Espacio para opinar y reflexionar sobre la vida, la educación, los tiempos actuales... Marta Inés Tirado Gallego: mitiradog@gmail.com
martes, 30 de julio de 2019
Apuntes para leer con ojos ajenos (10)
La vocación de escritor, de un ferviente lector. José Lezama Lima. Por: Eufrasio Guzmán
Esta vez comenzaré con el final, es decir, contaré qué pasó varias semanas después de finalizada la conferencia. Sabía que en alguna parte de mi biblioteca había un libro no leído de Lezama Lima. No me preocupé mucho por encontrarlo en principio. Pero poco a poco se fue volviendo como un pequeño imperativo. A ratos sentía que ardía en deseos de encontrarlo. Pero el ardor se me quitaba. Daba una primera revisión a mi biblioteca (repartida en varios lugares de la casa) y nada. ¿Dónde puede estar? Quizá no tengo nada de este autor me decía a mi misma y me desentendía de nuevo. Si lo encuentro, creo que quiero leerlo con suavidad y lentitud. Al cabo de volverme a acordar y olvidarme de nuevo, y volverlo a buscar... lo encontré entre muchos otros libros que sé a ciencia cierta que me están esperando para cuando me termine de llegar mi tiempo de ocio sagrado, en el que aspiro a leer de nuevo muchos textos ya leídos (en especial a Freud con la mirada de vejez que ahora tengo) y a descubrir otros que jamás ni siquiera desempaqué. Falta poco. Creo que es ya casi, es en breve, como le llegó al Quijote su momento sagrado de leer hasta "enloquecer".
Eureka. Lo encontré. Es un libro maravilloso de pasta gris verdosa. He de confesar que tal portada fofa y fría no invita a la lectura. Pero su titulo sí. Se llama ALBUM DE LOS AMIGOS. Ese sí que es un bello título una vez se abre el libro y emergen el colectivo de amigos. Fue un regalo de Jana Cazalla, mi tutora de tesis doctoral en el 2003. Lezama nada tenía que ver con mi doctorado. Fué sólo un regalo que guardé con afecto, y que fue producido en mi querida ciudad de Valencia, España, en la Universidad Politécnica de Valencia. Los investigadores de este bello trabajo son Diana María Ivizate González e Iván González Cruz.
El libro recoge un magnífico epistolario y revela los escritos a puño y letra de amigos, admiradores y extraños de Lezama a lo largo de su vida. Compila pequeñas reseñas, declaraciones de amistad profunda, letras y caligrafías del afecto y la admiración, dibujos, líneas y trazos como de esos que se hacen bellamente en servilletas en momentos sagrados de ocio o de fugaces conversaciones en cualquier cafetería. Son 319 páginas sin igual. Me pregunto: ¿Dónde está Lezama? En la lectura de sus amigos y extraños. Muchos autores desconocidos, casi todos, y algunos pocos, bastante pocos, me resultan algo más familiares como Julio Cortázar, Ernesto Cardenal, Nicolás Guillen, Gabriel García Márquez. Ah, cuántos deseos tengo de leerlo.
Mientras tanto volveré a la provocadora conferencia. Esta inicia con una lectura del profe Eufrasio, un profe de vieja data del Instituto de Filosofía de la UdeA. Cada que lo veo no puedo comprender porqué me cuesta tanto recordarlo más jóven, más delgado, quizás menos severa su mirada. Es como si la imagen de ahora me borrara del todo su recuerdo por los pasillos del bloque 12 de la Udea.
Bella la manera como el profe cita a sus alumnos; bella la manera de envolvernos suavemente en la mitología, lo apolíneo, el eros.
Alude a Freud y su abandono del lenguaje de la ciencia médica para resaltar acto seguido, cómo ingresa en en el lenguaje de la cultura, del eros y del thánatos, de la tragedia griega. Por supuesto en ese mismo escenario hace entrar a Nietzsche, contemporáneo de Freud, pensador similar y amante de la tragedia para recordar la figura de un toro con cuernos.
Y dice que Lezama piensa la cultura desde Hermes, igual que Giordano Bruno quien también es "hermético", igual que Michel Serres.
Alude a sus propios libros para confesar que Lezama ha sido un mojón para pensar la cultura occidental. Lezama es un autor que se mete en la historia de los dioses, los reinterpreta, los relee, y crea el mitoanálisis. Cita a León de Greif y algunas de sus epifanías.
Afirma que la obra de Lezama tiene mucho que ver con el amor, en particular el amor a la familia. Siente el imperativo de su madre de tener que contar la tragedia de su familia con la muerte de su padre.
Habla de José Manuel Arango como un evaluador de uno de sus textos y lo presenta como un hombre de varios dioses. Afirma: leer la cultura en clave hermética fue muy revelador para José Manuel Arango aunque hizo su obra más densa.
Alude a la amistad, al coro asimilado al canto coral del fútbol donde la multitud se reúne en una sola voz. Y la conferencia se va convirtiendo en un paseo por diversos autores y poetas.
Declara que la dignidad de la poesía es resaltada contundentemente por Lezama quien se refiere al hecho de NO MATAR ya que en él hay una conexión profunda con la vida y con no aceptar los callejones oscuros del realismo. El afrontamiento de la pobreza con la poesía como dignificación de la vida humana, es otra de las lecturas que se hace del pensamiento de Lezama. Así, el arte, la plástica, el ensayo, convertir la poesía en un modo de vida, va a ser el norte y el eje de su compromiso vital. Es la ética del artista: concentrarse en su obra. La poesía como resistencia está asociada a resistir frente a todos los embates que niegan o dificultan la vida.
