Espacio para opinar y reflexionar sobre la vida, la educación, los tiempos actuales... Marta Inés Tirado Gallego: mitiradog@gmail.com
domingo, 12 de abril de 2020
Para leer con ojos ajenos (17)
Cátedra Lectores y Lecturas: Inés Posada Agudelo. Jorge Luis Borges. La poesía de una idea. Agosto 2019
La autora inicia su conferencia aludiendo al miedo que le produce “la soledad de este lado de la mesa”.
Pensé de inmediato que sería un bello título para una novela.
¿Cuántas veces en mi vida he tenido esa misma sensación? Recuerdo mi primer "lado de la mesa". Se trataba de mi pupitre de infancia. Un señor de traje demasiado gris, me daba instrucciones para hacerme la foto del kínder. Exigía a todos la misma posición, la misma mirada, la media sonrisa ordenada, el mismo pupitre... Ojalá hubiera buscado capturar el inicio de mis estudios, mi perplejidad, mi asombro o mi miedo en ese lado de la mesa. Hoy pienso en él y me pregunto cuántas veces se está en la vida a un lado o al otro, viviendo la misma soledad, el mismo espanto, el mismo desconcierto. Concluyo brevemente que nada garantiza la compañía, y vuelvo entonces a la conferencia.
Inés, mi tocaya, de voz apacible y piel bastante blanca-rosa, a quien me acerco por primera vez, recomienda entrar gradualmente a Borges. Quiere regalarnos “el amor de Borges”, es decir, "su" amor por Borges.
Pensé lo más ocultamente posible, que ella me iba a interrumpir muchas veces en esta conferencia. ¿O será al contrario? ¿Soy yo la que la interrumpo? Sólo van tres minutos y ya me ha lanzado de bruces a mi infancia. Yo escribo mientras la escucho.
Habla de la dificultad que resulta para algunos la lectura de Borges por sus poéticas del tiempo y el espacio, por su ser hombre de letras, por sus ideas metafísicas y filosóficas.
Vuelvo a balancearme entre mis recuerdos para traer a la memoria aquel momento en que por primera vez me encontré a Yourcenar, con sus hermosas Memorias de Adriano. Recuerdo haber iniciado el capítulo 1 varias veces. Y sin saber por qué, ella siempre me expulsaba. La sentí soberbia, arrogante, egoísta. Me negué tajantemente a que no me dejara entrar en su obra pues la sabía de letras largas y profundas. Volvía una y otra vez a tocarle la puerta, hasta que un día, no sé cómo, ella abrió, y desde entonces me enamoré de su escritura. Dibujé en la primera página un mensaje con forma de señal de tránsito que decía: “Prohibido leer más de dos hojas diarias”. Sabía que con ella no podía correr porque me abandonaría de inmediato. Igual que Borges. A esas alturas de mi vida yo ya había aprendido a amar la lentitud en la lectura y el deleite de detenerse. Podía llevar conmigo un solo libro durante semanas, como un amigo secreto que se lleva pegado al cuerpo para que nos susurre lo más inesperado, cualquier palabra, cualquier idea que nos con-mueva por dentro y nos transforme, cualquier imagen o gesto que nos cambie.
Pues bien, volviendo al Borges de Inés, ella recomienda entrar a él por el camino de su poesía; afirma que él “lo descoloca a uno”, “lo asalta”, por su actitud pensadora, por la belleza que hace sentir, por su corazón de niño, por sus gestos hacia el misterio y hacia lo bello, por la relación con la ceguera, por ser poeta y provocador. Borges, dice ella, le enseña a uno a leer. Él adjetiva con palabras precisas, porque es “sentencioso” y lo pone a uno a pensar cosas; ella lo ama por sus palabras matizadas y llenas de poesía, sus gestos poéticos que llevan a leer las cosas pequeñas, en los rincones del pensamiento.
Cita el poema El Tango para hacer énfasis en su hermosa metáfora que dice que estamos hechos de polvo y tiempo. Y afirma que la pasión de Borges está centrada en el tiempo, la memoria, la identidad, el olvido, la causalidad: la imposibilidad humana de vivir la simultaneidad, la conexión existente entre todas las cosas.
Inés también confiesa su amor por Whitman porque, dice ella, habla “de todo”. Toca todos los temas, entrega el efecto de las ideas actuando sobre la vida. Y luego afirma con Borges, que uno no debe escribir en el momento de la emoción. Hay que esperar que la emoción decante. Pensar. Y añade, para Borges pensar es emocionante, entretenido, es el placer de la inteligencia.
Yo vuelvo a fugarme y pienso que para mi pensar en medio del fulgor de la emoción es en cambio una fortaleza, como una especie de droga que exalta y aviva el ánimo, que despierta el gusto, que activa las relaciones más inesperadas y sorpresivas. La emoción me hace temblar el pensamiento como en un estado febril donde se agolpan las ideas, como en un juego, como en una danza, como en un concierto. Y para mi eso está bien. Me gusta sentir la viveza y sensibilidad del pensamiento. Tal vez por eso me gusta escribir en este blog sobre lo que me hace pensar y sentir una conferencia. No despliego autores. Me quedo con el sentimiento del pensamiento.
Ella admira a los filósofos por su capacidad de no perderse en el camino, mientras a sí misma se describe desordenada.
Afirma que si tuviera que elegir un poema, elegiría el Sur y agrega: las palabras monosílabas son muy bonitas. Estoy de acuerdo con ella. El AÚN para mí es quizás la palabra más hermosa del Castellano por todo el tiempo que es capaz de albergar.
Inés dice que para Borges, el Sur es un punto ontológico. Aún así, termina la conferencia con el poema Las causas
Doris Aguirre, su comentadora y provocadora del diálogo, señala los múltiples caminos para abordar la obra de Borges, el amado, el odiado, el "sin tintas medias" y agradece el fervor en la lectura de Inés. Afirma que a Borges hay que pensarlo desde las poéticas: del espacio, del tiempo, de la sensación y las sensibilidades. Y comenta que Borges habla del arte como espejo que nos revela nuestra propia cara. Pregunta por las fronteras entre los géneros literarios (14 libros de poemas, 6 de cuentos, 12 libros de prólogos y de ensayos) e invita a Inés a hablar de los prólogos y del Borges maestro. Inés afirma que los prólogos de Borges son realmente las puertas de entrada y a la vez son preciosas clases de literatura en los cuales además enseña el valor del amor por algo, el placer del texto, la libertad, las pasiones y los odios.
