A mi padre le impactó mucho esta exposición y con un silencio entre ritual y sepulcral observó una a una las obras exhibidas. Habló poco al salir del museo. Las obras de Carlos Uribe llamadas Paisaje producido (Torre y Maíz) 1964 que se encontraban a la entrada, le causaron el primer golpe de silencio. Yo estaba disfrutando la historia contada por las diferentes instalaciones, pero a ratos me ocupaba de acompañarlo y en vano trataba de ignorar su silencio abrumador. ¡Cuánto hubiera dado por saber qué pensaba en esos momentos en los que se enfrentaba cara a cara con cada obra exhibida.
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Sólo al salir y mucho rato después, rompió su silencio con una de las grandes preguntas contemporáneas del arte y sin haber leído jamás sobre el tema: "¿Oíste Marta. ¿Y eso es arte?"
No podía entender cómo el arte se metía en los recuerdos más entrañables de su historia personal y al contrario. No podía, ni quería comprender, que lo más simple de la vida diaria de su seno familiar, desde su infancia hasta la adultez, hubiera podido saltar al "pedestal" del arte en los museos. Pero, ¿la panela?, ¿el maíz?, ¿el comedor?, ¿las foticos en miniatura?, ¿los palos, piedras y alambres de las construcciones que hacía su propio hermano? ¿Cuándo pasó todo eso? El desconcierto era total. La desilusión también. Y eso que mi padre jamás supo, porque olvidé contarle, que dos meses después un estudiante de artes plásticas de la UdeA, Daniel Felipe Escobar, entró al museo una gallina para "comerse" (léase "reflexionar") la obra del artista.
La mesa "dispuesta" de María Teresa Cano (Distancias 1960), le recordaba su casa materna con los muebles de su época, los mismos que desaparecieron al morir dos de sus hermanos. Su "comedor", igual de rojo como el de la obra, jamás fue arte. Era simplemente un "comedor", donde la abuela guardaba las macabras muñecas de porcelana vestidas como si llegaran del último bautizo de cualquier infante.
Igual sucedió con los telescopios colgantes de Juan Camilo Uribe (Telescopios 1976). Acaso no hay aún en alguna parte de la casa una vieja bolsa con esos pequeños telescopios que muestran las foticos de sus hermanos, de su esposa y sus hijas juniniando? ¿Entonces colgarlos los convierte en arte? ¡Qué bobada, dice mi padre! ¿Para esto me trajiste, Marta? No, no, no, no. Si han cambiado mucho los tiempos.
Le conté a Armando la visita de mi padre al museo y me pidió encarecidamente que le mandara las fotos. Disfrutó mucho mi narración porque desde años atrás conoce a mi padre, hoy de 86 años.
Bien citaba la exposición a Hugo Ceballos cuando afirmaba: "Del mismo modo que la mirada penetra la pintura, el espectador debe ahora penetrar ya no como ilusión sino como realidad las mismas instancias de la figuración: textura, factura, representación y formas simbólicas y tomar la recepción ya no como contemplación sino como vivencia. Desde que el espectador penetra en una instalación el espacio es tomado como un espacio habitado que envuelve al sujeto, lo desarma en su condición inocente de contemplación y lo hace un habitante más de ese territorio donde cualquier cosa puede suceder".
Tanto "penetró" la exposición la sensibilidad de mi padre que aún hoy recuerda las "bobadas que ponen en los museos" aduciendo que "eso es arte". Cuenta de nuevo y se ríe.
En el 2016 fuimos a ver la exposición Detrás de la Montaña, un homenaje de la Universidad EAFIT a la obra del maestro Francisco Antonio Cano, curada por Alberto Sierra. Al parecer ya mi padre estaba un poco más listo para ver el arte y sus Horizontes actuales. Su mirada ya no era impávida sino simplemente asombrada. Contempló y "leyó" las obras, pero no dijo nada.




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