Ayer fue un día grandioso para mi historia universitaria.
He pasado más de la mitad de mi vida siendo UdeA. Al principio la soñé y la vi desde el lugar del ideal siendo apenas una adolescente. Acaricié la idea de "pasar" a la UdeA. Me presenté una vez y otra vez hasta que por fin "pasé". Mientras eso, conseguí los cuadernillos de ofertas de cursos "optativos" y comencé a recorrer cuatro caminos: filosofía, literatura, antropología y psicología. Eran cursos generales para toda la universidad y se convirtieron en mis grandes mundos por explorar. Jamás me presenté a otra carrera pues no creía en "segunda opción". Sólo quería psicología y en la UdeA. Nunca me presenté a otra universidad. Ya no recuerdo dónde nació esa obstinación que marcó el resto de mi existencia. Supongo que fue en el patio de recreo con mis amigas de colegio.
Siempre pensé que tuve los mejores maestros. Incluso cuando eran malos, que los había, les pedía la bibliografía del curso y yo me encargaba del resto.
Asistir a los cursos de filosofía fue toda una fascinación. Descubrí con Gustavo Valencia a Piaget y con éste la estructuración de las nociones de objeto, espacio, causalidad y tiempo. Ahhh... mi primer acercamiento a la pregunta por el tiempo. Luego descubrí a Kuhn y la noción de paradigmas con el profe Fabio y a Nietzsche con el enigmático e irónico Jorge Mario Mejía. Me divertía mucho en sus clases por sus obstinados silencios que desestabilizaban a casi todo el grupo. Podía quedarse callado 15 o 20 minutos mirando su texto y con una mueca burlona reflejada en su cara para quienes no soportaban esos periodos de clase "sin palabras". Y así fui entrando lentamente en grandes preguntas. ¡Qué delicia y qué locura!
Mientras eso conocí a Elkin Restrepo. Sus clases eran tan fascinantes como un juego. Recuerdo que llegaba con una fotografía de su poeta preferida y luego de mostrárnosla y hablar de su belleza física por un buen rato, nos contaba sus poemas con emoción profunda y zas... la clase terminaba. Justo allí donde uno quería que siguiera, que jamás terminara esa dulce danza de palabras. Por el mismo tiempo otra oferta de locura, descubriendo la literatura prehispánica con Oscar Castro. ¡Qué maravilla ese Popol Vuh, libro sagrado de los Mayas! Otra puerta abierta para mi lectura del tiempo. ¿Cómo no amar una universidad así? ¿Cómo no quedarme días y noches transitando entre las aulas con sillas de madera y espaldar alto, incursionar en la biblioteca, el museo, o con-versar en las cafeterías de tronquitos, kokorico y guayaquilito? Claro que a esta última no iba mucho porque allí se reunían los "revoltosos".
Entró a mi mundo la pregunta por la cultura de la mano de B. Malinowski, de Gerardo y Alicia Reichel Dolmatoff, o posteriormente de Lévi-Strauss. En simultánea apareció el camino del folclor y la cultura popular, tradicional, con el horizonte abierto de la Escuela Popular de Arte (EPA), tras un paro universitario de casi año y medio conocido en los corredores como el paro de "sor-prendida".
Mientras eso pasaba, el mundo de la psicología añorada había cambiado de tajo. Allí no iba a ver la psicología que me enseñó la profesora Lucelly en bachillerato, sino que me encontré con el psicoanálisis. Supe que en adelante yo tendría la mayor aventura de mi vida. Mis preguntas eran como el océano, a veces calmadas, a veces borrascosas y violentas. Algunas de ellas me han tomado toda una vida.
Y así pasé mi historia universitaria de pregrado disfrutando cada día, cada concierto, cada revista Acuarimántima, cada Gaceta universitaria. Los árboles de caucho al lado del museo fueron testigos de mi placer por estudiar.