Queda mi pensamiento deslizándose sobre las dudas desde el primer momento en que fue leído en la conferencia el fragmento del poema Amanecer que dice:"...las ideas que no son eternas como el mármol sino inmortales como un bosque o un río". Este fragmento me increpa y me avergüenza pues me pregunto si mi joven lectura del cuento El Inmortal fue tan ingenua que no alcancé a captar realmente el tiempo del que parece hablar Borges en oposición a lo eterno. ¿Inmortal y eterno se contraponen? Tal vez, parece estar claro, es que el segundo ni siquiera contempla la muerte. ¿O sí? Y como dice el cuento de Borges: "Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal".
sábado, 11 de abril de 2020
Pensamientos en cuarentena
Llevo encerrada, en modo auto-aislada 27 días continuos sin salir a nada de manera presencial pero transitando como loca por los libros, los chats de los amigos, las redes sociales y los lugares comunes de mi trabajo.
He seguido de cerca muchas conversaciones, opiniones, informes sobre la pandemia ocasionada por el COVID 19. Al día de hoy van 1.688.985 personas infectadas, 104.831 muertos, 383.319 recuperados y 1.200.835 "casos activos". Todas son cifras desconcertantes. (Ver: The Coronavirus App)
Me he encontrado a mí misma aprovechando secreta y descaradamente esta catástrofe para por fin estudiar geografía y saber dónde queda éste o aquel estado, sumada a una extraña compulsión por revisar a diario cuantos infectados lleva el mundo, en cuántos días, cuántos se han muerto y cuántos se han recuperado. Aún no logro entender por qué acudo a esas estadísticas si sé que las cifras me dejan suspendida en un tiempo individual que pasa demasiado lento y que además, anuncia el tiempo sin tiempo ante el que estamos como humanidad. Tal vez se trata del asombro, tal vez del miedo. La velocidad en los cambios es vertiginosa. La tríada infectados-muertos-recuperados nos obliga a replantear a diario nuestra idea de mundo, donde nada está seguro, ni siquiera las palabras significan lo mismo de un día para otro. Los sinónimos se deslizan como queriendo percibir diferentes relidades.
Un coro planetario canta con dolor la misma preocupación, la misma súplica, la misma plegaria: “Quédate en casa”. La razón… es que la muerte anda suelta haciendo de las suyas. Y con apoyo de las tecnologías todos sabemos de las masivas muertes ajenas.
Pasamos del chiste al miedo y del miedo al horror, al sufrimiento.
El chiste intenta liberarnos del miedo y se convierte lentamente en un excelente aliado de la salud mental. Viene de Asia y de Europa, y se entiende perfecto en cualquier parte de América. El chiste y la risa son un lenguaje universal, tan potentes como el sufrimiento y el dolor. Ahora todos andan juntos. Han estrechado su amistad. Se turnan durante el día. La risa funciona antes de la muerte de las personas cercanas o amadas. En ese momento la risa calla y se hunde en un silencio literalmete sepulcral. Después habita solo la desolación. Y lo que empezó con una mirada a lo lejos, de algo que les pasaba a otros, es algo que hoy nos pasa a todos sin importar si somos niños, maestros, gobernantes o asesinos.
Qué cortas se han vuelto las distancias. De pronto, como siempre debía ser, todos somos uno. Y nos cuidamos los unos a los otros, y nos enfurece que otros en cambio no se cuiden a sí mismos. De pronto todos somos un solo continente. Los mapas de los territorios no desaparecen pero emerge una mancha estadística por encima de ellos que nos unifica, no como razas, ni como pueblos, ni como culturas, sino como humanidad. De pronto, más allá de los mapas emerge también el espacio de la intimidad abierta como una flor, como el olor de una sopa caliente para todos. Y conocemos las salas, las alcobas, las bibliotecas de amigos y desconocidos. Todos mostramos a través de una pantalla cómo vivimos y qué objetos valoramos en la intimidad de nuestro hogar. Como se trata de una emergencia mundial, no importa, no desconfiamos, nos mostramos. Algunos rostros, mucho de ellos, se presentan limpios y sin máscaras, con un brillo inusual y hermoso sin maquillajes. Algo de las bondades colectivas retoñan. Recuperamos la confianza en el otro como prójimo (próximo) y volvemos a hablar de familia, amigos, hogar, humanidad. Nos acompañamos para seguir viviendo. Creamos la ilusión de una cercanía suficiente para compensar la soledad de los abrazos y las caricias, las delicias de saludar sintiendo la mano, el cuerpo y las risas de los demás que han dejado de ser "de-más".
La cultura en sus diversas expresiones se ofrece como alternativa para no morir de soledad, para aliviar pesadumbres y malestares sociales. Y los museos se abren al igual que las bibliotecas, el músico toca desde su estudio, el poeta comparte sus pensamientos, los maestros continúan con sus clases a tientas desde la virtualidad.
Ah, la virtualidad. Cuántas cosas habrá qué decir de ella, para la educación, para la cultura, para la dominación y la domesticación. Cuántas cosas nos quedan apenas por empezar a pensar. Aún no sabemos decir a ciencia cierta qué tan positivo o negativo es esto que nos está pasando como humanidad. Aún no sabemos si de verdad hemos cambiado, si realmente el mundo será otro cuando salgamos del "tele" mundo, de la pos-moderna caverna sin Platón.
martes, 30 de julio de 2019
Apuntes para leer con ojos ajenos (10)
La vocación de escritor, de un ferviente lector. José Lezama Lima. Por: Eufrasio Guzmán
Esta vez comenzaré con el final, es decir, contaré qué pasó varias semanas después de finalizada la conferencia. Sabía que en alguna parte de mi biblioteca había un libro no leído de Lezama Lima. No me preocupé mucho por encontrarlo en principio. Pero poco a poco se fue volviendo como un pequeño imperativo. A ratos sentía que ardía en deseos de encontrarlo. Pero el ardor se me quitaba. Daba una primera revisión a mi biblioteca (repartida en varios lugares de la casa) y nada. ¿Dónde puede estar? Quizá no tengo nada de este autor me decía a mi misma y me desentendía de nuevo. Si lo encuentro, creo que quiero leerlo con suavidad y lentitud. Al cabo de volverme a acordar y olvidarme de nuevo, y volverlo a buscar... lo encontré entre muchos otros libros que sé a ciencia cierta que me están esperando para cuando me termine de llegar mi tiempo de ocio sagrado, en el que aspiro a leer de nuevo muchos textos ya leídos (en especial a Freud con la mirada de vejez que ahora tengo) y a descubrir otros que jamás ni siquiera desempaqué. Falta poco. Creo que es ya casi, es en breve, como le llegó al Quijote su momento sagrado de leer hasta "enloquecer".
