La hermosa polaridad que Gadamer en algún momento de su magnífica obra nos presenta (Verdad y Método), me permite pensar en el concepto de competencias que tanto ruido hace en nuestro sistema educativo en la última década. Y quizás esta polaridad es una bella manera de mostrar que el reto de hoy no es hacer exclusiones entre la sensibilidad y la razón. Al contrario. Se trata de lograr ser lo más incluyente posible.
De nuevo, como hace 10 o 15 años atrás, en la educación resurge una muy marcada insistencia en la pregunta por la creatividad y la innovación. Claro. Es normal porque ahora esta pregunta se reconfigura asociada al impacto que sobre nuestras vidas están teniendo los Medios y las Nuevas Tecnologías. Sin embargo aún creo que nos falta mucho para acercarnos realmente a una construcción seria de ambos conceptos. El país le apostó el año pasado, con el PNDE, a una pregunta sobre la "renovación pedagógica haciendo uso de TIC" y se espera que en los próximos años podamos trabajar el tema a nivel general. Creo que las facultades de Educación no han empezado a hacerle frente seriamente a este tema y es una lástima porque los maestros deberían estar saliendo bastante formados en el tema.
En lo que todos estamos de acuerdo es en que las prácticas de la educación deben cambiar. Y también, muchos de sus conceptos y fundamentos.
El mundo que hoy jalona internet, con la Web 2.0 genera demasiados asombros, demasiados desconciertos, demasiadas falsas ilusiones... y muchísimos desacomodos. Con mucha ingenuidad los adultos (a los que nos han bautizado "inmigrantes digitales") nos aproximamos a este enorme caudal de "novedades" y caemos en la tentación de hacer separaciones (como se escucha ahora en múltiples conferencias) entre "conocimiento 1.0" y "conocimiento 2.0"; "instituciones 1.0" e "instituciones 2.0". Con esa separación algunos se sienten autorizados para descalificar a los docentes que aún no se bañan en el "río de las mil y una novedades" de internet. Y entonces comenzamos a escuchar afirmaciones como: "ya no se concibe un maestro sin internet"; "ya el libro está mandado a recoger"; "el tablero tradicional no es interactivo..." y por eso ya no es una herramienta válida. Realmente creo que afirmaciones de este orden son una desproporción provocada por el deslumbramiento ingenuo que parece emerger de la nueva utopía actual que "quisieran prometer", algunos "apóstoles de internet" con su Web 2.0, a través de una cascada de presentaciones y videos que dejan el sabor de una multiplicidad enorme de formatos supuestamente "en los que se puede trabajar colaborativamente para la construcción conjunta de conocimiento". ¿Será que sí?
Yo creo en las potencialidades enormes que hoy tenemos frente a nuestros ojos y que la educación tiene hoy muchos caminos abiertos. En lo que no creo y me resisto a hacerlo, es que para que podamos darle peso y sentido a lo nuevo, tengamos que hacer exclusión de las prácticas anteriores y presentes. Creo que la construcción de conocimiento se produce en la reflexión individual y social, en la comprensión individual y social, en la creatividad individual y social. Creo que la innovación es una construcción individual y social que pasa bellamente por esa conjunción entre sensibilidad y razón.
Espacio para opinar y reflexionar sobre la vida, la educación, los tiempos actuales... Marta Inés Tirado Gallego: mitiradog@gmail.com
martes, 7 de octubre de 2008
lunes, 6 de octubre de 2008
Identidad 2.0: ¿Una identidad de sujeto o de usuario?
En un taller que estamos realizando en EAFIT con Alejandro Piscitelli como invitado, se estuvo trabajando en la mañana el concepto de identidad en la web 2.0. La pregunta inicial era: ¿Quién soy en internet? ¿Cuáles son las marcas de identidad que se encuentran en internet?