En adelante mi carrera profesional sólo fue y sigue siendo una bella profundización de estos cuatro caminos entrelazados. Por eso estudié maestría en filosofía en la línea de estética y filosofía del arte y me pregunté por el Aún en la experiencia del arte. Por eso me hice profesora activando y tejiendo las preguntar de esas cuatro áreas. Aprendí a orientarme por preguntas, más que por respuestas y entonces pude Ser UdeA de muchas formas y lo sigo siendo, aún hoy.
La UdeA ha sido mi casa, mi habitar, mi vida, mi aprendizaje. La he amado y también me he ido, odiándola como sólo se odia lo amado. Me he desesperanzado con ella. He prometido no volver en tres ocasiones, desolada y hasta devastada por algunos personajes que sólo recitan autores y que hacen de la educación un negocio, no un compromiso, no un derecho, no una forma de existir. Me he ido para mi hogar con la certeza de no volver, pero la casa siempre es la casa y aquí sigo cuarenta años después de haber entrado a sus corredores por primera vez con el corazón en la mano, llena de futuro, plena de emoción. Basta que suene el himno para que yo cante entusiasta a mi universidad.
Y sí... la última vez que volví, retorné con miedo. Fue hace tres años. Después de tanto habitar y des-habitar la universidad me encontré la pegunta por la permanencia estudiantil. Me parecía muy extraño ese nombre. Aún más extraño el de retención o deserción. Y además... feos... los tres. Claro. Empecé a estudiar y otra vez nacieron nuevas preguntas; volví a entusiasmarme pero siempre con las alas listas por si había que volver a volar fuera de mi casa-universidad. Sabía que muchas de las respuestas a este asunto las había encontrado en la Facultad de Educación desde el núcleo psicopedagógico al que pertenecí por varios años o desde mi carrera profesional.
Pero aquí estoy, soñando de nuevo. Dejando que nazcan nuevos retos. Ayer, vivimos los Foros Regionales: Voces por la permanencia. ¡Qué belleza de experiencia, en el pleno sentido de lo que significa una experiencia!
Dos meses y medio pasaron desde que comenzamos Alejo y yo a pensar en el tema para ofrecerlo a las sedes y seccionales. No sabíamos si ir allá o invitarlos a que vinieran, así como hicimos el año anterior en el I Encuentro regional de permanencia en Oriente, hoy transformado en Foros...
De una semana a otra, todo cambiaba.
Al principio y casi hasta el final, casi ninguno creía en que algo bueno podía pasar. Pero seguimos. En los pasillos se escuchaba: tal vez es mucho dinero invertido para algo ya visto, ya hecho por otros, ya vivido. Y eso asustaba. Quizás se trate de llevar lo que tenemos en Medellín, pero en todo caso no se tratará de diagnosticar. Primera presentación... datos y más datos, números sobre deserción.
Nos tumbaron la presentación decía Alejo. Vuelva y empiece. Empezamos muchas veces, una semana tras otra. Edgar cuestionaba, aportaba y susurraba en medio de la revisión de su teléfono. Ana proponía el nombre del evento y siempre atenta a trabajar. Andrés tomaba notas silenciosamente que después compartía. Esteban registraba en fotos. Jenny arriesgaba propuestas gráficas. Sigamos adelante decía Silvia. Busquemos un asesor decía Hernando.
Primer taller y muchas desazones. Herney va y viene. Otro taller. Otra presentación. Que a la vice no le gusta. Hay que cambiarla. Hay que presentarla al rectoral. Bueno, vamos, decía Marta. Yo voy al académico y a directores de regiones proponía Alejo. Beatriz inicia campaña comunicacional.
Que se va a vincular innovación. Muy bien. Otro taller, otra desazón. Esto no tiene pies ni cabeza. Hablan de la empresa y no de la institución. Se está llegando el día. Hay una entrevista en la emisora cultural, hay otra con Paula para poner en portal. Beatriz sigue trabajando, configura la estrategia de comunicación.