Eureka. Lo encontré. Es un libro maravilloso de pasta gris verdosa. He de confesar que tal portada fofa y fría no invita a la lectura. Pero su titulo sí. Se llama ALBUM DE LOS AMIGOS. Ese sí que es un bello título una vez se abre el libro y emergen el colectivo de amigos. Fue un regalo de Jana Cazalla, mi tutora de tesis doctoral en el 2003. Lezama nada tenía que ver con mi doctorado. Fué sólo un regalo que guardé con afecto, y que fue producido en mi querida ciudad de Valencia, España, en la Universidad Politécnica de Valencia. Los investigadores de este bello trabajo son Diana María Ivizate González e Iván González Cruz.
El libro recoge un magnífico epistolario y revela los escritos a puño y letra de amigos, admiradores y extraños de Lezama a lo largo de su vida. Compila pequeñas reseñas, declaraciones de amistad profunda, letras y caligrafías del afecto y la admiración, dibujos, líneas y trazos como de esos que se hacen bellamente en servilletas en momentos sagrados de ocio o de fugaces conversaciones en cualquier cafetería. Son 319 páginas sin igual. Me pregunto: ¿Dónde está Lezama? En la lectura de sus amigos y extraños. Muchos autores desconocidos, casi todos, y algunos pocos, bastante pocos, me resultan algo más familiares como Julio Cortázar, Ernesto Cardenal, Nicolás Guillen, Gabriel García Márquez. Ah, cuántos deseos tengo de leerlo.
Mientras tanto volveré a la provocadora conferencia. Esta inicia con una lectura del profe Eufrasio, un profe de vieja data del Instituto de Filosofía de la UdeA. Cada que lo veo no puedo comprender porqué me cuesta tanto recordarlo más jóven, más delgado, quizás menos severa su mirada. Es como si la imagen de ahora me borrara del todo su recuerdo por los pasillos del bloque 12 de la Udea.
Bella la manera como el profe cita a sus alumnos; bella la manera de envolvernos suavemente en la mitología, lo apolíneo, el eros.
Alude a Freud y su abandono del lenguaje de la ciencia médica para resaltar acto seguido, cómo ingresa en en el lenguaje de la cultura, del eros y del thánatos, de la tragedia griega. Por supuesto en ese mismo escenario hace entrar a Nietzsche, contemporáneo de Freud, pensador similar y amante de la tragedia para recordar la figura de un toro con cuernos.
Y dice que Lezama piensa la cultura desde Hermes, igual que Giordano Bruno quien también es "hermético", igual que Michel Serres.
Alude a sus propios libros para confesar que Lezama ha sido un mojón para pensar la cultura occidental. Lezama es un autor que se mete en la historia de los dioses, los reinterpreta, los relee, y crea el mitoanálisis. Cita a León de Greif y algunas de sus epifanías.
Afirma que la obra de Lezama tiene mucho que ver con el amor, en particular el amor a la familia. Siente el imperativo de su madre de tener que contar la tragedia de su familia con la muerte de su padre.
Habla de José Manuel Arango como un evaluador de uno de sus textos y lo presenta como un hombre de varios dioses. Afirma: leer la cultura en clave hermética fue muy revelador para José Manuel Arango aunque hizo su obra más densa.
Alude a la amistad, al coro asimilado al canto coral del fútbol donde la multitud se reúne en una sola voz. Y la conferencia se va convirtiendo en un paseo por diversos autores y poetas.
Declara que la dignidad de la poesía es resaltada contundentemente por Lezama quien se refiere al hecho de NO MATAR ya que en él hay una conexión profunda con la vida y con no aceptar los callejones oscuros del realismo. El afrontamiento de la pobreza con la poesía como dignificación de la vida humana, es otra de las lecturas que se hace del pensamiento de Lezama. Así, el arte, la plástica, el ensayo, convertir la poesía en un modo de vida, va a ser el norte y el eje de su compromiso vital. Es la ética del artista: concentrarse en su obra. La poesía como resistencia está asociada a resistir frente a todos los embates que niegan o dificultan la vida.
Lezama no es un autor católico. Habla de resurrección pero asociada al ejercicio del arte, la poesía como un elemneto para construir el paraíso que contiene la intensidad. La idea de trascendencia y resistencia frente a la idea de la muerte. Se opone a Heidegger de que somos un ser para la muerte pues cree en la vida, lucha contra el vacío, mantiene una confianza profunda en la expresión poética. El canto a la casa, como la que vivía en su casa, se podía ver la luz, la casa es un triunfo del ser humano frente a la avasayante presencia de la selva.
Nace entonces mi curiosidad por ver que aparece en wikipedia a la que yo no satanizo sino que la veo como un bául lleno de cosas útiles e inútiles, porque en verdad uno se encuentra allí aproximaciones y sugerencias que resultan muy poderosas y sugestivas si uno quiere seguir buscando. Y mi sorpresa mayor es encontrar una cascada de comentarios deliciosos e incitadores para buscar la lectura de Lezama. No sabía que había tanta escritura sobre este autor. Lo celebro.
Apuntes para leer con ojos ajenos (4)
La conferencia a la que aludo hoy es a la de Carolina Sanin sobre Viaje a Pie de Fernando González, cuarta en la serie de encuentros de Lectores y lecturas.
Carolina misma es una invitación a la lectura. Su tono de voz, su escritura, el entramado cuidadoso de las palabras, sus temas, sus preguntas. Me resulta profunda, casi abismal. Cada interrogante suyo me estrella contra el silencio. ¿Cómo hablar, cómo escribir si apenas la estoy escuchando por primera vez, si no he caminado jamás con ella?
Ella habla del Viaje a pie de Fernando González y de todos aquellos que caminan su propia escritura. Introduce pequeños ruidos secos como de gusanos de seda comiéndose las tiernas hojas biches de mis preguntas. Cuando quiere, se detiene para detener el caminar de Fernando y de la nada lo propone en "un presente eterno", en el lugar de la "contemplación".
