Di-versiones en mis aprendizajes

jueves, 28 de marzo de 2019

Apuntes para leer con ojos ajenos (3)

La tercera conferencia del ciclo de Lectores y lecturas estuvo a cargo de la poeta y ensayista María Clemencia Sánchez. Se titulaba: Helena Araújo. La esposa fugada. Signos de una escritura.
Dos asuntos me resultaron impactantes del encuentro con Clemencia.
Primero, el formato "visual" de la conferencia, donde la mujer de la que se habla hace presencia en primer plano delante de la expositora. Bella imagen de ambas.
Y segundo, la concepción expuesta sobre el exilio como "devenir afuera" que es de lo que se ocupa la tesis doctoral de Clemencia.
La conferencia inicia presentando la manera como Clemencia se aproxima a la obra de Araújo. Da cuenta del interés de ambas en la literatura femenina y en particular en el tema de "la condición femenina". Emergen obras como la Scherezada criolla, La M de las moscas, Fiesta en Teusaquillo (Helena Araújo); El segundo sexo (Simone de Beauvoir), Un cuarto propio (V. Woolf), Ifigenia (Teresa de la Parra) y autoras como Elisa Mujica y Soledad Acosta de Samper.
Clemencia parece posar su mirada en los personajes de las obras literarias de mujeres, cuando éstos le resultan autorreferenciales, en cierto modo confesionales, autobiográficos, que para el caso de Araújo, la lleva por el camino de la pregunta por el exilio.
Y entonces plantea el exilio como simultaneidad, como extrañeza y a la vez, como forma de conciencia entre un antes y un después. Como un cambio territorial y discursivo. Un "devenir afuera". Bien hasta ahí. Yo creo lo mismo.
Claro, cuando uno sale del país a vivir por un buen tiempo, se produce una especie de toma de conciencia entre el lugar dejado y la emergencia imperativa de la pregunta por la identidad, por las raíces, por su "ser" en relación a otros que son "sus semejantes"; otros que por primera vez quizás, aparecen en la conciencia de uno como "compatriotas", una expresión que se configura y desconfigura incluso con otros "compatriotas" que están igualmente fuera del país, porque en ellos se mueven intereses y miedos, ya que también ellos están re-configurándo-se en relación a otros. Esto es una pre-ocupación inicial que prontamente se abandona o por lo menos se aplaza. Otros asuntos se anudan a la conciencia de sí.
¿Pero... ¿es eso exilio? Yo jamás me pensé así. Por supuesto en mi caso no me empujaba un malestar, una "imposibilidad de seguir siendo" en mi país. Me empujaba un sueño, un ideal de estudiar, de conocer, de aprender. Indudablemente se llega al afuera, al "extranjero" en calidad de externo, inmigrante, extraño. Qué tan amenazante o amistoso resulte ser para los demás, es algo que uno debe aprender a sortear en la cotidianidad. Para eso no hay experiencia previa. Pasa en la relación con el otro, en tiempos y espacios determinados.
En medio de la exposición de Clemencia y los argumentos anecdóticos de la salida de Helena hacia otro país, surge en mi la pregunta ¿qué de su salida se convierte en exilio? Será, como expone Clemencia, porque fue enjuiciada por la iglesia como "indecente", porque se sentía extraña en su propia tierra, porque pidió la separación de su esposo y fue internada en un "sanatorio" o porque sus próximas (las mujeres de su alta sociedad) no entendían de qué hablaba...
Bello el nombre de "La esposa fugada". Pero... ¿"fugada" ha de traducirse como "exiliada"?
Hago libremente una asociación con la pintora Débora Arango y entonces me pregunto si también ella estaba "exiliada" en su propia tierra, en parte enjuiciada por otra mujer "fugada" como era el caso de Marta Traba que en su momento le negó un lugar en la crítica del arte nacional.
Quizá mi desconcierto esté en que yo había reservado para este término algo mucho más contundente, más desgarrador, más trágico si se quiere. Siempre lo había asociado al "desarraigo", al "destierro" voluntario o exigido por múltiples tipos de situaciones, pero en las que la vida misma se encuentra en riesgo. Tal vez porque el exilio político es una idea bastante fuerte en la memoria de los colombianos. Tal vez porque la he escuchado muy ceca del exterminio, de la guerra, de los despatriados.
De todos modos, y más allá de mi desconcierto, me queda el deseo de leer a esta Helena que Clemencia nos ha presentado

jueves, 21 de marzo de 2019

Apuntes para leer con ojos ajenos (2)

