Di-versiones en mis aprendizajes

viernes, 12 de marzo de 2021

La vida a pantallazos

Hoy escribiré sobre pantallas, cultura y educación. (Agosto 20 del 2020).
Hay quienes pasan sus días envolviéndose y desenvolviéndose a sí mismos entre pantallas azules para "ocupar-se" de otros mientras descuidan la sabiduría de su propia soledad, del cuidado de sí, de su intimidad; se azulean para no escuchar lo próximo, la tristeza, el vacío, el cansancio, el horror, la indiferencia que va deshabitando lo humano.
¿Cuántas pantallas son suficientes para sobre-vivir en tiempos de pandemia? Dos portátiles, una tablet, un teléfono celular, un reloj que cuenta pasos y otros dos esperando ser activados, el televisor de la sala y el de la habitación. Las aplicaciones se sirven como un buen plato en una buena mesa. Las hay para dar clases, para videoconferencias, para hacer cuestionarios, para hacer evaluación, para navegar por redes sociales, para vivir plenamente "el síndrome del ordenador". A muchos, la vida se les fuga a pantallazos. Y lo hacen en nombre de la educación, en nombre del cuidado de "los otros", en nombre de deber cumplido. Ah, las pantallas. Verdaderos puntos de fuga disfrazados de ayudas y salvación.
Éstos pantallosos luchan por instalar la luz azul en las vidas y las conciencias de los jóvenes, y con desespero ofrecen el curso nuevo, el "webinar" que será un éxito sobre cualquier cosa y educación.
Otros, más cautelosos quizá, más miedosos o un poco menos suicidas en la luz azul que se preguntan sin encontrar respuestas, qué significa eso de habitar-se en las pantallas como parte del proceso actual de maquinización. Y entonces, creyendo ser mejores que los pantallosos, van y buscan remedios, contras, algo que los acerque más a la intimidad, a la vida. Se pasean por los libros impresos para conservar el ejercicio del tacto y del olor. Caminan... brevemente, pero caminan para no perder la costumbre de transitar por sí mismos o por lo que queda del mundo antes del coronavirus. Para que "cuando salgamos de esta" no hayan perdido sus pasos, sus maneras de encontrar senderos nuevos, ni la mirada, el abrazo, el olor o el sabor. A estos pobres, les toca abrazarse a sí mismos si quieren sentir algún calor. No hay de otra. Toca sobre-vivir solo o con episódicas compañías del afuera. No hay de otra que escaparse a ratos a buscar otros amigos azules, igual de solos, igual de tristes.
.
Hay quienes en cambio no tienen la posibilidad de empantallarse. A pesar del imperativo social de la pandemia, de hacer la vida a través de un computador, muchos no pueden hacerlo. No hay reloj, tablet, ni portátiles, a lo sumo un rayado y viejo teléfono y un viejo televisor.
A los maestros les toca invertarse nuevas estrategias. Y la pobre educación es manoseada por todos, irrespetada, desprestigiada, ¿Qué tan positivo es habitar las pantallas? Pienso en los niños, pienso en los juegos. Cómo cambian los juegos de la infancia. Hemos ido cambiando del empantanarse al empantallarse.