conducen a ninguna parte. Existir, estar abierto a in(finitas) formas de ser, de configurar el mundo y la vida. Existir, soportar el vértigo de los intersticios que se abren en el vacío de las leyes, de las normas, de las costumbres. Existir, escuchar el silencio del sufrimiento que el ruido de la cotidianidad oculta.

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