Lezama no es un autor católico. Habla de resurrección pero asociada al ejercicio del arte, la poesía como un elemneto para construir el paraíso que contiene la intensidad. La idea de trascendencia y resistencia frente a la idea de la muerte. Se opone a Heidegger de que somos un ser para la muerte pues cree en la vida, lucha contra el vacío, mantiene una confianza profunda en la expresión poética. El canto a la casa, como la que vivía en su casa, se podía ver la luz, la casa es un triunfo del ser humano frente a la avasayante presencia de la selva.
Nace entonces mi curiosidad por ver que aparece en wikipedia a la que yo no satanizo sino que la veo como un bául lleno de cosas útiles e inútiles, porque en verdad uno se encuentra allí aproximaciones y sugerencias que resultan muy poderosas y sugestivas si uno quiere seguir buscando. Y mi sorpresa mayor es encontrar una cascada de comentarios deliciosos e incitadores para buscar la lectura de Lezama. No sabía que había tanta escritura sobre este autor. Lo celebro.
Apuntes para leer con ojos ajenos (4)
La conferencia a la que aludo hoy es a la de Carolina Sanin sobre Viaje a Pie de Fernando González, cuarta en la serie de encuentros de Lectores y lecturas.
Carolina misma es una invitación a la lectura. Su tono de voz, su escritura, el entramado cuidadoso de las palabras, sus temas, sus preguntas. Me resulta profunda, casi abismal. Cada interrogante suyo me estrella contra el silencio. ¿Cómo hablar, cómo escribir si apenas la estoy escuchando por primera vez, si no he caminado jamás con ella?
Ella habla del Viaje a pie de Fernando González y de todos aquellos que caminan su propia escritura. Introduce pequeños ruidos secos como de gusanos de seda comiéndose las tiernas hojas biches de mis preguntas. Cuando quiere, se detiene para detener el caminar de Fernando y de la nada lo propone en "un presente eterno", en el lugar de la "contemplación".
¿Cómo es posible caminar y contemplar a la vez, ambas expresiones presentadas en el sentido del "recogimiento"? ¿Acaso el recogimiento no requiere de la dulce quietud, de la lentitud, del des-apresurar la vida? ¿Y cómo esa dulce quietud sin embargo, se desplaza, se expande, va, se detiene, recolecta, asciende, baja, se pierde? ¡Qué bella su idea de ascenso al mar! ¿Acaso no ve Carolina que no puedo seguirle el paso? Va demasiado aprisa entre Fernando, Petrarca y Dante. Entre Thoreau y Rousseau... y al final cita a Werner Herzog. Sus palabras ascienden, escalan, bajan, trepan, van al infierno sin tiempo, viajan al purgatorio donde se espera y se redime, donde se tiene tiempo de más, donde hay tal vez una segunda oportunidad.
Presenta al caminante como ese que recolecta cosas, miradas, anécdotas, recuerdos, sabores, sensaciones, ausencias, paisajes, ideas... Claro, ideas. De eso se trata la conferencia. Pero ideas con territorio, con lugar y fecha de nacimiento. Ideas con caminos, aunque Serrat diga y cante lo contrario. Ideas con horizontes como los que plantea Gadamer para la comprensión. Ideas con tiempo, con la noción de día, de amaneceres, de vuelta a empezar. Dormir y despertar, empezar de nuevo para seguir el viaje.
Mientras tanto yo me ausento un momento para preguntarme: ¿Camina también el "habitante de calle"? ¿Busca él ganar ideas o quizá perderse en ellas, o lo que es más, busca perderlas, des-hacerse de las ideas que no sirven para la vida diaria en la calle, en la droga, en la miseria, en el olvido y en la negación? ¿Son ideas o son dolores? ¿Ahí estará la diferencia entre el caminar del filósofo y el deambular solitario, perdido, ausente de sí mismo y olvidado por todos los demás del habitante de calle? ¿Camina el desplazado que va sin ninguna pertenencia y que sale a las tres de la mañana porque le anuncian su inminente muerte? ¿caminan las víctimas? En secreto pienso que que hay entonces un caminar de estrato alto y otros muchos del mundo del subsuelo.
Me sorprende esta especie de viaje a pie por la obra de Fernando.
Carolina despliega una gran baraja de términos asociados al caminar y al tiempo. Por ejemplo el peregrino que camina para redimir su destino, para borrar su historia, para subvertir el tiempo que pasó; el migrante, el turista, el viajero, el paseante, el pasajero, el caminante...
Y ella insiste: son libros de caminatas (no de viajes, aclara ella, aunque justo el libro en cuestión se llame Viaje a pie); son memorias no autobiográficas sino "del pensamiento". Son relatos de viaje que permiten ver-se de lejos aunque en medio de la fascinación por la naturaleza "para encontrase como parte de esa naturaleza"; reconocer el cuerpo y su agotamiento o su resistencia, tal vez es un ver caminar la mortalidad al lado, como su sombra. Preguntarse qué es un día, qué es el momento crepuscular del caminante como si el "giro completo de la tierra" fuera metáfora suficiente para pensar en el tiempo de "una vida".
Me interesa mucho este coqueteo de Carolina con el tiempo. Por eso salgo a buscar sus libros y artículos para esculcarla por dentro. Me encanta el público y sus preguntas.
