10 de julio de 2023.
Me encuentro a bordo del libro El Aroma del Tiempo.
Qué título más hermoso. Su autor: Byung-Chul Han.
Lo he leído y subrayado con gusto y pasión, como acostumbro hacerlo en mis lecturas normales. Vuelvo sobre él buscando las demoledoras afirmaciones sobre "morir a tiempo" evocadas desde el Zaratustra de Nietzsche y el Ser y Tiempo heideggeriano.
¿Cuál es el tiempo adecuado para para morir sin perder la dignidad de una vida ya vivida?
Los asilos de ancianos, supongo, están llenos de preguntas sin respuestas sobre la vida larga y la tardanza de la muerte. ¿Quién, con valor, puede responder cuándo es suficiente, cuándo su propia vida ha dejado de narrarse para convertirse en duración vacía como las aterradoras noches de insomnio citadas por Adorno? Tal vez el suicida o el enfermo que sufren de manera indecible son capaces de configurar un cuándo.
Pero pienso que no es lo mismo en la vejez. En este momento de la vida se conjugan para muchos, como para mi padre, un sinnúmero de desgracias personales, como el olvido de la propia historia desde el vaciamiento lento de la memoria, la desfiguración de la identidad de sí mismo ante sí mismo, el derrumbamiento de una imagen corporal que abandona para siempre la mirada joven y fuerte de sí, tal como fue explorada desde la intransferible narrativa vital.
Cuando la vejez se torna en duración aterradora se carga de ausencias y borramientos, regresan sin permiso los fantasmas o espectros de lo que ya no está o incluso, de lo que nunca ha sido. Se declara el miedo acompañado de la incapacidad de estar en casa tranquilo y a salvo. Todo va a parar al desierto citado por Zygmunt Bauman, donde abunda la incertidumbre, la angustia y la inseguridad. La memoria deambula, se pierde y se vuelve a recobrar, episódicamente, sin ningún rumbo posible, porque ya no hay una narrativa personal consistente que pueda articular lo que queda de vida.
Algo de la contemplación, algo de la serenidad, algo del saber detenerse a disfrutar insiste en mi padre aunque de manera fugaz. Su mirar, su sentir, su disfrutar silencioso, su lentitud, deja compasivamente algo valioso a la vejez. ¿Pero en qué porcentaje?
Poco queda en su lenguajear. Las palabras se le escapan, huyen de él porque ya no hay una historia que contar. Es como si todo hubiera sido contado, tanto lo importante, como lo trivial. Sólo algunos recuerdos se niegan a perderse en el desierto. Ahí están para ser contados una y otra vez, casi siempre a destiempo, cuando nadie lo espera, o cuando ya todos lo saben de tanto ir y acariciar el mismo recuerdo. Me horroriza esa vejez vacía y terca, ese aferrarse a nada en el que se extravían la risa y la caricia, la dulzura de momentos vividos cuando se experimentaban fragmentos de felicidad. Me espanta esa pérdida de sí.
Pero bueno... leyendo el Aroma del tiempo pienso también en el aroma de la infancia, ese momento de la existencia que siempre tiene tiempo para...
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