¿Cómo es posible caminar y contemplar a la vez, ambas expresiones presentadas en el sentido del "recogimiento"? ¿Acaso el recogimiento no requiere de la dulce quietud, de la lentitud, del des-apresurar la vida? ¿Y cómo esa dulce quietud sin embargo, se desplaza, se expande, va, se detiene, recolecta, asciende, baja, se pierde? ¡Qué bella su idea de ascenso al mar! ¿Acaso no ve Carolina que no puedo seguirle el paso? Va demasiado aprisa entre Fernando, Petrarca y Dante. Entre Thoreau y Rousseau... y al final cita a Werner Herzog. Sus palabras ascienden, escalan, bajan, trepan, van al infierno sin tiempo, viajan al purgatorio donde se espera y se redime, donde se tiene tiempo de más, donde hay tal vez una segunda oportunidad.
Presenta al caminante como ese que recolecta cosas, miradas, anécdotas, recuerdos, sabores, sensaciones, ausencias, paisajes, ideas... Claro, ideas. De eso se trata la conferencia. Pero ideas con territorio, con lugar y fecha de nacimiento. Ideas con caminos, aunque Serrat diga y cante lo contrario. Ideas con horizontes como los que plantea Gadamer para la comprensión. Ideas con tiempo, con la noción de día, de amaneceres, de vuelta a empezar. Dormir y despertar, empezar de nuevo para seguir el viaje.
Mientras tanto yo me ausento un momento para preguntarme: ¿Camina también el "habitante de calle"? ¿Busca él ganar ideas o quizá perderse en ellas, o lo que es más, busca perderlas, des-hacerse de las ideas que no sirven para la vida diaria en la calle, en la droga, en la miseria, en el olvido y en la negación? ¿Son ideas o son dolores? ¿Ahí estará la diferencia entre el caminar del filósofo y el deambular solitario, perdido, ausente de sí mismo y olvidado por todos los demás del habitante de calle? ¿Camina el desplazado que va sin ninguna pertenencia y que sale a las tres de la mañana porque le anuncian su inminente muerte? ¿caminan las víctimas? En secreto pienso que que hay entonces un caminar de estrato alto y otros muchos del mundo del subsuelo.
Me sorprende esta especie de viaje a pie por la obra de Fernando.
Carolina despliega una gran baraja de términos asociados al caminar y al tiempo. Por ejemplo el peregrino que camina para redimir su destino, para borrar su historia, para subvertir el tiempo que pasó; el migrante, el turista, el viajero, el paseante, el pasajero, el caminante...
Y ella insiste: son libros de caminatas (no de viajes, aclara ella, aunque justo el libro en cuestión se llame Viaje a pie); son memorias no autobiográficas sino "del pensamiento". Son relatos de viaje que permiten ver-se de lejos aunque en medio de la fascinación por la naturaleza "para encontrase como parte de esa naturaleza"; reconocer el cuerpo y su agotamiento o su resistencia, tal vez es un ver caminar la mortalidad al lado, como su sombra. Preguntarse qué es un día, qué es el momento crepuscular del caminante como si el "giro completo de la tierra" fuera metáfora suficiente para pensar en el tiempo de "una vida".
Me interesa mucho este coqueteo de Carolina con el tiempo. Por eso salgo a buscar sus libros y artículos para esculcarla por dentro. Me encanta el público y sus preguntas.
Apuntes para leer con ojos ajenos (12)
Dudar del mandato. El patriarca en Manuel Mejía Vallejo. Por: Eliana María Urrego Arango
Volvió de un sólo golpe de conferencia el recuerdo de ese señor alto, bonito, gallardo, elegante, fumador, y creo que hasta gracioso. Volvió el recuerdo de la Biblioteca Pública Piloto y las conversaciones amenas de los amigos en público, tal como Juan Luis Mejía se declaraba con respecto a él. Volvió un deseo de leer a Mejía Vallejo, ahora con los ojos de esta adultez que me alborota el alma cada que voy a la cita de Lectores y Lecturas.
Manuel Mejía Vallejo ese era ese señor al que me refería y Eliana María Urrego Arango la conferencista.
Cuando entré me advirtieron: es psicóloga. Qué bien, dije con algo de extrañeza por el comentario y puse su título en la silla del lado para que no me estorbara. De hecho casi he tomado la decisión de no llegar temprano a la lectura del currículo del conferenciante, a la presentación del Lector de turno, pues quiero jugar a escuchar al otro sin currículo, sin presentación, sin historia. No quiero saber si su lectura es hija de un doctorado, o hija del sillón de la sala, o de la cafetería de un parque central en un pueblo lejano.
Cuando veo a Eliana con su vestido rojo de manga sisa y su cabello rizado me gusta su figura. Creo que nos conocemos, creo que hemos coincidido en algún momento de nuestras vidas, pero no logro recordar. Me da vergüenza preguntarle. Pero se que hubo un momento largo de mi vida en que coincidimos en alegrías y amigos. Por este lado no diré nada más.
Me gusta su dramaturgia y expresión corporal para exponer. Es como si tuviera una juventud detenida, abrazada, encarcelada. La voz, la frescura, la poca postura de doctora es encantadora. Se habla a así misma con ese dejo que tenemos los antioqueños y que Carlos Mario Aguirre caricaturiza tan graciosamente en sus obras de teatro.
Su pregunta es por los hombres de las novelas colombianas y las figuras masculinas, por eso de ¿Qué es ser un hombre? Recordé que en mi formación como psicóloga me pregunté por lo femenino y curiosamente apenas hoy caigo en cuenta que jamás pensé que podía preguntarme por lo masculino. Como si lo masculino estuviera muy claro y el gran enigma fuera sólo lo femenino, tal como aprendí a la sombra de la letra de Freud, Lacan y mis profes (hombres) de psicoanálisis .
Eliana invita a la conferencia al coronel Aureliano Buen Día, personaje de Gabriel García Márquez y Maqroll el Gaviero, personaje de Álvaro Mutis. Dice que son dos obras de dos hombres hablados por sus hombres. Encuentra en ellas y en las de Mejía Vallejo una visión del hombre latinoamericano, una presencia masculina que va mostrando características de hombres derrotados, con proyectos fracasados, provenientes de pueblos, vinculados a cantinas y prostíbulos, homosexuales algunos, cuchilleros casi todos, figuras de gamonales o de hombres sin lugar... Hombres que responden al mandato de la cultura y de la familia antioqueña para la cual el valor principal y más importante es la riqueza, tal como lo afirma ella de la mano de la antropóloga Virginia Gutiérrez de Pineda quien arriesga la tesis de que la organización de la familia antioqueña parte de la riqueza como valor.