Apuntes para leer con ojos ajenos (12)
Dudar del mandato. El patriarca en Manuel Mejía Vallejo. Por: Eliana María Urrego Arango
Volvió de un sólo golpe de conferencia el recuerdo de ese señor alto, bonito, gallardo, elegante, fumador, y creo que hasta gracioso. Volvió el recuerdo de la Biblioteca Pública Piloto y las conversaciones amenas de los amigos en público, tal como Juan Luis Mejía se declaraba con respecto a él. Volvió un deseo de leer a Mejía Vallejo, ahora con los ojos de esta adultez que me alborota el alma cada que voy a la cita de Lectores y Lecturas.
Manuel Mejía Vallejo ese era ese señor al que me refería y Eliana María Urrego Arango la conferencista.
Cuando entré me advirtieron: es psicóloga. Qué bien, dije con algo de extrañeza por el comentario y puse su título en la silla del lado para que no me estorbara. De hecho casi he tomado la decisión de no llegar temprano a la lectura del currículo del conferenciante, a la presentación del Lector de turno, pues quiero jugar a escuchar al otro sin currículo, sin presentación, sin historia. No quiero saber si su lectura es hija de un doctorado, o hija del sillón de la sala, o de la cafetería de un parque central en un pueblo lejano.
Cuando veo a Eliana con su vestido rojo de manga sisa y su cabello rizado me gusta su figura. Creo que nos conocemos, creo que hemos coincidido en algún momento de nuestras vidas, pero no logro recordar. Me da vergüenza preguntarle. Pero se que hubo un momento largo de mi vida en que coincidimos en alegrías y amigos. Por este lado no diré nada más.
Me gusta su dramaturgia y expresión corporal para exponer. Es como si tuviera una juventud detenida, abrazada, encarcelada. La voz, la frescura, la poca postura de doctora es encantadora. Se habla a así misma con ese dejo que tenemos los antioqueños y que Carlos Mario Aguirre caricaturiza tan graciosamente en sus obras de teatro.
Su pregunta es por los hombres de las novelas colombianas y las figuras masculinas, por eso de ¿Qué es ser un hombre? Recordé que en mi formación como psicóloga me pregunté por lo femenino y curiosamente apenas hoy caigo en cuenta que jamás pensé que podía preguntarme por lo masculino. Como si lo masculino estuviera muy claro y el gran enigma fuera sólo lo femenino, tal como aprendí a la sombra de la letra de Freud, Lacan y mis profes (hombres) de psicoanálisis .
Eliana invita a la conferencia al coronel Aureliano Buen Día, personaje de Gabriel García Márquez y Maqroll el Gaviero, personaje de Álvaro Mutis. Dice que son dos obras de dos hombres hablados por sus hombres. Encuentra en ellas y en las de Mejía Vallejo una visión del hombre latinoamericano, una presencia masculina que va mostrando características de hombres derrotados, con proyectos fracasados, provenientes de pueblos, vinculados a cantinas y prostíbulos, homosexuales algunos, cuchilleros casi todos, figuras de gamonales o de hombres sin lugar... Hombres que responden al mandato de la cultura y de la familia antioqueña para la cual el valor principal y más importante es la riqueza, tal como lo afirma ella de la mano de la antropóloga Virginia Gutiérrez de Pineda quien arriesga la tesis de que la organización de la familia antioqueña parte de la riqueza como valor.
Eliana habla de su tesis doctoral escrita a partir de Balandú y el espacio imaginario creado por Manuel Mejía Vallejo. Menciona otras tres obras (las cuales salgo a buscar como loca y a leer reseñas o estudios sobre cada una de ellas): El día señalado (Premio Nadal 1963); Aire de tango y la Casa de las dos Palmas. En ellas hay plasmada una imagen cercana de la violencia en Colombia, de cómo la venganza hace parte de un círculo imposible de evitar; habla de los hombres y del patriarca, de las generaciones que le siguen (los Herreros) para explicar con ellas como cambia el mandato entre generaciones coincidiendo con ello el tránsito que se da desde la tenencia y el cuidado de la tierra hasta el cambio de valorar la industria como lugar para conseguir fortunas, el poco valor que empieza a tener el poder y la pregunta por la "maldición" para quienes no logran sostener el patriarcado. Un patriarcado que se va también desfigurando con el alcohol y del cual emerge una especie de antecedente del narcotráfico.
Hay claro está, pocas alusiones al rol de las mujeres, a sus pocas voces en las obras de los hombres, y emerge la mujer que ve más de la cuenta y justo se queda ciega, la mujer maltratada, la que es silenciada, la mujer bruja o la gran cuidadora que se pregunta por la decencia y cierra para siempre "el baúl de la buena esperanza".
Es delicioso escucharla. Ella lee, se va para los libros y las citas y vuelve con sus preguntas, sus respuestas, sus conclusiones. Mientras eso sus manos danzan al son de sus palabras acompañadas de una mirada abrigadora para el público. Llega entonces la segunda parte, la de la conversación. Lo mejor... ese público que escucha y configura sus preguntas y la oportunidad de ella de ampliar su exposición tan deliciosa.
jueves, 28 de marzo de 2019
Apuntes para leer con ojos ajenos (3)
La tercera conferencia del ciclo de Lectores y lecturas estuvo a cargo de la poeta y ensayista María Clemencia Sánchez. Se titulaba: Helena Araújo. La esposa fugada. Signos de una escritura.
Dos asuntos me resultaron impactantes del encuentro con Clemencia.
Primero, el formato "visual" de la conferencia, donde la mujer de la que se habla hace presencia en primer plano delante de la expositora. Bella imagen de ambas.
Y segundo, la concepción expuesta sobre el exilio como "devenir afuera" que es de lo que se ocupa la tesis doctoral de Clemencia.