La conferencia a la que aludo hoy desde mis apuntes, es la de Paloma Pérez quien presentó su texto Oficios afines como pre-texto para conversar con el auditorio. Ella inicia contando cómo fue su tránsito de lectora a escritora. La sensación que Paloma me deja es que sencillamente y sin saberlo, ella, vino a contar-me, no por ser escritora, que no lo soy, sino porque activa en mi viejos recuerdos que yo no sabía ya por dónde estaban.

Inicia con la pregunta. "¿Cuándo empecé a leer? " Se responde "cuando me empezaron a leer". Y comienza una danza de recuerdos de ella sobre el olor de los clásicos antiguos, las ventajas de estar enferma para "leer todo lo que me cayera en las manos" y sus encuentros con la colección de "Selecciones", "Corín Tellado" y Agatha Christie.

Me embelesaba su figura actual, calculadamente desordenada y con un mechón de pelo que invitaba a anidar en él. Intentaba traer a mi memoria la muchachita que conocí estudiando psicología en la universidad. No nos habíamos vuelto a ver desde la época del grado (que en muchas ocasiones termina siendo un acto expulsor). Supe, por su CvLAC (que lo busqué), que ella se graduó después que yo. Y mientras ella hablaba de sí, yo volvía la mirada hacia mi. Era irremediable. Sus preguntas me preguntaban.

Y  recordé de inmediato que a mi, mis padres jamás me leyeron, pero me cantaron y me contaron. Mi madre cantaba boleros, música colombiana, y algunas cuantas canciones infantiles. Mi padre inventaba cuentos o contaba las pocas óperas a las que había asistido.

En casa había un libro muy hermoso de las Mil y una noches. Era viejo y deshojado pero tenía las más bellas y brillantes ilustraciones protegidas con "papel de mantequilla" de realces bellamente decorados, como las hojas de los herbarios. Mirarlas en su extraordinaria belleza fue mi manera de leer en mi infancia.

Los pocos libros que reposaban en mi casa estaban en la pieza de atrás, donde se guardaba la ropa de planchar, los sombreros con encajes, los guantes y los tacones de mi mamá. Estaban en el baño, desdeñados, olvidados, inmensamente solos. Sin lectores. Ignorados por casi todos, en cierto modo condenados al exterminio. Yo guardaba entre sus hojas amarillas de bordes oscuros, mis pequeños escritos como un secreto. Estaba segura que allí nadie los podría encontrar. Quizá esos libros los dejó olvidados el abuelo Marcos que era un gran lector según daba cuenta su biblioteca. Su casi profesión de abogado así lo debía haber exigido. Recuerdo también que había un libro prohibido; se llamaba Lo que el cielo no perdona de Ernesto León Herrera. La amenaza del infierno a cambio de leerlo funcionó por muchos años para mi, máxime cuando supe que había sido escrito por un cura rebelde.

En casa de la tía Ester también estaba la colección de Selecciones. Era un gusto leer esa letrica pequeña y las historias cortas pocas páginas antes de los chistes. La colección había que dejarla en paz antes de que llegara la tía. ¿Y los almanaques mundiales. o los Bristol? También esos los leía.

¿Los clásicos? Nada. Ni siquiera los había oído mencionar. La madre de Paloma venía de España y los conocía perfectamente pero la mía venía de Don Matías. Ella era una bachiller de letras verdes, lectora de algunos poemas que alguna vez le encontré.

Paloma sigue su historia dando un salto a la Biblioteca de la UdeA y yo de inmediato doy un brinco adolescente hacia la Biblioteca Pública Piloto. ¿Cómo fui a parar allá? Tal vez mis amigas de colegio me contaron de esos tesoros no escondidos. Esos libros fueron mis amigos por muchos años. Hasta fui empastadora de libros viejos por varios meses. Quería aprender ese oficio hermoso y podía estar más tiempo allá sin levantar sospechas de persona rara. Allí conocí a Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra y otros autores que me regalaron mundos. Más que leerlos, me gustaba oírlos, verlos... Por ese entonces Juan Luis Mejía era el director de la BPP. Ay, qué mono más hermoso, pensaba yo cada que lo veía. Sus entrevistas eran como olas que iban y venían. Qué delicia escucharlo a él también.

