Ayer fue un día grandioso para mi historia universitaria.
He pasado más de la mitad de mi vida siendo UdeA. Al principio la soñé y la vi desde el lugar del ideal siendo apenas una adolescente. Acaricié la idea de "pasar" a la UdeA. Me presenté una vez y otra vez hasta que por fin "pasé". Mientras eso, conseguí los cuadernillos de ofertas de cursos "optativos" y comencé a recorrer cuatro caminos: filosofía, literatura, antropología y psicología. Eran cursos generales para toda la universidad y se convirtieron en mis grandes mundos por explorar. Jamás me presenté a otra carrera pues no creía en "segunda opción". Sólo quería psicología y en la UdeA. Nunca me presenté a otra universidad. Ya no recuerdo dónde nació esa obstinación que marcó el resto de mi existencia. Supongo que fue en el patio de recreo con mis amigas de colegio.
Siempre pensé que tuve los mejores maestros. Incluso cuando eran malos, que los había, les pedía la bibliografía del curso y yo me encargaba del resto.
Asistir a los cursos de filosofía fue toda una fascinación. Descubrí con Gustavo Valencia a Piaget y con éste la estructuración de las nociones de objeto, espacio, causalidad y tiempo. Ahhh... mi primer acercamiento a la pregunta por el tiempo. Luego descubrí a Kuhn y la noción de paradigmas con el profe Fabio y a Nietzsche con el enigmático e irónico Jorge Mario Mejía. Me divertía mucho en sus clases por sus obstinados silencios que desestabilizaban a casi todo el grupo. Podía quedarse callado 15 o 20 minutos mirando su texto y con una mueca burlona reflejada en su cara para quienes no soportaban esos periodos de clase "sin palabras". Y así fui entrando lentamente en grandes preguntas. ¡Qué delicia y qué locura!
Mientras eso conocí a Elkin Restrepo. Sus clases eran tan fascinantes como un juego. Recuerdo que llegaba con una fotografía de su poeta preferida y luego de mostrárnosla y hablar de su belleza física por un buen rato, nos contaba sus poemas con emoción profunda y zas... la clase terminaba. Justo allí donde uno quería que siguiera, que jamás terminara esa dulce danza de palabras. Por el mismo tiempo otra oferta de locura, descubriendo la literatura prehispánica con Oscar Castro. ¡Qué maravilla ese Popol Vuh, libro sagrado de los Mayas! Otra puerta abierta para mi lectura del tiempo. ¿Cómo no amar una universidad así? ¿Cómo no quedarme días y noches transitando entre las aulas con sillas de madera y espaldar alto, incursionar en la biblioteca, el museo, o con-versar en las cafeterías de tronquitos, kokorico y guayaquilito? Claro que a esta última no iba mucho porque allí se reunían los "revoltosos".
Entró a mi mundo la pregunta por la cultura de la mano de B. Malinowski, de Gerardo y Alicia Reichel Dolmatoff, o posteriormente de Lévi-Strauss. En simultánea apareció el camino del folclor y la cultura popular, tradicional, con el horizonte abierto de la Escuela Popular de Arte (EPA), tras un paro universitario de casi año y medio conocido en los corredores como el paro de "sor-prendida".
Mientras eso pasaba, el mundo de la psicología añorada había cambiado de tajo. Allí no iba a ver la psicología que me enseñó la profesora Lucelly en bachillerato, sino que me encontré con el psicoanálisis. Supe que en adelante yo tendría la mayor aventura de mi vida. Mis preguntas eran como el océano, a veces calmadas, a veces borrascosas y violentas. Algunas de ellas me han tomado toda una vida.
Y así pasé mi historia universitaria de pregrado disfrutando cada día, cada concierto, cada revista
Acuarimántima, cada
Gaceta universitaria. Los árboles de caucho al lado del museo fueron testigos de mi placer por estudiar.
En adelante mi carrera profesional sólo fue y sigue siendo una bella profundización de estos cuatro caminos entrelazados. Por eso estudié maestría en filosofía en la línea de estética y filosofía del arte y me pregunté por el Aún en la experiencia del arte. Por eso me hice profesora activando y tejiendo las preguntar de esas cuatro áreas. Aprendí a orientarme por preguntas, más que por respuestas y entonces pude Ser UdeA de muchas formas y lo sigo siendo, aún hoy.
La UdeA ha sido mi casa, mi habitar, mi vida, mi aprendizaje. La he amado y también me he ido, odiándola como sólo se odia lo amado. Me he desesperanzado con ella. He prometido no volver en tres ocasiones, desolada y hasta devastada por algunos personajes que sólo recitan autores y que hacen de la educación un negocio, no un compromiso, no un derecho, no una forma de existir. Me he ido para mi hogar con la certeza de no volver, pero la casa siempre es la casa y aquí sigo cuarenta años después de haber entrado a sus corredores por primera vez con el corazón en la mano, llena de futuro, plena de emoción. Basta que suene el himno para que yo cante entusiasta a mi universidad.