Ya somos muchos montados en el cuento. Y como diría Shakespeare, ya es más fácil pasar a la otra orilla, que devolverse. Steeve, Sergio, Natalia, Héctor, Gabriel, las Paulas, Luz Mary, Doris Adriana, coordinadores académicos o de bienestar, directores de sedes y todos los anteriores, van al taller final, pero de nuevo, muchas cosas quedan en suspenso, incluyendo el alma, por no contar con una ruta fija y clara para trabajar. Hummm. Qué susto.
Nada que hacer. Hay que hacerlo y bien. Ya están citadas casi trescientas personas. Recogemos los materiales y nos vamos para las regiones con nuestros miedos y nuestras fortalezas. Armamos una "casita" a través del whats app. Allí estábamos todos, escribiendo, dándonos ánimos, soñando juntos, ayudándonos con las ideas colectivas. Una foto del ala del avión dice "aterrizamos" y se siente el calor de Urabá al instante. "Carretera por la permanencia" decía Herney. Miren nuestros murales. Porqué no llegan los de Sonsón, se les dijo que llegaran temprano. Ya están llegando les contestamos. "Pilsen por la permanencia" escribía la juguetona Silvia.
Todos salieron con el plan A, B, C y de Z se llevaron la experiencia vital y profesional de cada uno. Si todo fallaba, poníamos el alma y la fe en la universidad. De hecho, así lo hicimos. Somos UdeA, eso si no puede fallar. En medio de todo siempre estuvo la esperanza de hacerlo bien.
"Empezamos el mural", "miren el de Andes", "nosotros no hemos hecho eso", "va el enlace para la conferencia inaugural", habla el director de regionalización y la vice saluda cálidamente aludiendo a la vida; ahora a "romper el hielo" (siempre me ha parecido que es una expresión bastante fea; deberíamos decir: ahora a familiarizar, a acercarnos, a mirarnos, a vernos en nuestra humanidad, pero no... siempre le rompemos el hielo al otro).
Y empiezan a llegar cuarenta fotos, cien, trescientas, más de quinientas en un sólo día. Así vamos dicen Santa Fe, Amalfi, Yarumal, Sonsón, Segovia, Urabá, Andes, Bajo Cauca, Magdalena Medio. Qué bien, les respondemos desde Oriente. Manden foto de los listados. Hagan una foto grupal. Graben videos de evaluación de la jornada.
Toda la emoción junta. Toda la esperanza liberada y convertida en alas. Si pudiera resumir esa experiencia la haría a través de una "Canción con todos" porque en los foros estuvimos "todas las manos todas, todas las voces todas..." y liberamos nuestra esperanza sin un grito en la voz.
Espacio para opinar y reflexionar sobre la vida, la educación, los tiempos actuales... Marta Inés Tirado Gallego: mitiradog@gmail.com
sábado, 3 de noviembre de 2018
lunes, 15 de octubre de 2018
¿Donde están mis palabras escritas?
Paula me sorprendió un lunes pasado diciéndome
que por un tiempo me le había convertido en sus lecturas nocturnas. Y me
sugirió que volviera a escribir. Sólo hasta ahí llegó nuestra conversación.
Al parecer
no le presté mucha atención. Pero era mentiras.
Igual que en
las cuerdas de una guitarra algo de su mensaje quedó vibrando adentro de mí.
¿Qué fue? No lo sé. Sé que nacieron preguntas: ¿Por qué me leyó? ¿Qué
imagen de mi viajó hasta ella? Ay…Si yo pudiera verme en el espejo de su
lectura…
Pero bueno,
aquí estoy hoy. Intentando de nuevo escribir, sobreponerme a esas últimas
letras escritas para mi Dani. Deseando abrir de nuevo el cierre de mis
palabras en este viejo blog. Lo hago con sumo cuidado para no dañarlas, para no
espantarlas. Y aun así, ellas no salen, no balbucean, no susurran, no
gritan.
