Di-versiones en mis aprendizajes

martes, 14 de abril de 2020

Pensamientos en cuarentena (2): Quédate en casa

La consigna "Quédate en casa” produce un sentimiento de soledad imposible de esquivar.
Los vecinos se convierten en espectros y se llevan consigo los abrazos y las risas, las breves conversaciones en las que se pregunta sordamente "como estás", sin esperar respuesta alguna.
Desaparece el viaje, la caminata, el "disculpe usted, no lo vi por andar de carreras".
El restaurante cierra, el café también y la pequeña tienda de la esquina conserva la esperanza de que alguien llegará. Pero nadie llega. Todos se han ido. Todos tienen miedo. Bueno, casi todos. Algunos salen de sus pequeñas y asfixiantes casas. Otros ni siquiera la tienen. No pueden cumplir, aunque quisieran, el imperativo de asilamiento, confinamiento, reclusión...
Los parques están huérfanos de niños, de juegos y de gritos, de alegrías y competencias. Allí, como en las escuelas vacías, se vuelve más triste la soledad y más fuerte la incertidumbre.
El habitante de calle se calla todavía más. No hay a quien pedir, no hay razón para caminar. Al parecer la muerte viene y todos tienen miedo, pero él no, porque ella y él son amigos entrañables; ella se acuesta con él en las aceras, pasa todas las hambres a su lado, lo acompaña a acariciarse sus heridas y le borra sus recuerdos para que no le duela tanto la vida.
El atracador y el asesino también se quedan solos. Ellos, igual, deben quedarse en casa. ¿Pensarán en lo que han hecho? ¿Tendrán síndrome de abstinencia de su "maldad"?
La ciudad se mira estupefacta. No entiende qué pasó, ni por qué la han deshabitado. Nadie sabe si es sueño o pesadilla, si mañana despertaremos igual, o tal vez como antes, lo cual también será otra pesadilla.
El aire se limpia del exceso de "humanidad"; se quita de encima la suciedad de su "progreso" y respira... Por fin el humano la deja en paz. Respira... los animales reaparecen en la ciudad. Los pájaros cantan. El mar danza en las crestas de sus olas y el azul es más azul. La niebla que tapaba los colores se ha desvanecido y allí están ellos, hermosos como debían ser, sin sus mugrientos ropajes color gris-café-negroso.
La soledad se levanta y nos mira. Se sienta a nuestro lado, se mira en nuestro espejo. No se puede huir de ella durante el largo día y menos en la cautelosa noche.
Como antes, te tomas una foto para mandarla a tus amigos, pero ella está detrás, respirándote, sintiéndote, asfixiándote, sombreándote. También lo está la muerte, esa señora paciente y fuerte. Ahora la vida humana es débil y frágil.
Y preguntarás: ¿Pero porqué la muerte si nos hemos quedado en casa? ¿Porqué la soledad? ¿No es acaso la casa, el lugar dulce, el hogar caliente, el refugio que da tranquilidad?
Quedarse en casa para muchos no se siente como una opción de vida, sino como una condena, un abismo, un sepulcro, una oquedad. La convivencia en los barrios más pobres explota en infiernos infinitos. Son 8 o más personas en 54 metros, por 24 horas, día tras día, hambre tras hambre, miedo tras rabia, y sufrimientos de humanidad. Varias generaciones juntas sin encontrar palabras para conversar. ¡Qué va de cuarentena, dicen algunos! La calle es complemento de nuestro hogar. Y entonces nosotros, los "buenos", los "solidarios", los que "sabemos y comprendemos", los tildamos de irresponsables, de incapaces de compasión y fraternidad. Pero para ellos la cosa siempre es mucho más grave, algo que jamás se podrá comprender desde el taller, la biblioteca, la enorme casa y el tibio hogar.
Y los maestros ruegan, suplican, buscan, se deshacen en estrategias para tratar de educar desde la "virtualidad". Desalojados de la "presencialidad" se agarran a las pantallas, como si ellas los pudieran salvar. Se cansan, se rinden, se desploman en las noches. Pero vuelven a empezar. Dicen si y dicen no el día entero. Pero siguen, a pesar de ellos mismos, siguen en su labor de educar.
También el arte y la cultura en sus múltiples expresiones nos salvan a ratos de la soledad.
Es claro. Mi soledad está desprovista de violencia. Pero hay muchas otras formas de soledad.
Quédate en casa.
Quédate en casa.
Quédate en casa.