La conferencia inicia presentando la manera como Clemencia se aproxima a la obra de Araújo. Da cuenta del interés de ambas en la literatura femenina y en particular en el tema de "la condición femenina". Emergen obras como la Scherezada criolla, La M de las moscas, Fiesta en Teusaquillo (Helena Araújo); El segundo sexo (Simone de Beauvoir), Un cuarto propio (V. Woolf), Ifigenia (Teresa de la Parra) y autoras como Elisa Mujica y Soledad Acosta de Samper.
Clemencia parece posar su mirada en los personajes de las obras literarias de mujeres, cuando éstos le resultan autorreferenciales, en cierto modo confesionales, autobiográficos, que para el caso de Araújo, la lleva por el camino de la pregunta por el exilio.
Y entonces plantea el exilio como simultaneidad, como extrañeza y a la vez, como forma de conciencia entre un antes y un después. Como un cambio territorial y discursivo. Un "devenir afuera". Bien hasta ahí. Yo creo lo mismo.
Claro, cuando uno sale del país a vivir por un buen tiempo, se produce una especie de toma de conciencia entre el lugar dejado y la emergencia imperativa de la pregunta por la identidad, por las raíces, por su "ser" en relación a otros que son "sus semejantes"; otros que por primera vez quizás, aparecen en la conciencia de uno como "compatriotas", una expresión que se configura y desconfigura incluso con otros "compatriotas" que están igualmente fuera del país, porque en ellos se mueven intereses y miedos, ya que también ellos están re-configurándo-se en relación a otros. Esto es una pre-ocupación inicial que prontamente se abandona o por lo menos se aplaza. Otros asuntos se anudan a la conciencia de sí.
¿Pero... ¿es eso exilio? Yo jamás me pensé así. Por supuesto en mi caso no me empujaba un malestar, una "imposibilidad de seguir siendo" en mi país. Me empujaba un sueño, un ideal de estudiar, de conocer, de aprender. Indudablemente se llega al afuera, al "extranjero" en calidad de externo, inmigrante, extraño. Qué tan amenazante o amistoso resulte ser para los demás, es algo que uno debe aprender a sortear en la cotidianidad. Para eso no hay experiencia previa. Pasa en la relación con el otro, en tiempos y espacios determinados.
En medio de la exposición de Clemencia y los argumentos anecdóticos de la salida de Helena hacia otro país, surge en mi la pregunta ¿qué de su salida se convierte en exilio? Será, como expone Clemencia, porque fue enjuiciada por la iglesia como "indecente", porque se sentía extraña en su propia tierra, porque pidió la separación de su esposo y fue internada en un "sanatorio" o porque sus próximas (las mujeres de su alta sociedad) no entendían de qué hablaba...
Bello el nombre de "La esposa fugada". Pero... ¿"fugada" ha de traducirse como "exiliada"?
Hago libremente una asociación con la pintora Débora Arango y entonces me pregunto si también ella estaba "exiliada" en su propia tierra, en parte enjuiciada por otra mujer "fugada" como era el caso de Marta Traba que en su momento le negó un lugar en la crítica del arte nacional.
Quizá mi desconcierto esté en que yo había reservado para este término algo mucho más contundente, más desgarrador, más trágico si se quiere. Siempre lo había asociado al "desarraigo", al "destierro" voluntario o exigido por múltiples tipos de situaciones, pero en las que la vida misma se encuentra en riesgo. Tal vez porque el exilio político es una idea bastante fuerte en la memoria de los colombianos. Tal vez porque la he escuchado muy ceca del exterminio, de la guerra, de
los despatriados.
De todos modos, y más allá de mi desconcierto, me queda el deseo de leer a esta Helena que Clemencia nos ha presentado
lunes, 25 de marzo de 2019
jueves, 21 de marzo de 2019
Apuntes para leer con ojos ajenos (2)
La conferencia a la que aludo hoy desde mis apuntes, es la de Paloma Pérez quien presentó su texto Oficios afines como pre-texto para conversar con el auditorio. Ella inicia contando cómo fue su tránsito de lectora a escritora. La sensación que Paloma me deja es que sencillamente y sin saberlo, ella, vino a contar-me, no por ser escritora, que no lo soy, sino porque activa en mi viejos recuerdos que yo no sabía ya por dónde estaban.
Inicia con la pregunta. "¿Cuándo empecé a leer? " Se responde "cuando me empezaron a leer". Y comienza una danza de recuerdos de ella sobre el olor de los clásicos antiguos, las ventajas de estar enferma para "leer todo lo que me cayera en las manos" y sus encuentros con la colección de "Selecciones", "Corín Tellado" y Agatha Christie.
Me embelesaba su figura actual, calculadamente desordenada y con un mechón de pelo que invitaba a anidar en él. Intentaba traer a mi memoria la muchachita que conocí estudiando psicología en la universidad. No nos habíamos vuelto a ver desde la época del grado (que en muchas ocasiones termina siendo un acto expulsor). Supe, por su CvLAC (que lo busqué), que ella se graduó después que yo. Y mientras ella hablaba de sí, yo volvía la mirada hacia mi. Era irremediable. Sus preguntas me preguntaban.
Y recordé de inmediato que a mi, mis padres jamás me leyeron, pero me cantaron y me contaron. Mi madre cantaba boleros, música colombiana, y algunas cuantas canciones infantiles. Mi padre inventaba cuentos o contaba las pocas óperas a las que había asistido.
En casa había un libro muy hermoso de las Mil y una noches. Era viejo y deshojado pero tenía las más bellas y brillantes ilustraciones protegidas con "papel de mantequilla" de realces bellamente decorados, como las hojas de los herbarios. Mirarlas en su extraordinaria belleza fue mi manera de leer en mi infancia.
