Espacio para opinar y reflexionar sobre la vida, la educación, los tiempos actuales... Marta Inés Tirado Gallego: mitiradog@gmail.com
jueves, 13 de mayo de 2021
Para leer con ojos ajenos (16)
Piedad Bonet. Mis afinidades electivas. (Fecha de la conferencia: Agosto 9 del 29019. Escrito el sábado 5 de octubre del 2019.)
Comenzamos una segunda serie de conferencias de Lectores y Lecturas de la UdeA en el segundo semestre del 2019. Estoy emocionada. Judit Nieto la había reservado como una joya en la lista de las Cátedras planeadas, presentándola como la conferencista estrella. Me creó la expectativa de saber qué sería lo que me causaría esta Piedad en la cercanía de su voz y sus gestos, en su corporalidad misma. Me encantó el vaivén de sus palabras entre lo cotidiano y lo leído, y la manera como crea puentes entre su infancia y su adultez, entre sus tiempos... de lecturas.
Conocí por primera vez a Piedad Bonet en el 2013 en un Conversatorio que le propuso Alfaguara a Héctor Abad Faciolince, a propósito del libro de Bonet "Lo que no tiene nombre". Esa conversación me impactó mucho por la introducción tan respetuosa y delicada que le hizo Héctor, desde la lectura de las primeras páginas de este magnífico libro. Lo recuerdo a él leyendo fina y delicadamente, de manera suave como si quisiera cobijarla con su voz para darle más calor a su alma que se negaba a llorar en público ante esa avalancha de recuerdos tan dolorosos. Era claro que no quería hacerle daño a su autora invitada. Le cuidaba su dolor para no ahondarlo, para no enlodarlo con una palabra mal dicha o una pregunta demasiado inesperada. La cuidaba con su mirada, su tono, su voz que a ratos le temblaba en su quietud de lector, pero también de padre. Porque Héctor entabló con Piedad un diálogo desde el alma profunda por el dolor de la pérdida del Daniel de Piedad y el miedo a perder a su Daniela, la de Héctor. Ambos, como dice Piedad, "unidos por el duelo", y por una herida abierta como la del "El olvido que seremos" de Héctor, a propósito de la muerte brutal de su padre, del mismo nombre, quien pese al tiempo no ha dejado de ser herida profunda en el corazón de la UdeA. Aún encuentro en la vereda donde vivo, viejos amigos de él, que parecen llorarlo a mares en sus recuerdos, que lo extrañan y lo entrañan junto a Leonardo y Luis Fernando, sus otros amigos asesinados.
Conocí a Piedad ese día hablando del suicidio y del sentido trágico de la existencia. Recordé que en mis primeros semestres de Universidad hice un trabajo sobre el suicidio para un curso que se llamaba "Psicoanálisis y muerte". Lo había olvidado del todo. Recuerdo haber ido a Medicina Legal a buscar en los archivos, uno a uno, como si los informes oficiales no me fueran suficientes. Quería saber de la muerte decidida, voluntaria. La había buscado a través de la literatura para lo cual E. M. Cioram se había convertido casi en una brutal necesidad. Caían a mis manos desolaciociones como las de Harry Haller de Hesse, o los poemas y novelas de Silva, la canción a Alfonsina Storni y ya no sé cuántas más dolorosas hermosuras pude encontrarme en esa época. Más sin embargo mi pregunta requería al parecer un mayor acercamiento a lo "real". Algo quizás menos literario o menos filosófico que me sobrecogiera y me aventara lejos de mis preguntas suicidas en la intimidad. Cioram dice que todos en algún momento hemos pensado en el suicidio. Concuerdo con él. La manera como tramitamos nuestro paso por la vida o por la muerte es lo que hace justamente el rasgo personal o la simple historia de cada cual. ¿Sería eso realmente lo que buscaba? Me recordé al borde del estallido. ¿Era el suicidio de aquella época, un recurso, un abandono, un "empuje" o una esplendorosa posibilidad?