En ese momento ya estaba en la UdeA y también en la Escuela Popular de Arte -EPA- donde conocí al luchador/sabedor Chucho Mejía. Las peñas latinoamericanas entraron a mi alma para quedarse como formas de lectura y de disfrute estético.

Y así leí también la música, los poemas de la nueva trova cubana, sumados a Miguel Hernández, Benedetti, Barba Jacob, Robledo Ortíz, Paz... Canté a Serrat a todo pulmón de la misma manera que a Mercedes Sosa; encontré maestros como Elkin Restrepo, Oscar Castro, Marta Vélez...

Descubrí y coleccioné por mucho tiempo la Gaceta universitaria, la revista Alternativa y la Acuarimántima que me moldearon el alma junto con el folclor, Juan G. Rua, Nicolás Buenaventura y Totó la Momposina entre otros. Y la mezcla me hizo aún más rara.

Entonces Paloma me saca de esta lluvia de recuerdos y zas, menciona los gatos de la Universidad de Antioquia y cómo ella se "engatusó" con ellos. Lee su cuento, lentamente, transitando por los  graciosos nombres de los gatos según su lugar de residencia, según la Facultad de nacimiento, y en esas, una mujer del público, hermosa de voz y hermosa toda ella, ronronea un poema para su gata Ceniza, "con ojos de cuchillo azul", recién muerta, ofreciéndonos su palabras como fervorosa oración para comulgar en secreto con el auditorio.

Una pausa.

Urge salir a conseguir el texto. Nos encontramos varios escuchas de su conferencia, en la librería. Compramos Oficios afines. Lo hojeamos.

Claro, era de esperarse. Es la vida cotidiana y la cotidianidad de la escritura de Paloma. Hacen presencia la casa, la ropa, el mango, los estudiantes, los viajes, la cocina, los autores, las cerámicas, las bibliotecas, los amigos, la casa, la escritura, los autores, la casa...

Quiero preguntarle, cuando la vuelva a ver, qué palabras hay escritas en su portada. Será por supuesto una terrible indiscreción, porque están sobrepuestas como en un sueño o como en un equívoco. Yo juego a encontrarlas. No son rayones al azar. Nada que ver con la etapa del garabateo. Algo coquetea con la escritura jeroglífica y con los borramientos. ¿Qué dicen? ¿Qué mensaje hay allí por descifrar?

martes, 19 de marzo de 2019

Apuntes para leer con ojos ajenos (1)

"La alegría de leer" de Carlos Vásquez

Hoy vuelvo a este blog  a consignar algunas palabras que me resuenan desde las voces de los autores-lectores en el ciclo de encuentros: Lectores y lecturas que este semestre estoy vivenciando cada viernes en las mañanas en la UdeA

El  primero de estos encuentros, de 15 que serán,  fue con Carlos Vásquez  quien en su conferencia inaurugal presentó a Elias Canetti: La alegría de leer.

Haré uso  sólo de mis apuntes para esta nota y jugaré a juntar los pequeños momentos expositivos del profe, a tejer sus lecturas fragmentadas, a encontrar cadencias... La verdad, yo quería escucharlo, seguirlo a él, más a Canetti. Acercarme por un momento, de manera secreta a su alma de lector, a su hábito de la lectura.

Recuerdos

De entrada recordé la portada del libro que creo haber conocido en la infancia titulado con el mismo nombre de esta conferencia, en donde un grupo de niños van a la escuela con banderas e instrumentos musicales, el mismo que corrí a buscar en internet y con grata sorpresa lo encontré como parte del museo de la Universidad Pedagógica Nacional. Al fijarme en su portada comprendo porqué la diversidad cultural fue la gran ausente en las ilustraciones que acompañaron nuestras lecturas de infancia. Sería muy interesante hacer un estudio sobre este tema.