Los pocos libros que reposaban en mi casa estaban en la pieza de atrás, donde se guardaba la ropa de planchar, los sombreros con encajes, los guantes y los tacones de mi mamá. Estaban en el baño, desdeñados, olvidados, inmensamente solos. Sin lectores. Ignorados por casi todos, en cierto modo condenados al exterminio. Yo guardaba entre sus hojas amarillas de bordes oscuros, mis pequeños escritos como un secreto. Estaba segura que allí nadie los podría encontrar. Quizá esos libros los dejó olvidados el abuelo Marcos que era un gran lector según daba cuenta su biblioteca. Su casi profesión de abogado así lo debía haber exigido. Recuerdo también que había un libro prohibido; se llamaba Lo que el cielo no perdona de Ernesto León Herrera. La amenaza del infierno a cambio de leerlo funcionó por muchos años para mi, máxime cuando supe que había sido escrito por un cura rebelde.
En casa de la tía Ester también estaba la colección de Selecciones. Era un gusto leer esa letrica pequeña y las historias cortas pocas páginas antes de los chistes. La colección había que dejarla en paz antes de que llegara la tía. ¿Y los almanaques mundiales. o los Bristol? También esos los leía.
¿Los clásicos? Nada. Ni siquiera los había oído mencionar. La madre de Paloma venía de España y los conocía perfectamente pero la mía venía de Don Matías. Ella era una bachiller de letras verdes, lectora de algunos poemas que alguna vez le encontré.
Paloma sigue su historia dando un salto a la Biblioteca de la UdeA y yo de inmediato doy un brinco adolescente hacia la Biblioteca Pública Piloto. ¿Cómo fui a parar allá? Tal vez mis amigas de colegio me contaron de esos tesoros no escondidos. Esos libros fueron mis amigos por muchos años. Hasta fui empastadora de libros viejos por varios meses. Quería aprender ese oficio hermoso y podía estar más tiempo allá sin levantar sospechas de persona rara. Allí conocí a Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra y otros autores que me regalaron mundos. Más que leerlos, me gustaba oírlos, verlos... Por ese entonces Juan Luis Mejía era el director de la BPP. Ay, qué mono más hermoso, pensaba yo cada que lo veía. Sus entrevistas eran como olas que iban y venían. Qué delicia escucharlo a él también.
En ese momento ya estaba en la UdeA y también en la Escuela Popular de Arte -EPA- donde conocí al luchador/sabedor Chucho Mejía. Las peñas latinoamericanas entraron a mi alma para quedarse como formas de lectura y de disfrute estético.
Y así leí también la música, los poemas de la nueva trova cubana, sumados a Miguel Hernández, Benedetti, Barba Jacob, Robledo Ortíz, Paz... Canté a Serrat a todo pulmón de la misma manera que a Mercedes Sosa; encontré maestros como Elkin Restrepo, Oscar Castro, Marta Vélez...
Descubrí y coleccioné por mucho tiempo la Gaceta universitaria, la revista Alternativa y la Acuarimántima que me moldearon el alma junto con el folclor, Juan G. Rua, Nicolás Buenaventura y Totó la Momposina entre otros. Y la mezcla me hizo aún más rara.
Entonces Paloma me saca de esta lluvia de recuerdos y zas, menciona los gatos de la Universidad de Antioquia y cómo ella se "engatusó" con ellos. Lee su cuento, lentamente, transitando por los graciosos nombres de los gatos según su lugar de residencia, según la Facultad de nacimiento, y en esas, una mujer del público, hermosa de voz y hermosa toda ella, ronronea un poema para su gata Ceniza, "con ojos de cuchillo azul", recién muerta, ofreciéndonos su palabras como fervorosa oración para comulgar en secreto con el auditorio.
Una pausa.
Urge salir a conseguir el texto. Nos encontramos varios escuchas de su conferencia, en la librería. Compramos Oficios afines. Lo hojeamos.
Claro, era de esperarse. Es la vida cotidiana y la cotidianidad de la escritura de Paloma. Hacen presencia la casa, la ropa, el mango, los estudiantes, los viajes, la cocina, los autores, las cerámicas, las bibliotecas, los amigos, la casa, la escritura, los autores, la casa...
Quiero preguntarle, cuando la vuelva a ver, qué palabras hay escritas en su portada. Será por supuesto una terrible indiscreción, porque están sobrepuestas como en un sueño o como en un equívoco. Yo juego a encontrarlas. No son rayones al azar. Nada que ver con la etapa del garabateo. Algo coquetea con la escritura jeroglífica y con los borramientos. ¿Qué dicen? ¿Qué mensaje hay allí por descifrar?
Inicia con la pregunta. "¿Cuándo empecé a leer? " Se responde "cuando me empezaron a leer". Y comienza una danza de recuerdos de ella sobre el olor de los clásicos antiguos, las ventajas de estar enferma para "leer todo lo que me cayera en las manos" y sus encuentros con la colección de "Selecciones", "Corín Tellado" y Agatha Christie.
Me embelesaba su figura actual, calculadamente desordenada y con un mechón de pelo que invitaba a anidar en él. Intentaba traer a mi memoria la muchachita que conocí estudiando psicología en la universidad. No nos habíamos vuelto a ver desde la época del grado (que en muchas ocasiones termina siendo un acto expulsor). Supe, por su CvLAC (que lo busqué), que ella se graduó después que yo. Y mientras ella hablaba de sí, yo volvía la mirada hacia mi. Era irremediable. Sus preguntas me preguntaban.
