Di-versiones en mis aprendizajes

viernes, 14 de mayo de 2021

Derechos y sangre

Derechos y sangre
¿Hasta cuándo? ¿Cuántos muertos, cuántos heridos, cuántas violaciones sexuales, cuántas movilizaciones, cuántas mingas, cuántos desaparecidos, cuántos artistas, cuántos jóvenes expuestos, cuánta “fuerza pública” afectada, cuántas “camisas blancas” enfrentadas, cuántos grafitis y pancartas en las calles, cuántos pulmones sacrificados, cuántas protestas, cuántas carreteras bloquedas, cuánto desabastecimiento, cuántas balas, cuántos llantos, cuántos padres sin sus hijos, cuánta sangre más será derramada?
¿Existe una cifra “suficiente”? ¿Algún día la copa del horror será colmada?
Creo que la historia nos lo ha mostrado: Derechos y sangre están conectados. Mientras más honda la herida de la injusticia, la pobreza, la desigualdad… más hondo se vuelve el dolor de patria.
Pero como el dolor es de todos y no sólo de unos pocos, así no más, de la noche a la mañana, emerge una rabia desbordada y unos contra otros, que pudieron haber sido hermanos, se miran desafiantes custodiando cada uno, a bala y sangre, a camioneta y camisa blanca, a palos de minga y gritos de estudiantes, los derechos humanos.
Resiste es la palabra más fuerte que se dice a diario. No hay otra tan valiente, tan decidida, tan potente... Es una palabra con tiempo. Y no sabría decir si es una fortuna o una desgracia.
El problema es que todos resisten, con rabia creciente, con miedo inexpresado, los de un lado y los del otro, y todos juntos vociferan, putean, actúan, amenazan, matan…
Esos todos están demasiado cerca, mucho más de lo que yo quisiera. Están en mi casa, en mi calle, en mi barrio, en mi ciudad, en mi país, en otros vecinos que izan banderas en sus otras calles, con otros idiomas, buscando quizás sus propias gotas de sangre.
Esos todos otros están en mi familia, mis amigos, mis colegas, en los estudiantes que conozco y en los que jamás he visto pero los escucho, están en los profes que salen a las calles y los que se quedan en sus casas. Están en los vecinos, en los diarios y en las redes sociales.
Todos esos otros no tienen un color único, ni puro; tienen muchos matices, planos y plenos unos, degradados otros. A veces tampoco el color es propio, ha sido impuesto de generación en degeneración y ni siquiera saben nombrar su color. No se saben ni cálidos ni fríos.
También están en el gobierno, en el “Estado”, en este que es de “Derecho”. Ellos también resisten, allaaaá, lejoooos, seguroooos, tranquiloooos, con la convicción de que muy pronto todo se habrá calmado.
¿Pero y si no? ¿Y si esta vez no? ¿Qué pasará entonces? ¿Quedará sólo el derecho a la muerte? Estamos ante un Estado del Horror.
¿Y la pandemia? ¿La olvidamos? ¿Olvidamos el esfuerzo enorme que se libra en los hospitales? ¿Y si además de la sangre es este oxígeno sucio que respiramos?
Siento una tristeza incalculable. No hay extremos dónde pararse. No hay tampoco puntos medios en dónde estar a salvo de este dolor de patria.

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