Paula me sorprendió un lunes pasado diciéndome
que por un tiempo me le había convertido en sus lecturas nocturnas. Y me
sugirió que volviera a escribir. Sólo hasta ahí llegó nuestra conversación.
Al parecer
no le presté mucha atención. Pero era mentiras.
Igual que en
las cuerdas de una guitarra algo de su mensaje quedó vibrando adentro de mí.
¿Qué fue? No lo sé. Sé que nacieron preguntas: ¿Por qué me leyó? ¿Qué
imagen de mi viajó hasta ella? Ay…Si yo pudiera verme en el espejo de su
lectura…
Pero bueno,
aquí estoy hoy. Intentando de nuevo escribir, sobreponerme a esas últimas
letras escritas para mi Dani. Deseando abrir de nuevo el cierre de mis
palabras en este viejo blog. Lo hago con sumo cuidado para no dañarlas, para no
espantarlas. Y aun así, ellas no salen, no balbucean, no susurran, no
gritan.
Ay, mis palabras escritas. ¿Dónde están? Las
busco, las convoco, intento librarlas del mutismo, quizá del vacío, del dolor,
del todo o de la nada... Abro el cierre, y las empujo hacia afuera, trato
de darles confianza para poder leerlas de nuevo, y ellas, tal vez con miedo a
no saber decir nada, se ocultan como peces en un río profundo y caudaloso.
Las siento desconfiadas, asustadas, espantadas. Sé
que están ahí. Aún no quieren contar nada. ¿A qué le temen mis pobres palabras
escritas?
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