Y recordé de inmediato que a mi, mis padres jamás me leyeron, pero me cantaron y me contaron. Mi madre cantaba boleros, música colombiana, y algunas cuantas canciones infantiles. Mi padre inventaba cuentos o contaba las pocas óperas a las que había asistido.
En casa había un libro muy hermoso de las Mil y una noches. Era viejo y deshojado pero tenía las más bellas y brillantes ilustraciones protegidas con "papel de mantequilla" de realces bellamente decorados, como las hojas de los herbarios. Mirarlas en su extraordinaria belleza fue mi manera de leer en mi infancia.
Los pocos libros que reposaban en mi casa estaban en la pieza de atrás, donde se guardaba la ropa de planchar, los sombreros con encajes, los guantes y los tacones de mi mamá. Estaban en el baño, desdeñados, olvidados, inmensamente solos. Sin lectores. Ignorados por casi todos, en cierto modo condenados al exterminio. Yo guardaba entre sus hojas amarillas de bordes oscuros, mis pequeños escritos como un secreto. Estaba segura que allí nadie los podría encontrar. Quizá esos libros los dejó olvidados el abuelo Marcos que era un gran lector según daba cuenta su biblioteca. Su casi profesión de abogado así lo debía haber exigido. Recuerdo también que había un libro prohibido; se llamaba Lo que el cielo no perdona de Ernesto León Herrera. La amenaza del infierno a cambio de leerlo funcionó por muchos años para mi, máxime cuando supe que había sido escrito por un cura rebelde.
En casa de la tía Ester también estaba la colección de Selecciones. Era un gusto leer esa letrica pequeña y las historias cortas pocas páginas antes de los chistes. La colección había que dejarla en paz antes de que llegara la tía. ¿Y los almanaques mundiales. o los Bristol? También esos los leía.
¿Los clásicos? Nada. Ni siquiera los había oído mencionar. La madre de Paloma venía de España y los conocía perfectamente pero la mía venía de Don Matías. Ella era una bachiller de letras verdes, lectora de algunos poemas que alguna vez le encontré.
Paloma sigue su historia dando un salto a la Biblioteca de la UdeA y yo de inmediato doy un brinco adolescente hacia la Biblioteca Pública Piloto. ¿Cómo fui a parar allá? Tal vez mis amigas de colegio me contaron de esos tesoros no escondidos. Esos libros fueron mis amigos por muchos años. Hasta fui empastadora de libros viejos por varios meses. Quería aprender ese oficio hermoso y podía estar más tiempo allá sin levantar sospechas de persona rara. Allí conocí a Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra y otros autores que me regalaron mundos. Más que leerlos, me gustaba oírlos, verlos... Por ese entonces Juan Luis Mejía era el director de la BPP. Ay, qué mono más hermoso, pensaba yo cada que lo veía. Sus entrevistas eran como olas que iban y venían. Qué delicia escucharlo a él también.
En ese momento ya estaba en la UdeA y también en la Escuela Popular de Arte -EPA- donde conocí al luchador/sabedor Chucho Mejía. Las peñas latinoamericanas entraron a mi alma para quedarse como formas de lectura y de disfrute estético.
Y así leí también la música, los poemas de la nueva trova cubana, sumados a Miguel Hernández, Benedetti, Barba Jacob, Robledo Ortíz, Paz... Canté a Serrat a todo pulmón de la misma manera que a Mercedes Sosa; encontré maestros como Elkin Restrepo, Oscar Castro, Marta Vélez...
Descubrí y coleccioné por mucho tiempo la Gaceta universitaria, la revista Alternativa y la Acuarimántima que me moldearon el alma junto con el folclor, Juan G. Rua, Nicolás Buenaventura y Totó la Momposina entre otros. Y la mezcla me hizo aún más rara.
Entonces Paloma me saca de esta lluvia de recuerdos y zas, menciona los gatos de la Universidad de Antioquia y cómo ella se "engatusó" con ellos. Lee su cuento, lentamente, transitando por los graciosos nombres de los gatos según su lugar de residencia, según la Facultad de nacimiento, y en esas, una mujer del público, hermosa de voz y hermosa toda ella, ronronea un poema para su gata Ceniza, "con ojos de cuchillo azul", recién muerta, ofreciéndonos su palabras como fervorosa oración para comulgar en secreto con el auditorio.
Una pausa.
Urge salir a conseguir el texto. Nos encontramos varios escuchas de su conferencia, en la librería. Compramos Oficios afines. Lo hojeamos.
Claro, era de esperarse. Es la vida cotidiana y la cotidianidad de la escritura de Paloma. Hacen presencia la casa, la ropa, el mango, los estudiantes, los viajes, la cocina, los autores, las cerámicas, las bibliotecas, los amigos, la casa, la escritura, los autores, la casa...
Quiero preguntarle, cuando la vuelva a ver, qué palabras hay escritas en su portada. Será por supuesto una terrible indiscreción, porque están sobrepuestas como en un sueño o como en un equívoco. Yo juego a encontrarlas. No son rayones al azar. Nada que ver con la etapa del garabateo. Algo coquetea con la escritura jeroglífica y con los borramientos. ¿Qué dicen? ¿Qué mensaje hay allí por descifrar?
martes, 19 de marzo de 2019
Apuntes para leer con ojos ajenos (1)
"La alegría de leer" de Carlos Vásquez
Hoy vuelvo a este blog a consignar algunas palabras que me resuenan desde las voces de los autores-lectores en el ciclo de encuentros: Lectores y lecturas que este semestre estoy vivenciando cada viernes en las mañanas en la UdeA
El primero de estos encuentros, de 15 que serán, fue con Carlos Vásquez quien en su conferencia inaurugal presentó a Elias Canetti: La alegría de leer.