Interesantes los videos los que nos presentó Alejandro, pero me hicieron pensar si cuando hablamos de identidad hacemos referencia a la identidad del sujeto o a la identidad del usuario. ¿Será lo mismo? ¿Será así de simple?
¿Presentar mi currículum a través de herramientas informáticas ya da cuenta de mi identidad? Si publico en múltiples espacios (de la web 2.0) y fragmentariamente hablo de mi en algunos o tengo lugares de exposición de mis ideas en otros... ¿eso es mi identidad? ¿Quién soy yo en internet? ¿Yo soy lo que encuentro? ¿Yo soy lo que acopio de información? ¿Soy lo que consumo y lo que publico?
¿Qué es eso de la identidad?
Cuando era niña solía escuchar un refrán interesante para esta pregunta: "Dime con quien andas y te diré quien eres"
Interesantes los videos los que nos presentó Alejandro, pero me hicieron pensar si cuando hablamos de identidad hacemos referencia a la identidad del sujeto o a la identidad del usuario. ¿Será lo mismo? ¿Será así de simple?
¿Presentar mi currículum a través de herramientas informáticas ya da cuenta de mi identidad? Si publico en múltiples espacios (de la web 2.0) y fragmentariamente hablo de mi en algunos o tengo lugares de exposición de mis ideas en otros... ¿eso es mi identidad? ¿Quién soy yo en internet? ¿Yo soy lo que encuentro? ¿Yo soy lo que acopio de información? ¿Soy lo que consumo y lo que publico?
¿Qué es eso de la identidad?
Cuando era niña solía escuchar un refrán interesante para esta pregunta: "Dime con quien andas y te diré quien eres"
miércoles, 1 de octubre de 2008
La evaluación: ¿una oportunidad para hacer amigos en el saber o para hacer enemigos?
En el ámbito académico, el pais ha tenido un revuelo especial este año por ser el año de la evaluación. He seguido con atención algunos de los Forors regionales, he leido sobre lo que anda pasando, me gusta escudriñar lo que va apareciendo en los chat de Colombia Aprende (Portal educativo de Colombia), sin embargo veo que muy pocos, piensan la evaluación como un horizonte de futuro que se transforma en estrategia para hacer amigos en el saber y en el conocimiento.
Y eso me llevó a pensarme en mis prácticas docentes, y a ver a mis colegas del pasado y del presente frente al asunto de la evaluación.
La verdad, respecto a mis colegas, creo que casi todos hemos sido buenos docentes (hablo de aquellos con los que he compartido mi vida en varios sentidos). Hemos creido en la educación como un compromiso ético, como una fuente digna de trabajo y como un horizonte de futuro. Muy pocos de estos, pero si los hay, eran “educadores por formación”.
Cuando cada uno de nosotros nos poníamos de cara a la evaluación, pasaban muchas cosas. Todos teníamos (quiero hablar en pasado aunque éste sea considerablemente cercano) una posición clara frente a ella; algunos más radicales e inamovibles que los otros en los que su posición era movediza o dinámica, generalmente revolcándose entre el afecto y la razón. Todos creíamos que lo estábamos haciendo bien, que cumplíamos con nuestra responsabilidad social y profesional. Y es por eso que la evaluación se jugaba de varias maneras, y no precisamente de la misma forma en todos los momentos.
Para algunos, la evaluación recaía sobre el aprendizaje de los estudiantes. Para otros en cambio ésta giraba en cierto modo sobre la genialidad o sobre la amabilidad del docente un poco enmascarada en las “preguntas fáciles” que allanaban el camino hacia la gratitud incondicional del estudiante por haberlos dejado “pasar”. De esto daban cuenta las expresiones de los alumnos: a los primeros se le asemejaba a una especie de “tirano o casi padre terrible” y a los otros de “madre dadora y adorada”.
Tomábamos café juntos los que “rajaban” y los que “regalaban”. Parecía que esos dos extremos eran los más comunes y probables. Pero a decir verdad entre todos desatábamos rios de pasiones y no era sólo entre los estudiantes. A veces los claustros con sus aulas, cafeterias y corredores parecían hervir y estar a punto de explotar.
