Di-versiones en mis aprendizajes

jueves, 21 de marzo de 2019

Apuntes para leer con ojos ajenos (2)

La conferencia a la que aludo hoy desde mis apuntes, es la de Paloma Pérez quien presentó su texto Oficios afines como pre-texto para conversar con el auditorio. Ella inicia contando cómo fue su tránsito de lectora a escritora. La sensación que Paloma me deja es que sencillamente y sin saberlo, ella, vino a contar-me, no por ser escritora, que no lo soy, sino porque activa en mi viejos recuerdos que yo no sabía ya por dónde estaban.

Inicia con la pregunta. "¿Cuándo empecé a leer? " Se responde "cuando me empezaron a leer". Y comienza una danza de recuerdos de ella sobre el olor de los clásicos antiguos, las ventajas de estar enferma para "leer todo lo que me cayera en las manos" y sus encuentros con la colección de "Selecciones", "Corín Tellado" y Agatha Christie.

Me embelesaba su figura actual, calculadamente desordenada y con un mechón de pelo que invitaba a anidar en él. Intentaba traer a mi memoria la muchachita que conocí estudiando psicología en la universidad. No nos habíamos vuelto a ver desde la época del grado (que en muchas ocasiones termina siendo un acto expulsor). Supe, por su CvLAC (que lo busqué), que ella se graduó después que yo. Y mientras ella hablaba de sí, yo volvía la mirada hacia mi. Era irremediable. Sus preguntas me preguntaban.

Y  recordé de inmediato que a mi, mis padres jamás me leyeron, pero me cantaron y me contaron. Mi madre cantaba boleros, música colombiana, y algunas cuantas canciones infantiles. Mi padre inventaba cuentos o contaba las pocas óperas a las que había asistido.

En casa había un libro muy hermoso de las Mil y una noches. Era viejo y deshojado pero tenía las más bellas y brillantes ilustraciones protegidas con "papel de mantequilla" de realces bellamente decorados, como las hojas de los herbarios. Mirarlas en su extraordinaria belleza fue mi manera de leer en mi infancia.

Los pocos libros que reposaban en mi casa estaban en la pieza de atrás, donde se guardaba la ropa de planchar, los sombreros con encajes, los guantes y los tacones de mi mamá. Estaban en el baño, desdeñados, olvidados, inmensamente solos. Sin lectores. Ignorados por casi todos, en cierto modo condenados al exterminio. Yo guardaba entre sus hojas amarillas de bordes oscuros, mis pequeños escritos como un secreto. Estaba segura que allí nadie los podría encontrar. Quizá esos libros los dejó olvidados el abuelo Marcos que era un gran lector según daba cuenta su biblioteca. Su casi profesión de abogado así lo debía haber exigido. Recuerdo también que había un libro prohibido; se llamaba Lo que el cielo no perdona de Ernesto León Herrera. La amenaza del infierno a cambio de leerlo funcionó por muchos años para mi, máxime cuando supe que había sido escrito por un cura rebelde.

En casa de la tía Ester también estaba la colección de Selecciones. Era un gusto leer esa letrica pequeña y las historias cortas pocas páginas antes de los chistes. La colección había que dejarla en paz antes de que llegara la tía. ¿Y los almanaques mundiales. o los Bristol? También esos los leía.

¿Los clásicos? Nada. Ni siquiera los había oído mencionar. La madre de Paloma venía de España y los conocía perfectamente pero la mía venía de Don Matías. Ella era una bachiller de letras verdes, lectora de algunos poemas que alguna vez le encontré.

Paloma sigue su historia dando un salto a la Biblioteca de la UdeA y yo de inmediato doy un brinco adolescente hacia la Biblioteca Pública Piloto. ¿Cómo fui a parar allá? Tal vez mis amigas de colegio me contaron de esos tesoros no escondidos. Esos libros fueron mis amigos por muchos años. Hasta fui empastadora de libros viejos por varios meses. Quería aprender ese oficio hermoso y podía estar más tiempo allá sin levantar sospechas de persona rara. Allí conocí a Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra y otros autores que me regalaron mundos. Más que leerlos, me gustaba oírlos, verlos... Por ese entonces Juan Luis Mejía era el director de la BPP. Ay, qué mono más hermoso, pensaba yo cada que lo veía. Sus entrevistas eran como olas que iban y venían. Qué delicia escucharlo a él también.

En ese momento ya estaba en la UdeA y también en la Escuela Popular de Arte -EPA- donde conocí al luchador/sabedor Chucho Mejía. Las peñas latinoamericanas entraron a mi alma para quedarse como formas de lectura y de disfrute estético.

Y así leí también la música, los poemas de la nueva trova cubana, sumados a Miguel Hernández, Benedetti, Barba Jacob, Robledo Ortíz, Paz... Canté a Serrat a todo pulmón de la misma manera que a Mercedes Sosa; encontré maestros como Elkin Restrepo, Oscar Castro, Marta Vélez...

Descubrí y coleccioné por mucho tiempo la Gaceta universitaria, la revista Alternativa y la Acuarimántima que me moldearon el alma junto con el folclor, Juan G. Rua, Nicolás Buenaventura y Totó la Momposina entre otros. Y la mezcla me hizo aún más rara.

Entonces Paloma me saca de esta lluvia de recuerdos y zas, menciona los gatos de la Universidad de Antioquia y cómo ella se "engatusó" con ellos. Lee su cuento, lentamente, transitando por los  graciosos nombres de los gatos según su lugar de residencia, según la Facultad de nacimiento, y en esas, una mujer del público, hermosa de voz y hermosa toda ella, ronronea un poema para su gata Ceniza, "con ojos de cuchillo azul", recién muerta, ofreciéndonos su palabras como fervorosa oración para comulgar en secreto con el auditorio.

Una pausa.

Urge salir a conseguir el texto. Nos encontramos varios escuchas de su conferencia, en la librería. Compramos Oficios afines. Lo hojeamos.

Claro, era de esperarse. Es la vida cotidiana y la cotidianidad de la escritura de Paloma. Hacen presencia la casa, la ropa, el mango, los estudiantes, los viajes, la cocina, los autores, las cerámicas, las bibliotecas, los amigos, la casa, la escritura, los autores, la casa...

Quiero preguntarle, cuando la vuelva a ver, qué palabras hay escritas en su portada. Será por supuesto una terrible indiscreción, porque están sobrepuestas como en un sueño o como en un equívoco. Yo juego a encontrarlas. No son rayones al azar. Nada que ver con la etapa del garabateo. Algo coquetea con la escritura jeroglífica y con los borramientos. ¿Qué dicen? ¿Qué mensaje hay allí por descifrar?

1 comentario:

  1. Reviví gran parte de is recuerdos contigo tía... Y me pusiste a pensar... Mi vida siempre ha estado rodeada de cuentos, historias y muchos libros. Que herencia tan hermosa me siguen dejando y yo por ahí derecho a mis hijos

    ResponderEliminar