Y sí... la última vez que volví, retorné con miedo. Fue hace tres años. Después de tanto habitar y des-habitar la universidad me encontré la pegunta por la permanencia estudiantil. Me parecía muy extraño ese nombre. Aún más extraño el de retención o deserción. Y además... feos... los tres. Claro. Empecé a estudiar y otra vez nacieron nuevas preguntas; volví a entusiasmarme pero siempre con las alas listas por si había que volver a volar fuera de mi casa-universidad. Sabía que muchas de las respuestas a este asunto las había encontrado en la Facultad de Educación desde el núcleo psicopedagógico al que pertenecí por varios años o desde mi carrera profesional.
Pero aquí estoy, soñando de nuevo. Dejando que nazcan nuevos retos. Ayer, vivimos los Foros Regionales: Voces por la permanencia. ¡Qué belleza de experiencia, en el pleno sentido de lo que significa una experiencia!
Dos meses y medio pasaron desde que comenzamos Alejo y yo a pensar en el tema para ofrecerlo a las sedes y seccionales. No sabíamos si ir allá o invitarlos a que vinieran, así como hicimos el año anterior en el I Encuentro regional de permanencia en Oriente, hoy transformado en Foros...
De una semana a otra, todo cambiaba.
Al principio y casi hasta el final, casi ninguno creía en que algo bueno podía pasar. Pero seguimos. En los pasillos se escuchaba: tal vez es mucho dinero invertido para algo ya visto, ya hecho por otros, ya vivido. Y eso asustaba. Quizás se trate de llevar lo que tenemos en Medellín, pero en todo caso no se tratará de diagnosticar. Primera presentación... datos y más datos, números sobre deserción.
Nos tumbaron la presentación decía Alejo. Vuelva y empiece. Empezamos muchas veces, una semana tras otra. Edgar cuestionaba, aportaba y susurraba en medio de la revisión de su teléfono. Ana proponía el nombre del evento y siempre atenta a trabajar. Andrés tomaba notas silenciosamente que después compartía. Esteban registraba en fotos. Jenny arriesgaba propuestas gráficas. Sigamos adelante decía Silvia. Busquemos un asesor decía Hernando.
Primer taller y muchas desazones. Herney va y viene. Otro taller. Otra presentación. Que a la vice no le gusta. Hay que cambiarla. Hay que presentarla al rectoral. Bueno, vamos, decía Marta. Yo voy al académico y a directores de regiones proponía Alejo. Beatriz inicia campaña comunicacional.
Que se va a vincular innovación. Muy bien. Otro taller, otra desazón. Esto no tiene pies ni cabeza. Hablan de la empresa y no de la institución. Se está llegando el día. Hay una entrevista en la emisora cultural, hay otra con Paula para poner en portal. Beatriz sigue trabajando, configura la estrategia de comunicación.
Ya somos muchos montados en el cuento. Y como diría Shakespeare, ya es más fácil pasar a la otra orilla, que devolverse. Steeve, Sergio, Natalia, Héctor, Gabriel, las Paulas, Luz Mary, Doris Adriana, coordinadores académicos o de bienestar, directores de sedes y todos los anteriores, van al taller final, pero de nuevo, muchas cosas quedan en suspenso, incluyendo el alma, por no contar con una ruta fija y clara para trabajar. Hummm. Qué susto.
Nada que hacer. Hay que hacerlo y bien. Ya están citadas casi trescientas personas. Recogemos los materiales y nos vamos para las regiones con nuestros miedos y nuestras fortalezas. Armamos una "casita" a través del whats app. Allí estábamos todos, escribiendo, dándonos ánimos, soñando juntos, ayudándonos con las ideas colectivas. Una foto del ala del avión dice "aterrizamos" y se siente el calor de Urabá al instante. "Carretera por la permanencia" decía Herney. Miren nuestros murales. Porqué no llegan los de Sonsón, se les dijo que llegaran temprano. Ya están llegando les contestamos. "Pilsen por la permanencia" escribía la juguetona Silvia.
Todos salieron con el plan A, B, C y de Z se llevaron la experiencia vital y profesional de cada uno. Si todo fallaba, poníamos el alma y la fe en la universidad. De hecho, así lo hicimos. Somos UdeA, eso si no puede fallar. En medio de todo siempre estuvo la esperanza de hacerlo bien.
"Empezamos el mural", "miren el de Andes", "nosotros no hemos hecho eso", "va el enlace para la conferencia inaugural", habla el director de regionalización y la vice saluda cálidamente aludiendo a la vida; ahora a "romper el hielo" (siempre me ha parecido que es una expresión bastante fea; deberíamos decir: ahora a familiarizar, a acercarnos, a mirarnos, a vernos en nuestra humanidad, pero no... siempre le rompemos el hielo al otro).
Y empiezan a llegar cuarenta fotos, cien, trescientas, más de quinientas en un sólo día. Así vamos dicen Santa Fe, Amalfi, Yarumal, Sonsón, Segovia, Urabá, Andes, Bajo Cauca, Magdalena Medio. Qué bien, les respondemos desde Oriente. Manden foto de los listados. Hagan una foto grupal. Graben videos de evaluación de la jornada.
Toda la emoción junta. Toda la esperanza liberada y convertida en alas. Si pudiera resumir esa experiencia la haría a través de una "Canción con todos" porque en los foros estuvimos "todas las manos todas, todas las voces todas..." y liberamos nuestra esperanza sin un grito en la voz.