Ay, mis palabras escritas. ¿Dónde están? Las
busco, las convoco, intento librarlas del mutismo, quizá del vacío, del dolor,
del todo o de la nada... Abro el cierre, y las empujo hacia afuera, trato
de darles confianza para poder leerlas de nuevo, y ellas, tal vez con miedo a
no saber decir nada, se ocultan como peces en un río profundo y caudaloso.
Las siento desconfiadas, asustadas, espantadas. Sé
que están ahí. Aún no quieren contar nada. ¿A qué le temen mis pobres palabras
escritas?
jueves, 25 de enero de 2018
No tenias que cumplir cien años
A veces eras tan dulce como un
abrazo, tan sonoro como un paisaje, tan radiante como un amanecer o tan limpio y
generoso como tu sonrisa. Eras tan hijo, tan hermano, tan sobrino, tan nieto,
tan primo, tan amigo, tan vecino, tan novio, que nos tatuaste el alma con coloridos
recuerdos a cada uno de los que te conocimos y amamos.
Ibas y venías. Igual que las olas de cualquier océano conocido. Te
perdías por un tiempo, o por varios, y luego aparecías de nuevo cauteloso
como entre la niebla, con tu chaqueta de drill apretada y llena de escudos que
jamás detallé, tus botas altas color uva, tus pantalones ajustados y
tu camisa a cuadros. Te veías limpio, elegante, impecable.
Preguntabas. Siempre preguntabas. Querías saberlo todo. Te revelabas y
te rebelabas.
Me contabas que habías descubierto a los poetas malditos; que pasabas las noches compartiendo tus pensamientos con tus amigos, con esos mismos con los que descubriste la cresta, los taches, la vestimenta negra, las botas, las cadenas, los tatuajes, la bohemia y el desenfreno...
Recuerdo hoy, que hace ya muchos años, te decía que vos y tus
amigos de adolescencia querían ser radicalmente diferentes al resto del mundo, más sin embargo terminaron
"uniformándose" y gritando a todo pulmón, todos igualitos de cabeza a
pies y de tatuaje a tatuaje, que eran diferentes. Vaya contradicción y vaya
irreverencia la mía. Cada que te lo decía vos te enojabas. Tenías toda la razón. Yo también me uniformé con mis amigas. Para mi época nos disfrazamos de "intelectuales".
Me he maravillado con tus amigos de la Pleve, y su bello homenaje para vos. Los conocí el último día de tu vida y aprendí a quererlos y respetarlos. Los vi llorarte, regañarte, conversarte, mirarte. Los ví quedarse en silencio. Hoy se que son tus amigos leales e "invencibles". Qué amistad hermosa sembraste en sus corazones. Y no fue sólo en ellos. También en los amigos de deportes, en los amigos de la infancia, del barrio, de la universidad. Sembraste ilusiones en los pacientes con parkinson, y sueños con los niños de natación... Aún le cuento a mis amigos esa historia del niño que se rayó con el lapicero queriendo estar tatuado, igualito a vos.
Intentaste enseñarme tu música pero yo jamás aprendí. Terca. De eso si me arrepiento. Tus amigos del alma te enseñaron otro mundo que admirabas. En medio de esa admiración, te perdías a ti mismo y te volvías a encontrar. Ellos estaban ahí para acompañarte en las distintas rutas de tu vida. Te acompañaron en la vida y en la muerte. Te hicieron homenajes y aún te escriben en tu página de Facebook para seguir estando con vos. Así fue tu vida y así decidiste tu muerte.
