Di-versiones en mis aprendizajes

jueves, 25 de enero de 2018

No tenias que cumplir cien años



Mi querido Dani. 

Claro que no tenías que cumplir cien años, ni ochenta, y tampoco cincuenta. Sólo con 29 era suficiente. Viviste plenamente, intensamente, agitadamente, locamente, bellamente, igual que los poetas que leías y la música que te apasionaba.

A veces eras tan dulce como un abrazo, tan sonoro como un paisaje, tan radiante como un amanecer o tan limpio y generoso como tu sonrisa. Eras tan hijo, tan hermano, tan sobrino, tan nieto, tan primo, tan amigo, tan vecino, tan novio, que nos tatuaste el alma con coloridos recuerdos a cada uno de los que te conocimos y amamos.

Ibas y venías. Igual que las olas de cualquier océano conocido. Te perdías por un tiempo, o por varios, y luego aparecías de nuevo cauteloso como entre la niebla, con tu chaqueta de drill apretada y llena de escudos que jamás detallé, tus botas altas color uva, tus pantalones ajustados y tu camisa a cuadros. Te veías limpio, elegante, impecable.

Preguntabas. Siempre preguntabas. Querías saberlo todo. Te revelabas y te rebelabas.

Otras veces, tal vez muchas, eras indómito, bravío, rebelde y de corazón siempre andante. Te encantaba pensar y vivir en la otra orilla de la vida. Vos y yo, hablamos allí, juntos, del lado de Niestzche, del lado de Fernando González, del lado de José Manuel Arango o a la sombra de los poemas de José Martí (Domingo triste). Hablamos del juego y de la recreación. Te regalé mis libros, te presté otros tantos. 

Me contabas que habías descubierto a los poetas malditos; que pasabas las noches compartiendo tus pensamientos con tus amigos, con esos mismos con los que descubriste la cresta, los taches, la vestimenta negra, las botas, las cadenas, los tatuajes, la bohemia y el desenfreno... 

Recuerdo hoy,  que hace ya muchos años,  te decía que vos y tus amigos de adolescencia querían ser radicalmente diferentes al resto del mundo, más sin embargo terminaron "uniformándose" y gritando a todo pulmón, todos igualitos de cabeza a pies y de tatuaje a tatuaje, que eran diferentes. Vaya contradicción y vaya irreverencia la mía. Cada que te lo decía vos te enojabas. Tenías toda la razón. Yo también me uniformé con mis amigas. Para mi época nos disfrazamos de "intelectuales".

Me he maravillado con tus amigos de la Pleve, y su bello homenaje para vos. Los conocí el último día de tu vida y aprendí a quererlos y respetarlos. Los vi llorarte, regañarte, conversarte, mirarte. Los ví  quedarse en silencio. Hoy se que son tus amigos leales e "invencibles". Qué amistad hermosa sembraste en sus corazones. Y no fue sólo en ellos. También en los amigos de deportes, en los amigos de la infancia, del barrio, de la universidad. Sembraste ilusiones en los pacientes con parkinson, y sueños con los niños de natación... Aún le cuento a mis amigos esa historia del niño que se rayó con el lapicero queriendo estar tatuado, igualito a vos. 

Intentaste enseñarme tu música pero yo jamás aprendí. Terca. De eso si me arrepiento. Tus amigos del alma te enseñaron otro mundo que admirabas. En medio de esa admiración, te perdías a ti mismo y te volvías a encontrar. Ellos estaban ahí para acompañarte en las distintas rutas de tu vida. Te acompañaron en la vida y en la muerte. Te hicieron homenajes y aún te escriben en tu página de Facebook para seguir estando con vos. Así fue tu vida y así decidiste tu muerte. 

Siempre fuiste muy hermoso. Un papasito, hubiéramos dicho años atrás. Tus amigas se derretían por vos. A mi casa fuiste con varias novias y amigas pero la que definitivamente entró a nuestros corazones fue Yuly porque te amó, cuidó y te protegió incluso de vos mismo, en muchas ocasiones. ¿Te acordás cuando ustedes se vinieron a cuidar la finca mientras mi Pacho y yo nos fuimos a conocer Chicago? Pues el caballito de palo que me hiciste, lo cuidé hasta entregárselo a ella, tu buena amiga. Se lo dio Carlos, tu papá. Te cuento un secreto: el conejito que guardabas se perdió el día de tu muerte. Qué raro, no te parece? 

Vale... Dani. Creo que fuiste un valiente y un luchador. No veo tu suicidio como una derrota sino como la búsqueda misma de otra forma de habitar-te. Amabas la muerte tanto como a la vida. Y eso está bien. Era tu vida y era tu muerte. El problema, claro, es para nosotros, los que nos quedamos al lado de la vida... Supongo que como quizás hubiéramos querido verte envejecer –la verdad no sé para qué- entonces nos descubrimos a nosotros mismos, en la intimidad de nuestra soledad, pensando qué fue lo que no hicimos, lo que no dijimos, lo que faltó para ofrecerte, lo que no te brindamos. Porque el suicidio trae consigo esas culpitas desgraciadas que exterminan el sueño. ¡Como si no hubiera sido tu decisión! Al parecer, nos queremos apegar a la idea de que fue un acto irracional del momento; queremos pensar que te desesperaste, que te perdiste y ahí se te derritió la vida. Pero, yo la verdad, creo que no. Siempre te gustó mucho la otra orilla.

Me salvo un poco del dolor que causa el suicidio, porque estoy segura de que sólo viví con vos lo que pudimos y quisimos, tanto el uno como el otro y eso no me crea remordimientos ni se los debería crear a nadie. Al contrario, eso en cierto modo me deja en paz y sé que también a vos. Eso no quiere decir que no te haya llorado pues al contrario creo haber padecido una avalancha de lágrimas incontrolable por más de tres días (o tres meses como hoy). Pensé que esa avalancha iba a hacer muchos estragos internos pero al contrario me lavó el dolor. Le quitó un poco la oscuridad y el miedo. Pero creo que todos los que te historizamos y a los que vos nos historizaste, hemos sufrido del mismo mal. Si pudieras volver a hablarnos nos dirías, en especial a tu papá, que esté tranquilo, que 29 años también son suficientes. Que no hay que cumplir cincuenta, ni ochenta, ni cien. Qué así lo querías vos porque fuiste un rebelde de nacimiento. Nos dirías que nadie puede obligar a nadie a vivir más de lo que puede y quiere. Viviste y moriste plenamente.
Las cédulas de ciudadanía deberían tener algunos rasgos identitarios. La tuya diría por ejemplo: hermoso, rebelde y juguetón.

Posdata 1: Tu árbol de mandarina está creciendo en nuestra finca. 

Posdata 2: Recorrí tu cara y tu sonrisa en estas fotografías. Te quiero Dani. 




1 comentario:

  1. Me gustó tu carta. Tiene los ingredientes del amor, la nostalgia, la tristeza y la despedida... Tiene la sazón del fuego purificador aliñado con los aromáticos recuerdos de jironcitos de vida con sus alegrías, rabias, dudas y certezas. Me encantan las avalanchas de lágrimas cuando llegan porque lavan los caos del alma para darle paso a la apaciguada calma de los recuerdos gratos. Abrazos.

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