Haré uso sólo de mis apuntes para esta nota y jugaré a juntar los pequeños momentos expositivos del profe, a tejer sus lecturas fragmentadas, a encontrar cadencias... La verdad, yo quería escucharlo, seguirlo a él, más a Canetti. Acercarme por un momento, de manera secreta a su alma de lector, a su hábito de la lectura.
Recuerdos
De entrada recordé la portada del libro que creo haber conocido en la infancia titulado con el mismo nombre de esta conferencia, en donde un grupo de niños van a la escuela con banderas e instrumentos musicales, el mismo que corrí a buscar en internet y con grata sorpresa lo encontré como parte del museo de la Universidad Pedagógica Nacional. Al fijarme en su portada comprendo porqué la diversidad cultural fue la gran ausente en las ilustraciones que acompañaron nuestras lecturas de infancia. Sería muy interesante hacer un estudio sobre este tema.
Recorro página a página el libro escolar La Alegría de leer publicado en 1930 por Evangelista Quintana, y no puedo evitar asombrarme por todo lo que esa cartilla trató de enseñar a los maestros por más de dos décadas como mínimo. Se infiere en ella que leer en el primer año de escuela, está en estrecha relación con la alegría de dibujar, recortar, pegar, escribir... Tal vez por eso el valor del subrayar en la lectura adulta. Me produce una gran ternura hojear el que puede llegar a ser uno de mis primeros contactos con la lectura y la escritura desde el dibujo y los caracteres de las palabras escritas.
Algunas personas me han dicho que tengo letra bonita; otras que tengo letra de monja. Hoy creo saber a ciencia cierta de donde viene en parte mi caligrafía.
Lecturas entre alegría y goce
Me pregunté al principio ¿por qué el profe Carlos le habrá puesto ese nombre a su conferencia? Por qué hacía referencia "al gozo de la lectura" como si alegría y goce significaran lo mismo para él. Y claro, fui entendiendo lentamente mientras él le contaba al auditorio su "fascinación y perturbación" con la obra de Canetti, su "enamoramiento incurable", su "hechizo", sus "encuentros milagrosos" con algunos libros que lograron cambiarle la vida.
Él se refiere a la "alegría de haber haber terminado de leer por segunda vez" la obra de Canetti, que a su vez, es "pura tristeza". Tristeza de no poder "volver a leerlo por primera vez", de perder el inolvidable primer encuentro con su ritmo, sus silencios, su voz, sus escuchas de otros, con la conmoción agitada de los primeros encuentros con un autor que nos salva... Es por eso que un libro se nos vuelve "entrañable" como dice el profe. La alegría de leer es así, "la resurrección de los muertos" tanto del escritor que ya se ha ido y que resucita en las lecturas ajenas, como de nosotros mismos en camino hacia la muerte.
Señala que "Todo acto de lectura es anónimo y gozoso..." y "...hasta los reencuentros desafortunados con la lectura son afortunados." Algo de la noción de goce Lacaniano empuja por hacer presencia.
Dice al inicio que "la preparación de la conferencia hace parte de la conferencia misma" y nos narra sus "reencuentros inesperados" y sus "reencuentros afortunados". Sin mirarnos y con esa voz fuerte pero pausada que lo caracteriza, nos aconseja en secreto, diciéndonos que como lectores debemos "saber escoger, aplazar, integrar, dejar resonar..."
Lectura y cuerpo
Y entonces aparece en su exposición la lectura como cuerpo. ¿Qué nos permite inferir esté subtítulo desde su conferencia?
El profe afirma que "un libro es respiración". Por respiración entiendo aquí latido, emoción, casi desespero; entiendo un correr cálido y fuerte de la sangre del lector avivada por las palabras inesperadas del escritor, que se reescribe a sí mismo palabra por palabra, sentido por sentido.
Por eso él dice: "Leer es acompasar el corazón..." Pero ¿se acompasa con qué o con quién? ¿Será quizás un compás de alientos? Tal vez más eso que el corazón.
Es el cuerpo todo el que presencia la lectura. "La lectura fatiga porque todo el cuerpo se compromete": "la unidad en el alma y en el cuerpo se logra en el acto de leer"; También leer es "escuchar lo inaudible. Es oir lo que no suena". Pero además la lectura es un acto del silencio: "sin silencio no se puede leer". "La lectura lo vuelve a uno parco en el decir" porque "las palabras callan".
Lectura y tiempo
Y entonces el profe hace una hermosa alusión al tiempo. Afirma que los "libros verdaderos nunca se escriben, nunca se terminan".
En la lectura "el tiempo se detiene" o tal vez está en todas sus formas. Es pasado, presente y futuro a la vez. La lectura se parece al juego que hilvana los tiempos. ¿Será eso detenderse?
Para leer ciertamente hay que detenerse, serenarse. Algo de la prisa se pierde o por lo menos se suspende. Sólo cuando el lector está sereno puede entrar al "no saber" embriagante al que nos convoca la lectura. "La lectura densifica las horas, pulveriza la continuidad del tiempo; a veces se estanca, se pierde".
Canetti y Kafka fueron convocados a resucitar en esta conferencia inaugural. También el profe por supuesto, con sus escritura y su lectura. Y como si quisiera que nadie se diera cuenta, el profe cierra con un pregunta: ¿Qué tenemos qué hacer para merecer la alegría?