domingo, 12 de abril de 2020

Para leer con ojos ajenos (17)

Cátedra Lectores y Lecturas: Inés Posada Agudelo. Jorge Luis Borges. La poesía de una idea. Agosto 2019
La autora inicia su conferencia aludiendo al miedo que le produce “la soledad de este lado de la mesa”.
Pensé de inmediato que sería un bello título para una novela. ¿Cuántas veces en mi vida he tenido esa misma sensación? Recuerdo mi primer "lado de la mesa". Se trataba de mi pupitre de infancia. Un señor de traje demasiado gris, me daba instrucciones para hacerme la foto del kínder. Exigía a todos la misma posición, la misma mirada, la media sonrisa ordenada, el mismo pupitre... Ojalá hubiera buscado capturar el inicio de mis estudios, mi perplejidad, mi asombro o mi miedo en ese lado de la mesa. Hoy pienso en él y me pregunto cuántas veces se está en la vida a un lado o al otro, viviendo la misma soledad, el mismo espanto, el mismo desconcierto. Concluyo brevemente que nada garantiza la compañía, y vuelvo entonces a la conferencia.
Inés, mi tocaya, de voz apacible y piel bastante blanca-rosa, a quien me acerco por primera vez, recomienda entrar gradualmente a Borges. Quiere regalarnos “el amor de Borges”, es decir, "su" amor por Borges.
Pensé lo más ocultamente posible, que ella me iba a interrumpir muchas veces en esta conferencia. ¿O será al contrario? ¿Soy yo la que la interrumpo? Sólo van tres minutos y ya me ha lanzado de bruces a mi infancia. Yo escribo mientras la escucho. Habla de la dificultad que resulta para algunos la lectura de Borges por sus poéticas del tiempo y el espacio, por su ser hombre de letras, por sus ideas metafísicas y filosóficas.
Vuelvo a balancearme entre mis recuerdos para traer a la memoria aquel momento en que por primera vez me encontré a Yourcenar, con sus hermosas Memorias de Adriano. Recuerdo haber iniciado el capítulo 1 varias veces. Y sin saber por qué, ella siempre me expulsaba. La sentí soberbia, arrogante, egoísta. Me negué tajantemente a que no me dejara entrar en su obra pues la sabía de letras largas y profundas. Volvía una y otra vez a tocarle la puerta, hasta que un día, no sé cómo, ella abrió, y desde entonces me enamoré de su escritura. Dibujé en la primera página un mensaje con forma de señal de tránsito que decía: “Prohibido leer más de dos hojas diarias”. Sabía que con ella no podía correr porque me abandonaría de inmediato. Igual que Borges. A esas alturas de mi vida yo ya había aprendido a amar la lentitud en la lectura y el deleite de detenerse. Podía llevar conmigo un solo libro durante semanas, como un amigo secreto que se lleva pegado al cuerpo para que nos susurre lo más inesperado, cualquier palabra, cualquier idea que nos con-mueva por dentro y nos transforme, cualquier imagen o gesto que nos cambie.
Pues bien, volviendo al Borges de Inés, ella recomienda entrar a él por el camino de su poesía; afirma que él “lo descoloca a uno”, “lo asalta”, por su actitud pensadora, por la belleza que hace sentir, por su corazón de niño, por sus gestos hacia el misterio y hacia lo bello, por la relación con la ceguera, por ser poeta y provocador. Borges, dice ella, le enseña a uno a leer. Él adjetiva con palabras precisas, porque es “sentencioso” y lo pone a uno a pensar cosas; ella lo ama por sus palabras matizadas y llenas de poesía, sus gestos poéticos que llevan a leer las cosas pequeñas, en los rincones del pensamiento.