Recorro página a página el libro escolar La Alegría de leer  publicado en 1930 por Evangelista Quintana, y no puedo evitar asombrarme por todo lo que esa cartilla trató de enseñar a los maestros por más de dos décadas como mínimo. Se infiere en ella que leer en el primer año de escuela, está en estrecha relación con la alegría de dibujar, recortar, pegar, escribir... Tal vez por eso el valor del subrayar en la lectura adulta.  Me produce una gran ternura hojear el que puede llegar a ser uno de mis primeros contactos con la lectura y la escritura desde el dibujo y los caracteres de las palabras escritas.

Algunas personas me han dicho que tengo letra bonita; otras que tengo letra de monja. Hoy creo saber a ciencia cierta de donde viene en parte mi caligrafía.

Lecturas entre alegría y goce

Me pregunté al principio ¿por qué el profe Carlos le habrá puesto ese nombre a su conferencia? Por qué hacía referencia "al gozo de la lectura" como si alegría y goce significaran lo mismo para él. Y claro, fui entendiendo lentamente mientras él le contaba al auditorio su "fascinación y perturbación" con la obra de Canetti, su "enamoramiento incurable",  su "hechizo", sus "encuentros milagrosos" con algunos libros que lograron cambiarle la vida.

Él se refiere a la "alegría de haber  haber terminado de leer por segunda vez" la obra de Canetti, que a su vez, es "pura tristeza".  Tristeza de no poder "volver a leerlo por primera vez", de perder el inolvidable primer encuentro con su ritmo, sus silencios, su voz, sus escuchas de otros,  con la conmoción agitada de los primeros encuentros con un autor que nos salva... Es por eso que un libro se nos vuelve "entrañable" como dice el profe. La alegría de leer es así, "la resurrección de los muertos" tanto del escritor que ya se ha ido y que resucita en las lecturas ajenas, como de nosotros mismos en camino hacia la muerte.

Señala que "Todo acto de lectura es anónimo y gozoso..." y "...hasta los reencuentros desafortunados con la lectura son afortunados." Algo de la noción de goce Lacaniano empuja por hacer presencia.

Dice al inicio que "la preparación de la conferencia hace parte de la conferencia misma" y nos narra sus "reencuentros inesperados" y sus "reencuentros afortunados". Sin mirarnos y con esa voz fuerte pero pausada que lo caracteriza, nos aconseja en secreto, diciéndonos que como lectores debemos "saber escoger, aplazar, integrar, dejar resonar..."

Lectura y cuerpo

Y entonces aparece en su exposición la lectura como cuerpo. ¿Qué nos permite inferir esté subtítulo desde su conferencia?

El profe afirma que "un libro es respiración". Por respiración entiendo aquí latido, emoción, casi desespero; entiendo un correr cálido y fuerte de la sangre del lector avivada por las palabras inesperadas del escritor, que se reescribe a sí mismo palabra por palabra, sentido por sentido. 

Por eso él dice: "Leer es acompasar el corazón..." Pero ¿se acompasa con qué o con quién? ¿Será quizás un compás de alientos? Tal vez más eso que el corazón.

Es el cuerpo todo el que presencia la lectura. "La lectura fatiga porque todo el cuerpo se compromete": "la unidad en el alma y en el cuerpo se logra en el acto de leer";  También leer es "escuchar lo inaudible. Es oir lo que no suena". Pero además la lectura es un acto del silencio: "sin silencio no se puede leer". "La lectura lo vuelve a uno parco en el decir" porque "las palabras callan".


Lectura y tiempo

Y entonces el profe hace una hermosa alusión al tiempo. Afirma que los "libros verdaderos nunca se escriben, nunca se terminan".

En la lectura "el tiempo se detiene" o tal vez está en todas sus formas. Es pasado, presente y futuro a la vez. La lectura se parece al juego que hilvana los tiempos. ¿Será eso detenderse?

Para leer ciertamente hay que detenerse, serenarse. Algo de la prisa se pierde o por lo menos se suspende. Sólo cuando el lector está sereno puede entrar al "no saber" embriagante al que nos convoca la lectura. "La lectura densifica las horas, pulveriza la continuidad del tiempo; a veces se estanca, se pierde".

Canetti y Kafka fueron convocados a resucitar en esta conferencia inaugural. También el profe por supuesto, con sus escritura y su lectura. Y como si quisiera que nadie se diera cuenta, el profe cierra con un pregunta: ¿Qué tenemos qué hacer para merecer la alegría?