Eliana habla de su tesis doctoral escrita a partir de Balandú y el espacio imaginario creado por Manuel Mejía Vallejo. Menciona otras tres obras (las cuales salgo a buscar como loca y a leer reseñas o estudios sobre cada una de ellas): El día señalado (Premio Nadal 1963); Aire de tango y la Casa de las dos Palmas. En ellas hay plasmada una imagen cercana de la violencia en Colombia, de cómo la venganza hace parte de un círculo imposible de evitar; habla de los hombres y del patriarca, de las generaciones que le siguen (los Herreros) para explicar con ellas como cambia el mandato entre generaciones coincidiendo con ello el tránsito que se da desde la tenencia y el cuidado de la tierra hasta el cambio de valorar la industria como lugar para conseguir fortunas, el poco valor que empieza a tener el poder y la pregunta por la "maldición" para quienes no logran sostener el patriarcado. Un patriarcado que se va también desfigurando con el alcohol y del cual emerge una especie de antecedente del narcotráfico.
Hay claro está, pocas alusiones al rol de las mujeres, a sus pocas voces en las obras de los hombres, y emerge la mujer que ve más de la cuenta y justo se queda ciega, la mujer maltratada, la que es silenciada, la mujer bruja o la gran cuidadora que se pregunta por la decencia y cierra para siempre "el baúl de la buena esperanza".
Es delicioso escucharla. Ella lee, se va para los libros y las citas y vuelve con sus preguntas, sus respuestas, sus conclusiones. Mientras eso sus manos danzan al son de sus palabras acompañadas de una mirada abrigadora para el público. Llega entonces la segunda parte, la de la conversación. Lo mejor... ese público que escucha y configura sus preguntas y la oportunidad de ella de ampliar su exposición tan deliciosa.
jueves, 28 de marzo de 2019
Apuntes para leer con ojos ajenos (3)
La tercera conferencia del ciclo de Lectores y lecturas estuvo a cargo de la poeta y ensayista María Clemencia Sánchez. Se titulaba: Helena Araújo. La esposa fugada. Signos de una escritura.
Dos asuntos me resultaron impactantes del encuentro con Clemencia.
Primero, el formato "visual" de la conferencia, donde la mujer de la que se habla hace presencia en primer plano delante de la expositora. Bella imagen de ambas.
Y segundo, la concepción expuesta sobre el exilio como "devenir afuera" que es de lo que se ocupa la tesis doctoral de Clemencia.
La conferencia inicia presentando la manera como Clemencia se aproxima a la obra de Araújo. Da cuenta del interés de ambas en la literatura femenina y en particular en el tema de "la condición femenina". Emergen obras como la Scherezada criolla, La M de las moscas, Fiesta en Teusaquillo (Helena Araújo); El segundo sexo (Simone de Beauvoir), Un cuarto propio (V. Woolf), Ifigenia (Teresa de la Parra) y autoras como Elisa Mujica y Soledad Acosta de Samper.
Clemencia parece posar su mirada en los personajes de las obras literarias de mujeres, cuando éstos le resultan autorreferenciales, en cierto modo confesionales, autobiográficos, que para el caso de Araújo, la lleva por el camino de la pregunta por el exilio.
Y entonces plantea el exilio como simultaneidad, como extrañeza y a la vez, como forma de conciencia entre un antes y un después. Como un cambio territorial y discursivo. Un "devenir afuera". Bien hasta ahí. Yo creo lo mismo.
Claro, cuando uno sale del país a vivir por un buen tiempo, se produce una especie de toma de conciencia entre el lugar dejado y la emergencia imperativa de la pregunta por la identidad, por las raíces, por su "ser" en relación a otros que son "sus semejantes"; otros que por primera vez quizás, aparecen en la conciencia de uno como "compatriotas", una expresión que se configura y desconfigura incluso con otros "compatriotas" que están igualmente fuera del país, porque en ellos se mueven intereses y miedos, ya que también ellos están re-configurándo-se en relación a otros. Esto es una pre-ocupación inicial que prontamente se abandona o por lo menos se aplaza. Otros asuntos se anudan a la conciencia de sí.
¿Pero... ¿es eso exilio? Yo jamás me pensé así. Por supuesto en mi caso no me empujaba un malestar, una "imposibilidad de seguir siendo" en mi país. Me empujaba un sueño, un ideal de estudiar, de conocer, de aprender. Indudablemente se llega al afuera, al "extranjero" en calidad de externo, inmigrante, extraño. Qué tan amenazante o amistoso resulte ser para los demás, es algo que uno debe aprender a sortear en la cotidianidad. Para eso no hay experiencia previa. Pasa en la relación con el otro, en tiempos y espacios determinados.
En medio de la exposición de Clemencia y los argumentos anecdóticos de la salida de Helena hacia otro país, surge en mi la pregunta ¿qué de su salida se convierte en exilio? Será, como expone Clemencia, porque fue enjuiciada por la iglesia como "indecente", porque se sentía extraña en su propia tierra, porque pidió la separación de su esposo y fue internada en un "sanatorio" o porque sus próximas (las mujeres de su alta sociedad) no entendían de qué hablaba...
Bello el nombre de "La esposa fugada". Pero... ¿"fugada" ha de traducirse como "exiliada"?
Hago libremente una asociación con la pintora Débora Arango y entonces me pregunto si también ella estaba "exiliada" en su propia tierra, en parte enjuiciada por otra mujer "fugada" como era el caso de Marta Traba que en su momento le negó un lugar en la crítica del arte nacional.
Quizá mi desconcierto esté en que yo había reservado para este término algo mucho más contundente, más desgarrador, más trágico si se quiere. Siempre lo había asociado al "desarraigo", al "destierro" voluntario o exigido por múltiples tipos de situaciones, pero en las que la vida misma se encuentra en riesgo. Tal vez porque el exilio político es una idea bastante fuerte en la memoria de los colombianos. Tal vez porque la he escuchado muy ceca del exterminio, de la guerra, de
los despatriados.
De todos modos, y más allá de mi desconcierto, me queda el deseo de leer a esta Helena que Clemencia nos ha presentado
lunes, 25 de marzo de 2019
jueves, 21 de marzo de 2019
Apuntes para leer con ojos ajenos (2)
La conferencia a la que aludo hoy desde mis apuntes, es la de Paloma Pérez quien presentó su texto Oficios afines como pre-texto para conversar con el auditorio. Ella inicia contando cómo fue su tránsito de lectora a escritora. La sensación que Paloma me deja es que sencillamente y sin saberlo, ella, vino a contar-me, no por ser escritora, que no lo soy, sino porque activa en mi viejos recuerdos que yo no sabía ya por dónde estaban.