Me he maravillado con tus amigos de la Pleve, y su bello homenaje para vos. Los conocí el último día de tu vida y aprendí a quererlos y respetarlos. Los vi llorarte, regañarte, conversarte, mirarte. Los ví quedarse en silencio. Hoy se que son tus amigos leales e "invencibles". Qué amistad hermosa sembraste en sus corazones. Y no fue sólo en ellos. También en los amigos de deportes, en los amigos de la infancia, del barrio, de la universidad. Sembraste ilusiones en los pacientes con parkinson, y sueños con los niños de natación... Aún le cuento a mis amigos esa historia del niño que se rayó con el lapicero queriendo estar tatuado, igualito a vos.
Intentaste enseñarme tu música pero yo jamás aprendí. Terca. De eso si me arrepiento. Tus amigos del alma te enseñaron otro mundo que admirabas. En medio de esa admiración, te perdías a ti mismo y te volvías a encontrar. Ellos estaban ahí para acompañarte en las distintas rutas de tu vida. Te acompañaron en la vida y en la muerte. Te hicieron homenajes y aún te escriben en tu página de Facebook para seguir estando con vos. Así fue tu vida y así decidiste tu muerte.
Vale... Dani. Creo que fuiste un valiente y un luchador. No veo tu
suicidio como una derrota sino como la búsqueda misma de otra forma de
habitar-te. Amabas la muerte tanto como a la vida. Y eso está bien. Era tu vida
y era tu muerte. El problema, claro, es para nosotros, los que nos quedamos al
lado de la vida... Supongo que como quizás hubiéramos querido verte envejecer –la
verdad no sé para qué- entonces nos descubrimos a nosotros mismos, en la
intimidad de nuestra soledad, pensando qué fue lo que no hicimos, lo que no
dijimos, lo que faltó para ofrecerte, lo que no te brindamos. Porque el
suicidio trae consigo esas culpitas desgraciadas que exterminan el sueño. ¡Como
si no hubiera sido tu decisión! Al parecer, nos queremos apegar a la idea de
que fue un acto irracional del momento; queremos pensar que te desesperaste,
que te perdiste y ahí se te derritió la vida. Pero, yo la verdad, creo que no. Siempre
te gustó mucho la otra orilla.
Me salvo un poco del dolor que
causa el suicidio, porque estoy segura de que sólo viví con vos lo que pudimos
y quisimos, tanto el uno como el otro y eso no me crea remordimientos ni se los
debería crear a nadie. Al contrario, eso en cierto modo me deja en paz y sé que
también a vos. Eso no quiere decir que no te haya llorado pues al contrario
creo haber padecido una avalancha de lágrimas incontrolable por más de tres días (o tres meses como hoy). Pensé que esa avalancha iba a hacer muchos estragos internos pero al contrario me lavó el dolor. Le quitó un poco la oscuridad y el miedo. Pero creo que todos los que te
historizamos y a los que vos nos historizaste, hemos sufrido del mismo mal. Si
pudieras volver a hablarnos nos dirías, en especial a tu papá, que esté tranquilo, que
29 años también son suficientes. Que no hay que cumplir cincuenta, ni ochenta,
ni cien. Qué así lo querías vos porque fuiste un rebelde de nacimiento. Nos
dirías que nadie puede obligar a nadie a vivir más de lo que puede y quiere. Viviste y moriste plenamente.
Las cédulas de ciudadanía deberían tener algunos rasgos identitarios. La tuya diría por ejemplo: hermoso, rebelde y juguetón.
Las cédulas de ciudadanía deberían tener algunos rasgos identitarios. La tuya diría por ejemplo: hermoso, rebelde y juguetón.
jueves, 4 de enero de 2018
Breve historia de mi padre y el arte contemporáneo
Hace algunos años (febrero del 2014) fui con mi padre (él tenía 81 años en ese momento) al Museo de Arte Moderno de Medellín para que conociera la exposición de arte que ofrecía para ese día el Museo. Tal vez quería simplemente que me acompañara. Estaban en la exhibición de Coordenadas. Historias de la instalación en Antioquia, realizada bajo la curaduría de Armando Montoya y Oscar Roldán, como fruto de una investigación en la UdeA, sobre la instalación en el arte antioqueño en los 25 años comprendidos entre 1975 y 2010.