Cuando escuche a Piedad esa noche, no imaginé que cuatro años y medio después también yo me uniría al dolor de los Danieles cuando mi querido sobrino Daniel, al igual que el suyo, también se mató. Recuerdo que por recomendación de Nacho, compré el libro "Lo que no tiene nombre" y me deshice en llanto sentada en Abril, la cafetería de Extensión de la UdeA. Leía ávidamente con la esperanza de que me salvara un poco de esa tristeza recién estrenada, de menos de medio día, donde uno no sabe si preguntar, responder o callar. Lloraba como lavando el alma. Tres meses después le concedí a mi Dani el derecho a no tener que cumplir cien años. Podía irse cuando quisiera, que yo estaba ahí para decirle gracias. Y le concedí "permiso" (que por supuesto él jamás pidió), con el corazón abierto, sin censura, públicamente, sin técnicas. Nada de eso me importó. Era una palabra "debida" entre él y yo, o tal vez entre esta Marta que soy y la que debí haber sido con él, en lo que jamás comprendí de sus tiempos de vida.
Seguí escuchando la conferencia. De nuevo encontraba, como en otras cátedras anteriores, una mujer que había sido culta desde chiquita, que contó con bibliotecas y lecturas universales. La escuché hablando de todo aquello que la llevó a ser escritora, del lenguaje cuidadoso que le enseñó su padre, de sus "afinidades electivas" con la literatura y sus descubrimientos en cada uno de los autores que nos presenta para dar cuenta de sus legados encontrados, esos que la hacen a ella, que la atraen, la nutren o la aburren. Del "acto íntimo de leer" y las delicias de la soledad con un libro. De las manera como se pone en contacto con los sentimientos de otros. Y mientras tanto, alguien del público le pregunta por la lectura apresurada de los libros prestados de las bibliotecas públicas, asunto que yo tampoco había pensado, pues mi biblioteca fue la Biblioteca Pública Piloto y la Biblioteca de la UdeA. Claro y los poquísimos libros de la biblioteca de la pieza de atrás en mi casa de infancia. No había pensado en el encanto que tienen los libros prestados, por su relación al tiempo de ese otro que espera la dovolución para también prestarlo; no me había detenido en la imposibilidad que traen de trazarlo, marcarlo, dibujarlo, subrayarlo por su calidad de ajenos. Tal vez a estas alturas yo no lo soportaría porque aún necesito gastarme el libro con el cuerpo y con el pensamiento. Necesito tenerlo "a la mano" pintarlo de colores, subrayarlo, preguntarlo, callarlo, hurgarlo en sus referencias.
Al finalizar salí corriendo a comprar varios libros de su autoría. Encontré Imaginación y oficio. Conversaciones con seis poetas colombianos, Donde nadie me espere y 40 poemas. Comencé a leerla con placer, con avidez. Me atrapa de ella la emergente cotidianidad de su escritura.
En Imaginación y oficio, por ejemplo, me gusta leerla en sus preguntas a los entrevistados. Y digo para mi: ¿Porqué esa pregunta y no otra? ¿por qué no se queda ahondando las respuestas? ¿Cuál es el afán? Yo me hubiera visto atrapada en anécdotas hermosas, en frases profundas, en silencios lacerantes o en omisiones de sus entrevistados. Estoy segura que hubiera perdido el hilo de la conversación. Algunos de ellos, sino todos, se habrían dado cuenta de mi desvío del camino de la palabra. Claro, es que siempre he amado los parques, incluso más que el camino. Entonces sé que yo habría quedado atrapada en el juego de la deriva. Seguro no hubiera sabido entrevistar.
Y En donde nadie me espere, vuelvo a sobrecojerme. Parece como si Gabriel, su personaje, viniera de nuevo a tocar mi historia. Necesitaré leerlo y releerlo para encontrar a Piedad y deshacerme de mi.
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