Cita el poema El Tango para hacer énfasis en su hermosa metáfora que dice que estamos hechos de polvo y tiempo. Y afirma que la pasión de Borges está centrada en el tiempo, la memoria, la identidad, el olvido, la causalidad: la imposibilidad humana de vivir la simultaneidad, la conexión existente entre todas las cosas.
Inés también confiesa su amor por Whitman porque, dice ella, habla “de todo”. Toca todos los temas, entrega el efecto de las ideas actuando sobre la vida. Y luego afirma con Borges, que uno no debe escribir en el momento de la emoción. Hay que esperar que la emoción decante. Pensar. Y añade, para Borges pensar es emocionante, entretenido, es el placer de la inteligencia.
Yo vuelvo a fugarme y pienso que para mi pensar en medio del fulgor de la emoción es en cambio una fortaleza, como una especie de droga que exalta y aviva el ánimo, que despierta el gusto, que activa las relaciones más inesperadas y sorpresivas. La emoción me hace temblar el pensamiento como en un estado febril donde se agolpan las ideas, como en un juego, como en una danza, como en un concierto. Y para mi eso está bien. Me gusta sentir la viveza y sensibilidad del pensamiento. Tal vez por eso me gusta escribir en este blog sobre lo que me hace pensar y sentir una conferencia. No despliego autores. Me quedo con el sentimiento del pensamiento.
Ella admira a los filósofos por su capacidad de no perderse en el camino, mientras a sí misma se describe desordenada.
Afirma que si tuviera que elegir un poema, elegiría el Sur y agrega: las palabras monosílabas son muy bonitas. Estoy de acuerdo con ella. El AÚN para mí es quizás la palabra más hermosa del Castellano por todo el tiempo que es capaz de albergar.
Inés dice que para Borges, el Sur es un punto ontológico. Aún así, termina la conferencia con el poema Las causas
Doris Aguirre, su comentadora y provocadora del diálogo, señala los múltiples caminos para abordar la obra de Borges, el amado, el odiado, el "sin tintas medias" y agradece el fervor en la lectura de Inés. Afirma que a Borges hay que pensarlo desde las poéticas: del espacio, del tiempo, de la sensación y las sensibilidades. Y comenta que Borges habla del arte como espejo que nos revela nuestra propia cara. Pregunta por las fronteras entre los géneros literarios (14 libros de poemas, 6 de cuentos, 12 libros de prólogos y de ensayos) e invita a Inés a hablar de los prólogos y del Borges maestro. Inés afirma que los prólogos de Borges son realmente las puertas de entrada y a la vez son preciosas clases de literatura en los cuales además enseña el valor del amor por algo, el placer del texto, la libertad, las pasiones y los odios.
Queda mi pensamiento deslizándose sobre las dudas desde el primer momento en que fue leído en la conferencia el fragmento del poema Amanecer que dice:"...las ideas que no son eternas como el mármol sino inmortales como un bosque o un río". Este fragmento me increpa y me avergüenza pues me pregunto si mi joven lectura del cuento El Inmortal fue tan ingenua que no alcancé a captar realmente el tiempo del que parece hablar Borges en oposición a lo eterno. ¿Inmortal y eterno se contraponen? Tal vez, parece estar claro, es que el segundo ni siquiera contempla la muerte. ¿O sí? Y como dice el cuento de Borges: "Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal".