Yo misma me la jugué en los dos escenarios. Recuerdo que apelaba a la “etica” y hablaba en nombre de ella, para defender la pasión que sentía por “la fuerza de los argumentos”. No muy pronto, me di cuenta que debía cambiar mi forma de evaluar para que se convirtiera en algo que, al igual como lo hace lo lúdico, sea casi imposible de olvidar. Transformé las evaluaciones en serios juegos. Y yo misma me sorprendía con lo que veía en ese último momento en el aprendizaje mio y de los estudiantes. Era algo así como “darles tiempo” a todos, inclusive a mi, para aprender. Esto me generó muchos nuevos “amigos” pues lo que pasaba adentro de esos estudiantes más lentos, más tímidos, más temerosos, con el apoyo del grupo, se disolvía y se transformaba en aprendizajes. En el último período de mi docencia incursioné en trabajos colaborativos para la construcción de las reflexiones de los estudiantes de nivel de posgrado. Fue excelente y gratificante trabajar constructivamente a través de estrategias como los blog.
Bueno… y para finalizar con mis recuerdos diré que entre los docentes (esos que componen mi historia) era muy difícil saber cuál era el lugar adecuado, pues en un mismo café se podían decir las cosas más brutales sobre los que “rajaban” y los que “regalaban”. Y a nadie le gusta ser duramente juzgado. A nadie le gusta que el sentimiento de seguridad y el reconocimiento se vaya en el último zorbo de una taza de café. Tanto esfuerzo, tango gusto, amor, tiempo y dedicación para encontrar la mejor forma de “examinar” a los estudiantes, a sabiendas de que cualquier colega, con una sola palabra demoledora, puede lograr acobardarlo a uno dejándolo sin saber qué hacer. Pero claro, esto tampoco era muy frecuente porque éramos todos de caracteres extremadamente fuertes. A lo sumo, uno se desacomodaba un rato. Pensaba y en general volvía a su vieja y tranquila seguridad.
Toda esta reflexión-recordación, se la debo en parte a una profe novata que ve en la cacería de sus colegas una manera de ganarse los afectos de sus estudiantes y su seguridad con la administración.
A lo mejor todos lo hicimos en su momento, pero ahora puedo verlo en la distancia y hacer un balance entre los efectos que provocamos todos nosotros en “nuestros” estudiantes. Con el pasar del tiempo vi volver a esos “tipos de amigos” que se desatan en los procesos de formación, pero ya maduros, con profesiones definidas, con éxito algunos y otros con sus fracasos secretos .
Y entonces oigo sus palabras rondar por los corredores: “hola profe, vos si que eras una madre”. “Hola profe: me acuerdo como nos reíamos y cómo la pasábamos de bien. Qué rumbas aquellas”, “Hola profe: no sabés todo lo que aprendí con vos y todo lo que me ha servido para la vida, pero… eh avemaría si me costó”.
Unos se vuelven amigos pasajeros muy mediados por la evaluación y otros se vuelven amigos del saber. ¿Qué pasa allí?
Mi bisabuelo decía (lo se por mi madre) que “lo barato sale caro”. ¿Es que debe costar el aprendizaje? Si el que “raja” cobra más caro que el que “regala” entonces se podría afirmar que ¿en el costo consiste la evaluación? No lo creo. La verdad conozco de cerca, mucho, mucho, a uno de esos profes que incluso a mi continúa enseñándome sobre la vida. Él se la juega, entra por la puerta de la exigencia, pero no pierde de vista el afecto en la educación. Se acerca y se aleja. Les dice que no teman, pero que no dimitirá en su exigencia. Yo le preguntaba, tú que eres tan buen docente, que tienes tanto saber y tanto conocimiento, que trabajas tan convencida y ampliamente el tema de aprendizaje por competencias ¿porqué te “pierden” tantos estudiantes en las primeras evaluaciones?