A mi padre le impactó mucho esta exposición y con un silencio entre ritual y sepulcral observó una a una las obras exhibidas. Habló poco al salir del museo. Las obras de Carlos Uribe llamadas Paisaje producido (Torre y Maíz) 1964 que se encontraban a la entrada, le causaron el primer golpe de silencio. Yo estaba disfrutando la historia contada por las diferentes instalaciones, pero a ratos me ocupaba de acompañarlo y en vano trataba de ignorar su silencio abrumador. ¡Cuánto hubiera dado por saber qué pensaba en esos momentos en los que se enfrentaba cara a cara con cada obra exhibida.
Sólo al salir y mucho rato después, rompió su silencio con una de las grandes preguntas contemporáneas del arte y sin haber leído jamás sobre el tema: "¿Oíste Marta. ¿Y eso es arte?"
No podía entender cómo el arte se metía en los recuerdos más entrañables de su historia personal y al contrario. No podía, ni quería comprender, que lo más simple de la vida diaria de su seno familiar, desde su infancia hasta la adultez, hubiera podido saltar al "pedestal" del arte en los museos. Pero, ¿la panela?, ¿el maíz?, ¿el comedor?, ¿las foticos en miniatura?, ¿los palos, piedras y alambres de las construcciones que hacía su propio hermano? ¿Cuándo pasó todo eso? El desconcierto era total. La desilusión también. Y eso que mi padre jamás supo, porque olvidé contarle, que dos meses después un estudiante de artes plásticas de la UdeA, Daniel Felipe Escobar, entró al museo una gallina para "comerse" (léase "reflexionar") la obra del artista.
La mesa "dispuesta" de María Teresa Cano (Distancias 1960), le recordaba su casa materna con los muebles de su época, los mismos que desaparecieron al morir dos de sus hermanos. Su "comedor", igual de rojo como el de la obra, jamás fue arte. Era simplemente un "comedor", donde la abuela guardaba las macabras muñecas de porcelana vestidas como si llegaran del último bautizo de cualquier infante.
Igual sucedió con los telescopios colgantes de Juan Camilo Uribe (Telescopios 1976). Acaso no hay aún en alguna parte de la casa una vieja bolsa con esos pequeños telescopios que muestran las foticos de sus hermanos, de su esposa y sus hijas juniniando? ¿Entonces colgarlos los convierte en arte? ¡Qué bobada, dice mi padre! ¿Para esto me trajiste, Marta? No, no, no, no. Si han cambiado mucho los tiempos.
Le conté a Armando la visita de mi padre al museo y me pidió encarecidamente que le mandara las fotos. Disfrutó mucho mi narración porque desde años atrás conoce a mi padre, hoy de 86 años.
Bien citaba la exposición a Hugo Ceballos cuando afirmaba: "Del mismo modo que la mirada penetra la pintura, el espectador debe ahora penetrar ya no como ilusión sino como realidad las mismas instancias de la figuración: textura, factura, representación y formas simbólicas y tomar la recepción ya no como contemplación sino como vivencia. Desde que el espectador penetra en una instalación el espacio es tomado como un espacio habitado que envuelve al sujeto, lo desarma en su condición inocente de contemplación y lo hace un habitante más de ese territorio donde cualquier cosa puede suceder".
Tanto "penetró" la exposición la sensibilidad de mi padre que aún hoy recuerda las "bobadas que ponen en los museos" aduciendo que "eso es arte". Cuenta de nuevo y se ríe.
En el 2016 fuimos a ver la exposición Detrás de la Montaña, un homenaje de la Universidad EAFIT a la obra del maestro Francisco Antonio Cano, curada por Alberto Sierra. Al parecer ya mi padre estaba un poco más listo para ver el arte y sus Horizontes actuales. Su mirada ya no era impávida sino simplemente asombrada. Contempló y "leyó" las obras, pero no dijo nada.