sábado, 11 de abril de 2020

Pensamientos en cuarentena

Llevo encerrada, en modo auto-aislada 27 días continuos sin salir a nada de manera presencial pero transitando como loca por los libros, los chats de los amigos, las redes sociales y los lugares comunes de mi trabajo.
He seguido de cerca muchas conversaciones, opiniones, informes sobre la pandemia ocasionada por el COVID 19. Al día de hoy van 1.688.985 personas infectadas, 104.831 muertos, 383.319 recuperados y 1.200.835 "casos activos". Todas son cifras desconcertantes. (Ver: The Coronavirus App)
Me he encontrado a mí misma aprovechando secreta y descaradamente esta catástrofe para por fin estudiar geografía y saber dónde queda éste o aquel estado, sumada a una extraña compulsión por revisar a diario cuantos infectados lleva el mundo, en cuántos días, cuántos se han muerto y cuántos se han recuperado. Aún no logro entender por qué acudo a esas estadísticas si sé que las cifras me dejan suspendida en un tiempo individual que pasa demasiado lento y que además, anuncia el tiempo sin tiempo ante el que estamos como humanidad. Tal vez se trata del asombro, tal vez del miedo. La velocidad en los cambios es vertiginosa. La tríada infectados-muertos-recuperados nos obliga a replantear a diario nuestra idea de mundo, donde nada está seguro, ni siquiera las palabras significan lo mismo de un día para otro. Los sinónimos se deslizan como queriendo percibir diferentes relidades.
Un coro planetario canta con dolor la misma preocupación, la misma súplica, la misma plegaria: “Quédate en casa”. La razón… es que la muerte anda suelta haciendo de las suyas. Y con apoyo de las tecnologías todos sabemos de las masivas muertes ajenas.
Pasamos del chiste al miedo y del miedo al horror, al sufrimiento. El chiste intenta liberarnos del miedo y se convierte lentamente en un excelente aliado de la salud mental. Viene de Asia y de Europa, y se entiende perfecto en cualquier parte de América. El chiste y la risa son un lenguaje universal, tan potentes como el sufrimiento y el dolor. Ahora todos andan juntos. Han estrechado su amistad. Se turnan durante el día. La risa funciona antes de la muerte de las personas cercanas o amadas. En ese momento la risa calla y se hunde en un silencio literalmete sepulcral. Después habita solo la desolación. Y lo que empezó con una mirada a lo lejos, de algo que les pasaba a otros, es algo que hoy nos pasa a todos sin importar si somos niños, maestros, gobernantes o asesinos.
Qué cortas se han vuelto las distancias. De pronto, como siempre debía ser, todos somos uno. Y nos cuidamos los unos a los otros, y nos enfurece que otros en cambio no se cuiden a sí mismos. De pronto todos somos un solo continente. Los mapas de los territorios no desaparecen pero emerge una mancha estadística por encima de ellos que nos unifica, no como razas, ni como pueblos, ni como culturas, sino como humanidad. De pronto, más allá de los mapas emerge también el espacio de la intimidad abierta como una flor, como el olor de una sopa caliente para todos. Y conocemos las salas, las alcobas, las bibliotecas de amigos y desconocidos. Todos mostramos a través de una pantalla cómo vivimos y qué objetos valoramos en la intimidad de nuestro hogar. Como se trata de una emergencia mundial, no importa, no desconfiamos, nos mostramos. Algunos rostros, mucho de ellos, se presentan limpios y sin máscaras, con un brillo inusual y hermoso sin maquillajes. Algo de las bondades colectivas retoñan. Recuperamos la confianza en el otro como prójimo (próximo) y volvemos a hablar de familia, amigos, hogar, humanidad. Nos acompañamos para seguir viviendo. Creamos la ilusión de una cercanía suficiente para compensar la soledad de los abrazos y las caricias, las delicias de saludar sintiendo la mano, el cuerpo y las risas de los demás que han dejado de ser "de-más".
La cultura en sus diversas expresiones se ofrece como alternativa para no morir de soledad, para aliviar pesadumbres y malestares sociales. Y los museos se abren al igual que las bibliotecas, el músico toca desde su estudio, el poeta comparte sus pensamientos, los maestros continúan con sus clases a tientas desde la virtualidad.
Ah, la virtualidad. Cuántas cosas habrá qué decir de ella, para la educación, para la cultura, para la dominación y la domesticación. Cuántas cosas nos quedan apenas por empezar a pensar. Aún no sabemos decir a ciencia cierta qué tan positivo o negativo es esto que nos está pasando como humanidad. Aún no sabemos si de verdad hemos cambiado, si realmente el mundo será otro cuando salgamos del "tele" mundo, de la pos-moderna caverna sin Platón.