Inicia con la pregunta. "¿Cuándo empecé a leer? " Se responde "cuando me empezaron a leer". Y comienza una danza de recuerdos de ella sobre el olor de los clásicos antiguos, las ventajas de estar enferma para "leer todo lo que me cayera en las manos" y sus encuentros con la colección de "Selecciones", "Corín Tellado" y Agatha Christie.
Me embelesaba su figura actual, calculadamente desordenada y con un mechón de pelo que invitaba a anidar en él. Intentaba traer a mi memoria la muchachita que conocí estudiando psicología en la universidad. No nos habíamos vuelto a ver desde la época del grado (que en muchas ocasiones termina siendo un acto expulsor). Supe, por su CvLAC (que lo busqué), que ella se graduó después que yo. Y mientras ella hablaba de sí, yo volvía la mirada hacia mi. Era irremediable. Sus preguntas me preguntaban.
Y recordé de inmediato que a mi, mis padres jamás me leyeron, pero me cantaron y me contaron. Mi madre cantaba boleros, música colombiana, y algunas cuantas canciones infantiles. Mi padre inventaba cuentos o contaba las pocas óperas a las que había asistido.
En casa había un libro muy hermoso de las Mil y una noches. Era viejo y deshojado pero tenía las más bellas y brillantes ilustraciones protegidas con "papel de mantequilla" de realces bellamente decorados, como las hojas de los herbarios. Mirarlas en su extraordinaria belleza fue mi manera de leer en mi infancia.
Los pocos libros que reposaban en mi casa estaban en la pieza de atrás, donde se guardaba la ropa de planchar, los sombreros con encajes, los guantes y los tacones de mi mamá. Estaban en el baño, desdeñados, olvidados, inmensamente solos. Sin lectores. Ignorados por casi todos, en cierto modo condenados al exterminio. Yo guardaba entre sus hojas amarillas de bordes oscuros, mis pequeños escritos como un secreto. Estaba segura que allí nadie los podría encontrar. Quizá esos libros los dejó olvidados el abuelo Marcos que era un gran lector según daba cuenta su biblioteca. Su casi profesión de abogado así lo debía haber exigido. Recuerdo también que había un libro prohibido; se llamaba Lo que el cielo no perdona de Ernesto León Herrera. La amenaza del infierno a cambio de leerlo funcionó por muchos años para mi, máxime cuando supe que había sido escrito por un cura rebelde.
En casa de la tía Ester también estaba la colección de Selecciones. Era un gusto leer esa letrica pequeña y las historias cortas pocas páginas antes de los chistes. La colección había que dejarla en paz antes de que llegara la tía. ¿Y los almanaques mundiales. o los Bristol? También esos los leía.
¿Los clásicos? Nada. Ni siquiera los había oído mencionar. La madre de Paloma venía de España y los conocía perfectamente pero la mía venía de Don Matías. Ella era una bachiller de letras verdes, lectora de algunos poemas que alguna vez le encontré.
Paloma sigue su historia dando un salto a la Biblioteca de la UdeA y yo de inmediato doy un brinco adolescente hacia la Biblioteca Pública Piloto. ¿Cómo fui a parar allá? Tal vez mis amigas de colegio me contaron de esos tesoros no escondidos. Esos libros fueron mis amigos por muchos años. Hasta fui empastadora de libros viejos por varios meses. Quería aprender ese oficio hermoso y podía estar más tiempo allá sin levantar sospechas de persona rara. Allí conocí a Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra y otros autores que me regalaron mundos. Más que leerlos, me gustaba oírlos, verlos... Por ese entonces Juan Luis Mejía era el director de la BPP. Ay, qué mono más hermoso, pensaba yo cada que lo veía. Sus entrevistas eran como olas que iban y venían. Qué delicia escucharlo a él también.
En ese momento ya estaba en la UdeA y también en la Escuela Popular de Arte -EPA- donde conocí al luchador/sabedor Chucho Mejía. Las peñas latinoamericanas entraron a mi alma para quedarse como formas de lectura y de disfrute estético.
Y así leí también la música, los poemas de la nueva trova cubana, sumados a Miguel Hernández, Benedetti, Barba Jacob, Robledo Ortíz, Paz... Canté a Serrat a todo pulmón de la misma manera que a Mercedes Sosa; encontré maestros como Elkin Restrepo, Oscar Castro, Marta Vélez...
Descubrí y coleccioné por mucho tiempo la Gaceta universitaria, la revista Alternativa y la Acuarimántima que me moldearon el alma junto con el folclor, Juan G. Rua, Nicolás Buenaventura y Totó la Momposina entre otros. Y la mezcla me hizo aún más rara.
Entonces Paloma me saca de esta lluvia de recuerdos y zas, menciona los gatos de la Universidad de Antioquia y cómo ella se "engatusó" con ellos. Lee su cuento, lentamente, transitando por los graciosos nombres de los gatos según su lugar de residencia, según la Facultad de nacimiento, y en esas, una mujer del público, hermosa de voz y hermosa toda ella, ronronea un poema para su gata Ceniza, "con ojos de cuchillo azul", recién muerta, ofreciéndonos su palabras como fervorosa oración para comulgar en secreto con el auditorio.
Una pausa.
Urge salir a conseguir el texto. Nos encontramos varios escuchas de su conferencia, en la librería. Compramos Oficios afines. Lo hojeamos.
Claro, era de esperarse. Es la vida cotidiana y la cotidianidad de la escritura de Paloma. Hacen presencia la casa, la ropa, el mango, los estudiantes, los viajes, la cocina, los autores, las cerámicas, las bibliotecas, los amigos, la casa, la escritura, los autores, la casa...
Quiero preguntarle, cuando la vuelva a ver, qué palabras hay escritas en su portada. Será por supuesto una terrible indiscreción, porque están sobrepuestas como en un sueño o como en un equívoco. Yo juego a encontrarlas. No son rayones al azar. Nada que ver con la etapa del garabateo. Algo coquetea con la escritura jeroglífica y con los borramientos. ¿Qué dicen? ¿Qué mensaje hay allí por descifrar?
Inicia con la pregunta. "¿Cuándo empecé a leer? " Se responde "cuando me empezaron a leer". Y comienza una danza de recuerdos de ella sobre el olor de los clásicos antiguos, las ventajas de estar enferma para "leer todo lo que me cayera en las manos" y sus encuentros con la colección de "Selecciones", "Corín Tellado" y Agatha Christie.