Escribiendo esto me doy cuenta del concepto de “pérdida” en relación a la evaluación. Efectivamente este segundo profe al que hago mención genera alianzas inmediatas con los buenos estudiantes. Con esos no hay problema. Pero siguen quedando otros dos tipos más: los que se dejan desacomodar (lo cual tiene un costo muy alto porque en el desacomodo se pierde) y los que definitivamente, por su derecho a la diferencia no se pueden vincular con este tipo de profes.
¿Y cuál prefiero yo? Creo que prefiero al profe que enseña con el ejemplo, con la convicción, con la exigencia, con el rigor, y que no pierde de vista la ternura de la razón. Prefiero al profe que se está preparando para dar giros en su actualización. A ese que se sigue preguntando y a ese que se levanta a dar más preguntas que respuestas. Si, es a ese al que prefiero yo.
A lo mejor me ha acercado más a mis recuerdos que al concepto de evaluación. pero.. ¿quien sabe?
Y eso me llevó a pensarme en mis prácticas docentes, y a ver a mis colegas del pasado y del presente frente al asunto de la evaluación.
La verdad, respecto a mis colegas, creo que casi todos hemos sido buenos docentes (hablo de aquellos con los que he compartido mi vida en varios sentidos). Hemos creido en la educación como un compromiso ético, como una fuente digna de trabajo y como un horizonte de futuro. Muy pocos de estos, pero si los hay, eran “educadores por formación”.
Cuando cada uno de nosotros nos poníamos de cara a la evaluación, pasaban muchas cosas. Todos teníamos (quiero hablar en pasado aunque éste sea considerablemente cercano) una posición clara frente a ella; algunos más radicales e inamovibles que los otros en los que su posición era movediza o dinámica, generalmente revolcándose entre el afecto y la razón. Todos creíamos que lo estábamos haciendo bien, que cumplíamos con nuestra responsabilidad social y profesional. Y es por eso que la evaluación se jugaba de varias maneras, y no precisamente de la misma forma en todos los momentos.
Para algunos, la evaluación recaía sobre el aprendizaje de los estudiantes. Para otros en cambio ésta giraba en cierto modo sobre la genialidad o sobre la amabilidad del docente un poco enmascarada en las “preguntas fáciles” que allanaban el camino hacia la gratitud incondicional del estudiante por haberlos dejado “pasar”. De esto daban cuenta las expresiones de los alumnos: a los primeros se le asemejaba a una especie de “tirano o casi padre terrible” y a los otros de “madre dadora y adorada”.
Tomábamos café juntos los que “rajaban” y los que “regalaban”. Parecía que esos dos extremos eran los más comunes y probables. Pero a decir verdad entre todos desatábamos rios de pasiones y no era sólo entre los estudiantes. A veces los claustros con sus aulas, cafeterias y corredores parecían hervir y estar a punto de explotar.
Yo misma me la jugué en los dos escenarios. Recuerdo que apelaba a la “etica” y hablaba en nombre de ella, para defender la pasión que sentía por “la fuerza de los argumentos”. No muy pronto, me di cuenta que debía cambiar mi forma de evaluar para que se convirtiera en algo que, al igual como lo hace lo lúdico, sea casi imposible de olvidar. Transformé las evaluaciones en serios juegos. Y yo misma me sorprendía con lo que veía en ese último momento en el aprendizaje mio y de los estudiantes. Era algo así como “darles tiempo” a todos, inclusive a mi, para aprender. Esto me generó muchos nuevos “amigos” pues lo que pasaba adentro de esos estudiantes más lentos, más tímidos, más temerosos, con el apoyo del grupo, se disolvía y se transformaba en aprendizajes. En el último período de mi docencia incursioné en trabajos colaborativos para la construcción de las reflexiones de los estudiantes de nivel de posgrado. Fue excelente y gratificante trabajar constructivamente a través de estrategias como los blog.