A mi padre le impactó mucho esta exposición y con un silencio entre ritual y sepulcral observó una a una las obras exhibidas. Habló poco al salir del museo. Las obras de Carlos Uribe llamadas Paisaje producido (Torre y Maíz) 1964 que se encontraban a la entrada, le causaron el primer golpe de silencio. Yo estaba disfrutando la historia contada por las diferentes instalaciones, pero a ratos me ocupaba de acompañarlo y en vano trataba de ignorar su silencio abrumador. ¡Cuánto hubiera dado por saber qué pensaba en esos momentos en los que se enfrentaba cara a cara con cada obra exhibida.
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Sólo al salir y mucho rato después, rompió su silencio con una de las grandes preguntas contemporáneas del arte y sin haber leído jamás sobre el tema: "¿Oíste Marta. ¿Y eso es arte?"
No podía entender cómo el arte se metía en los recuerdos más entrañables de su historia personal y al contrario. No podía, ni quería comprender, que lo más simple de la vida diaria de su seno familiar, desde su infancia hasta la adultez, hubiera podido saltar al "pedestal" del arte en los museos. Pero, ¿la panela?, ¿el maíz?, ¿el comedor?, ¿las foticos en miniatura?, ¿los palos, piedras y alambres de las construcciones que hacía su propio hermano? ¿Cuándo pasó todo eso? El desconcierto era total. La desilusión también. Y eso que mi padre jamás supo, porque olvidé contarle, que dos meses después un estudiante de artes plásticas de la UdeA, Daniel Felipe Escobar, entró al museo una gallina para "comerse" (léase "reflexionar") la obra del artista.
La mesa "dispuesta" de María Teresa Cano (Distancias 1960), le recordaba su casa materna con los muebles de su época, los mismos que desaparecieron al morir dos de sus hermanos. Su "comedor", igual de rojo como el de la obra, jamás fue arte. Era simplemente un "comedor", donde la abuela guardaba las macabras muñecas de porcelana vestidas como si llegaran del último bautizo de cualquier infante.
Igual sucedió con los telescopios colgantes de Juan Camilo Uribe (Telescopios 1976). Acaso no hay aún en alguna parte de la casa una vieja bolsa con esos pequeños telescopios que muestran las foticos de sus hermanos, de su esposa y sus hijas juniniando? ¿Entonces colgarlos los convierte en arte? ¡Qué bobada, dice mi padre! ¿Para esto me trajiste, Marta? No, no, no, no. Si han cambiado mucho los tiempos.
Le conté a Armando la visita de mi padre al museo y me pidió encarecidamente que le mandara las fotos. Disfrutó mucho mi narración porque desde años atrás conoce a mi padre, hoy de 86 años.
Bien citaba la exposición a Hugo Ceballos cuando afirmaba: "Del mismo modo que la mirada penetra la pintura, el espectador debe ahora penetrar ya no como ilusión sino como realidad las mismas instancias de la figuración: textura, factura, representación y formas simbólicas y tomar la recepción ya no como contemplación sino como vivencia. Desde que el espectador penetra en una instalación el espacio es tomado como un espacio habitado que envuelve al sujeto, lo desarma en su condición inocente de contemplación y lo hace un habitante más de ese territorio donde cualquier cosa puede suceder".
Tanto "penetró" la exposición la sensibilidad de mi padre que aún hoy recuerda las "bobadas que ponen en los museos" aduciendo que "eso es arte". Cuenta de nuevo y se ríe.
En el 2016 fuimos a ver la exposición Detrás de la Montaña, un homenaje de la Universidad EAFIT a la obra del maestro Francisco Antonio Cano, curada por Alberto Sierra. Al parecer ya mi padre estaba un poco más listo para ver el arte y sus Horizontes actuales. Su mirada ya no era impávida sino simplemente asombrada. Contempló y "leyó" las obras, pero no dijo nada.
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