Me embelesaba su figura actual, calculadamente desordenada y con un mechón de pelo que invitaba a anidar en él. Intentaba traer a mi memoria la muchachita que conocí estudiando psicología en la universidad. No nos habíamos vuelto a ver desde la época del grado (que en muchas ocasiones termina siendo un acto expulsor). Supe, por su CvLAC (que lo busqué), que ella se graduó después que yo. Y mientras ella hablaba de sí, yo volvía la mirada hacia mi. Era irremediable. Sus preguntas me preguntaban.
Y recordé de inmediato que a mi, mis padres jamás me leyeron, pero me cantaron y me contaron. Mi madre cantaba boleros, música colombiana, y algunas cuantas canciones infantiles. Mi padre inventaba cuentos o contaba las pocas óperas a las que había asistido.
En casa había un libro muy hermoso de las Mil y una noches. Era viejo y deshojado pero tenía las más bellas y brillantes ilustraciones protegidas con "papel de mantequilla" de realces bellamente decorados, como las hojas de los herbarios. Mirarlas en su extraordinaria belleza fue mi manera de leer en mi infancia.
Los pocos libros que reposaban en mi casa estaban en la pieza de atrás, donde se guardaba la ropa de planchar, los sombreros con encajes, los guantes y los tacones de mi mamá. Estaban en el baño, desdeñados, olvidados, inmensamente solos. Sin lectores. Ignorados por casi todos, en cierto modo condenados al exterminio. Yo guardaba entre sus hojas amarillas de bordes oscuros, mis pequeños escritos como un secreto. Estaba segura que allí nadie los podría encontrar. Quizá esos libros los dejó olvidados el abuelo Marcos que era un gran lector según daba cuenta su biblioteca. Su casi profesión de abogado así lo debía haber exigido. Recuerdo también que había un libro prohibido; se llamaba Lo que el cielo no perdona de Ernesto León Herrera. La amenaza del infierno a cambio de leerlo funcionó por muchos años para mi, máxime cuando supe que había sido escrito por un cura rebelde.
En casa de la tía Ester también estaba la colección de Selecciones. Era un gusto leer esa letrica pequeña y las historias cortas pocas páginas antes de los chistes. La colección había que dejarla en paz antes de que llegara la tía. ¿Y los almanaques mundiales. o los Bristol? También esos los leía.
¿Los clásicos? Nada. Ni siquiera los había oído mencionar. La madre de Paloma venía de España y los conocía perfectamente pero la mía venía de Don Matías. Ella era una bachiller de letras verdes, lectora de algunos poemas que alguna vez le encontré.
Paloma sigue su historia dando un salto a la Biblioteca de la UdeA y yo de inmediato doy un brinco adolescente hacia la Biblioteca Pública Piloto. ¿Cómo fui a parar allá? Tal vez mis amigas de colegio me contaron de esos tesoros no escondidos. Esos libros fueron mis amigos por muchos años. Hasta fui empastadora de libros viejos por varios meses. Quería aprender ese oficio hermoso y podía estar más tiempo allá sin levantar sospechas de persona rara. Allí conocí a Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra y otros autores que me regalaron mundos. Más que leerlos, me gustaba oírlos, verlos... Por ese entonces Juan Luis Mejía era el director de la BPP. Ay, qué mono más hermoso, pensaba yo cada que lo veía. Sus entrevistas eran como olas que iban y venían. Qué delicia escucharlo a él también.
En ese momento ya estaba en la UdeA y también en la Escuela Popular de Arte -EPA- donde conocí al luchador/sabedor Chucho Mejía. Las peñas latinoamericanas entraron a mi alma para quedarse como formas de lectura y de disfrute estético.
Y así leí también la música, los poemas de la nueva trova cubana, sumados a Miguel Hernández, Benedetti, Barba Jacob, Robledo Ortíz, Paz... Canté a Serrat a todo pulmón de la misma manera que a Mercedes Sosa; encontré maestros como Elkin Restrepo, Oscar Castro, Marta Vélez...
Descubrí y coleccioné por mucho tiempo la Gaceta universitaria, la revista Alternativa y la Acuarimántima que me moldearon el alma junto con el folclor, Juan G. Rua, Nicolás Buenaventura y Totó la Momposina entre otros. Y la mezcla me hizo aún más rara.
Entonces Paloma me saca de esta lluvia de recuerdos y zas, menciona los gatos de la Universidad de Antioquia y cómo ella se "engatusó" con ellos. Lee su cuento, lentamente, transitando por los graciosos nombres de los gatos según su lugar de residencia, según la Facultad de nacimiento, y en esas, una mujer del público, hermosa de voz y hermosa toda ella, ronronea un poema para su gata Ceniza, "con ojos de cuchillo azul", recién muerta, ofreciéndonos su palabras como fervorosa oración para comulgar en secreto con el auditorio.
Una pausa.
Urge salir a conseguir el texto. Nos encontramos varios escuchas de su conferencia, en la librería. Compramos Oficios afines. Lo hojeamos.
Claro, era de esperarse. Es la vida cotidiana y la cotidianidad de la escritura de Paloma. Hacen presencia la casa, la ropa, el mango, los estudiantes, los viajes, la cocina, los autores, las cerámicas, las bibliotecas, los amigos, la casa, la escritura, los autores, la casa...
Quiero preguntarle, cuando la vuelva a ver, qué palabras hay escritas en su portada. Será por supuesto una terrible indiscreción, porque están sobrepuestas como en un sueño o como en un equívoco. Yo juego a encontrarlas. No son rayones al azar. Nada que ver con la etapa del garabateo. Algo coquetea con la escritura jeroglífica y con los borramientos. ¿Qué dicen? ¿Qué mensaje hay allí por descifrar?
martes, 19 de marzo de 2019
Apuntes para leer con ojos ajenos (1)
"La alegría de leer" de Carlos Vásquez
Hoy vuelvo a este blog a consignar algunas palabras que me resuenan desde las voces de los autores-lectores en el ciclo de encuentros: Lectores y lecturas que este semestre estoy vivenciando cada viernes en las mañanas en la UdeA
El primero de estos encuentros, de 15 que serán, fue con Carlos Vásquez quien en su conferencia inaurugal presentó a Elias Canetti: La alegría de leer.