Bueno… y para finalizar con mis recuerdos diré que entre los docentes (esos que componen mi historia) era muy difícil saber cuál era el lugar adecuado, pues en un mismo café se podían decir las cosas más brutales sobre los que “rajaban” y los que “regalaban”. Y a nadie le gusta ser duramente juzgado. A nadie le gusta que el sentimiento de seguridad y el reconocimiento se vaya en el último zorbo de una taza de café. Tanto esfuerzo, tango gusto, amor, tiempo y dedicación para encontrar la mejor forma de “examinar” a los estudiantes, a sabiendas de que cualquier colega, con una sola palabra demoledora, puede lograr acobardarlo a uno dejándolo sin saber qué hacer. Pero claro, esto tampoco era muy frecuente porque éramos todos de caracteres extremadamente fuertes. A lo sumo, uno se desacomodaba un rato. Pensaba y en general volvía a su vieja y tranquila seguridad.
Toda esta reflexión-recordación, se la debo en parte a una profe novata que ve en la cacería de sus colegas una manera de ganarse los afectos de sus estudiantes y su seguridad con la administración.
A lo mejor todos lo hicimos en su momento, pero ahora puedo verlo en la distancia y hacer un balance entre los efectos que provocamos todos nosotros en “nuestros” estudiantes. Con el pasar del tiempo vi volver a esos “tipos de amigos” que se desatan en los procesos de formación, pero ya maduros, con profesiones definidas, con éxito algunos y otros con sus fracasos secretos .
Y entonces oigo sus palabras rondar por los corredores: “hola profe, vos si que eras una madre”. “Hola profe: me acuerdo como nos reíamos y cómo la pasábamos de bien. Qué rumbas aquellas”, “Hola profe: no sabés todo lo que aprendí con vos y todo lo que me ha servido para la vida, pero… eh avemaría si me costó”.
Unos se vuelven amigos pasajeros muy mediados por la evaluación y otros se vuelven amigos del saber. ¿Qué pasa allí?
Mi bisabuelo decía (lo se por mi madre) que “lo barato sale caro”. ¿Es que debe costar el aprendizaje? Si el que “raja” cobra más caro que el que “regala” entonces se podría afirmar que ¿en el costo consiste la evaluación? No lo creo. La verdad conozco de cerca, mucho, mucho, a uno de esos profes que incluso a mi continúa enseñándome sobre la vida. Él se la juega, entra por la puerta de la exigencia, pero no pierde de vista el afecto en la educación. Se acerca y se aleja. Les dice que no teman, pero que no dimitirá en su exigencia. Yo le preguntaba, tú que eres tan buen docente, que tienes tanto saber y tanto conocimiento, que trabajas tan convencida y ampliamente el tema de aprendizaje por competencias ¿porqué te “pierden” tantos estudiantes en las primeras evaluaciones?
Escribiendo esto me doy cuenta del concepto de “pérdida” en relación a la evaluación. Efectivamente este segundo profe al que hago mención genera alianzas inmediatas con los buenos estudiantes. Con esos no hay problema. Pero siguen quedando otros dos tipos más: los que se dejan desacomodar (lo cual tiene un costo muy alto porque en el desacomodo se pierde) y los que definitivamente, por su derecho a la diferencia no se pueden vincular con este tipo de profes.
¿Y cuál prefiero yo? Creo que prefiero al profe que enseña con el ejemplo, con la convicción, con la exigencia, con el rigor, y que no pierde de vista la ternura de la razón. Prefiero al profe que se está preparando para dar giros en su actualización. A ese que se sigue preguntando y a ese que se levanta a dar más preguntas que respuestas. Si, es a ese al que prefiero yo.
A lo mejor me ha acercado más a mis recuerdos que al concepto de evaluación. pero.. ¿quien sabe?
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