Hoy vuelvo a este blog a consignar algunas palabras que me resuenan desde las voces de los autores-lectores en el ciclo de encuentros: Lectores y lecturas que este semestre estoy vivenciando cada viernes en las mañanas en la UdeA
El primero de estos encuentros, de 15 que serán, fue con Carlos Vásquez quien en su conferencia inaurugal presentó a Elias Canetti: La alegría de leer.
Haré uso sólo de mis apuntes para esta nota y jugaré a juntar los pequeños momentos expositivos del profe, a tejer sus lecturas fragmentadas, a encontrar cadencias... La verdad, yo quería escucharlo, seguirlo a él, más a Canetti. Acercarme por un momento, de manera secreta a su alma de lector, a su hábito de la lectura.
Recuerdos
De entrada recordé la portada del libro que creo haber conocido en la infancia titulado con el mismo nombre de esta conferencia, en donde un grupo de niños van a la escuela con banderas e instrumentos musicales, el mismo que corrí a buscar en internet y con grata sorpresa lo encontré como parte del museo de la Universidad Pedagógica Nacional. Al fijarme en su portada comprendo porqué la diversidad cultural fue la gran ausente en las ilustraciones que acompañaron nuestras lecturas de infancia. Sería muy interesante hacer un estudio sobre este tema.
Recorro página a página el libro escolar La Alegría de leer publicado en 1930 por Evangelista Quintana, y no puedo evitar asombrarme por todo lo que esa cartilla trató de enseñar a los maestros por más de dos décadas como mínimo. Se infiere en ella que leer en el primer año de escuela, está en estrecha relación con la alegría de dibujar, recortar, pegar, escribir... Tal vez por eso el valor del subrayar en la lectura adulta. Me produce una gran ternura hojear el que puede llegar a ser uno de mis primeros contactos con la lectura y la escritura desde el dibujo y los caracteres de las palabras escritas.
Algunas personas me han dicho que tengo letra bonita; otras que tengo letra de monja. Hoy creo saber a ciencia cierta de donde viene en parte mi caligrafía.
Lecturas entre alegría y goce
Me pregunté al principio ¿por qué el profe Carlos le habrá puesto ese nombre a su conferencia? Por qué hacía referencia "al gozo de la lectura" como si alegría y goce significaran lo mismo para él. Y claro, fui entendiendo lentamente mientras él le contaba al auditorio su "fascinación y perturbación" con la obra de Canetti, su "enamoramiento incurable", su "hechizo", sus "encuentros milagrosos" con algunos libros que lograron cambiarle la vida.
Él se refiere a la "alegría de haber haber terminado de leer por segunda vez" la obra de Canetti, que a su vez, es "pura tristeza". Tristeza de no poder "volver a leerlo por primera vez", de perder el inolvidable primer encuentro con su ritmo, sus silencios, su voz, sus escuchas de otros, con la conmoción agitada de los primeros encuentros con un autor que nos salva... Es por eso que un libro se nos vuelve "entrañable" como dice el profe. La alegría de leer es así, "la resurrección de los muertos" tanto del escritor que ya se ha ido y que resucita en las lecturas ajenas, como de nosotros mismos en camino hacia la muerte.
Señala que "Todo acto de lectura es anónimo y gozoso..." y "...hasta los reencuentros desafortunados con la lectura son afortunados." Algo de la noción de goce Lacaniano empuja por hacer presencia.
Dice al inicio que "la preparación de la conferencia hace parte de la conferencia misma" y nos narra sus "reencuentros inesperados" y sus "reencuentros afortunados". Sin mirarnos y con esa voz fuerte pero pausada que lo caracteriza, nos aconseja en secreto, diciéndonos que como lectores debemos "saber escoger, aplazar, integrar, dejar resonar..."
Lectura y cuerpo
Y entonces aparece en su exposición la lectura como cuerpo. ¿Qué nos permite inferir esté subtítulo desde su conferencia?
El profe afirma que "un libro es respiración". Por respiración entiendo aquí latido, emoción, casi desespero; entiendo un correr cálido y fuerte de la sangre del lector avivada por las palabras inesperadas del escritor, que se reescribe a sí mismo palabra por palabra, sentido por sentido.
Por eso él dice: "Leer es acompasar el corazón..." Pero ¿se acompasa con qué o con quién? ¿Será quizás un compás de alientos? Tal vez más eso que el corazón.
Es el cuerpo todo el que presencia la lectura. "La lectura fatiga porque todo el cuerpo se compromete": "la unidad en el alma y en el cuerpo se logra en el acto de leer"; También leer es "escuchar lo inaudible. Es oir lo que no suena". Pero además la lectura es un acto del silencio: "sin silencio no se puede leer". "La lectura lo vuelve a uno parco en el decir" porque "las palabras callan".
Lectura y tiempo
Y entonces el profe hace una hermosa alusión al tiempo. Afirma que los "libros verdaderos nunca se escriben, nunca se terminan".
En la lectura "el tiempo se detiene" o tal vez está en todas sus formas. Es pasado, presente y futuro a la vez. La lectura se parece al juego que hilvana los tiempos. ¿Será eso detenderse?
Para leer ciertamente hay que detenerse, serenarse. Algo de la prisa se pierde o por lo menos se suspende. Sólo cuando el lector está sereno puede entrar al "no saber" embriagante al que nos convoca la lectura. "La lectura densifica las horas, pulveriza la continuidad del tiempo; a veces se estanca, se pierde".
Canetti y Kafka fueron convocados a resucitar en esta conferencia inaugural. También el profe por supuesto, con sus escritura y su lectura. Y como si quisiera que nadie se diera cuenta, el profe cierra con un pregunta: ¿Qué tenemos qué hacer para merecer la alegría?
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