Haré uso sólo de mis apuntes para esta nota y jugaré a juntar los pequeños momentos expositivos del profe, a tejer sus lecturas fragmentadas, a encontrar cadencias... La verdad, yo quería escucharlo, seguirlo a él, más a Canetti. Acercarme por un momento, de manera secreta a su alma de lector, a su hábito de la lectura.
Recuerdos
De entrada recordé la portada del libro que creo haber conocido en la infancia titulado con el mismo nombre de esta conferencia, en donde un grupo de niños van a la escuela con banderas e instrumentos musicales, el mismo que corrí a buscar en internet y con grata sorpresa lo encontré como parte del museo de la Universidad Pedagógica Nacional. Al fijarme en su portada comprendo porqué la diversidad cultural fue la gran ausente en las ilustraciones que acompañaron nuestras lecturas de infancia. Sería muy interesante hacer un estudio sobre este tema.
Recorro página a página el libro escolar La Alegría de leer publicado en 1930 por Evangelista Quintana, y no puedo evitar asombrarme por todo lo que esa cartilla trató de enseñar a los maestros por más de dos décadas como mínimo. Se infiere en ella que leer en el primer año de escuela, está en estrecha relación con la alegría de dibujar, recortar, pegar, escribir... Tal vez por eso el valor del subrayar en la lectura adulta. Me produce una gran ternura hojear el que puede llegar a ser uno de mis primeros contactos con la lectura y la escritura desde el dibujo y los caracteres de las palabras escritas.
Algunas personas me han dicho que tengo letra bonita; otras que tengo letra de monja. Hoy creo saber a ciencia cierta de donde viene en parte mi caligrafía.
Lecturas entre alegría y goce
Me pregunté al principio ¿por qué el profe Carlos le habrá puesto ese nombre a su conferencia? Por qué hacía referencia "al gozo de la lectura" como si alegría y goce significaran lo mismo para él. Y claro, fui entendiendo lentamente mientras él le contaba al auditorio su "fascinación y perturbación" con la obra de Canetti, su "enamoramiento incurable", su "hechizo", sus "encuentros milagrosos" con algunos libros que lograron cambiarle la vida.
Él se refiere a la "alegría de haber haber terminado de leer por segunda vez" la obra de Canetti, que a su vez, es "pura tristeza". Tristeza de no poder "volver a leerlo por primera vez", de perder el inolvidable primer encuentro con su ritmo, sus silencios, su voz, sus escuchas de otros, con la conmoción agitada de los primeros encuentros con un autor que nos salva... Es por eso que un libro se nos vuelve "entrañable" como dice el profe. La alegría de leer es así, "la resurrección de los muertos" tanto del escritor que ya se ha ido y que resucita en las lecturas ajenas, como de nosotros mismos en camino hacia la muerte.
Señala que "Todo acto de lectura es anónimo y gozoso..." y "...hasta los reencuentros desafortunados con la lectura son afortunados." Algo de la noción de goce Lacaniano empuja por hacer presencia.
Dice al inicio que "la preparación de la conferencia hace parte de la conferencia misma" y nos narra sus "reencuentros inesperados" y sus "reencuentros afortunados". Sin mirarnos y con esa voz fuerte pero pausada que lo caracteriza, nos aconseja en secreto, diciéndonos que como lectores debemos "saber escoger, aplazar, integrar, dejar resonar..."
Lectura y cuerpo
Y entonces aparece en su exposición la lectura como cuerpo. ¿Qué nos permite inferir esté subtítulo desde su conferencia?
El profe afirma que "un libro es respiración". Por respiración entiendo aquí latido, emoción, casi desespero; entiendo un correr cálido y fuerte de la sangre del lector avivada por las palabras inesperadas del escritor, que se reescribe a sí mismo palabra por palabra, sentido por sentido.
Por eso él dice: "Leer es acompasar el corazón..." Pero ¿se acompasa con qué o con quién? ¿Será quizás un compás de alientos? Tal vez más eso que el corazón.
Es el cuerpo todo el que presencia la lectura. "La lectura fatiga porque todo el cuerpo se compromete": "la unidad en el alma y en el cuerpo se logra en el acto de leer"; También leer es "escuchar lo inaudible. Es oir lo que no suena". Pero además la lectura es un acto del silencio: "sin silencio no se puede leer". "La lectura lo vuelve a uno parco en el decir" porque "las palabras callan".
Lectura y tiempo
Y entonces el profe hace una hermosa alusión al tiempo. Afirma que los "libros verdaderos nunca se escriben, nunca se terminan".
En la lectura "el tiempo se detiene" o tal vez está en todas sus formas. Es pasado, presente y futuro a la vez. La lectura se parece al juego que hilvana los tiempos. ¿Será eso detenderse?
Para leer ciertamente hay que detenerse, serenarse. Algo de la prisa se pierde o por lo menos se suspende. Sólo cuando el lector está sereno puede entrar al "no saber" embriagante al que nos convoca la lectura. "La lectura densifica las horas, pulveriza la continuidad del tiempo; a veces se estanca, se pierde".
Canetti y Kafka fueron convocados a resucitar en esta conferencia inaugural. También el profe por supuesto, con sus escritura y su lectura. Y como si quisiera que nadie se diera cuenta, el profe cierra con un pregunta: ¿Qué tenemos qué hacer para merecer la alegría?
Hoy vuelvo a este blog a consignar algunas palabras que me resuenan desde las voces de los autores-lectores en el ciclo de encuentros: Lectores y lecturas que este semestre estoy vivenciando cada viernes en las mañanas en la UdeA
El primero de estos encuentros, de 15 que serán, fue con Carlos Vásquez quien en su conferencia inaurugal presentó a Elias Canetti: La alegría de leer.
Haré uso sólo de mis apuntes para esta nota y jugaré a juntar los pequeños momentos expositivos del profe, a tejer sus lecturas fragmentadas, a encontrar cadencias... La verdad, yo quería escucharlo, seguirlo a él, más a Canetti. Acercarme por un momento, de manera secreta a su alma de lector, a su hábito de la lectura.
Recuerdos
De entrada recordé la portada del libro que creo haber conocido en la infancia titulado con el mismo nombre de esta conferencia, en donde un grupo de niños van a la escuela con banderas e instrumentos musicales, el mismo que corrí a buscar en internet y con grata sorpresa lo encontré como parte del museo de la Universidad Pedagógica Nacional. Al fijarme en su portada comprendo porqué la diversidad cultural fue la gran ausente en las ilustraciones que acompañaron nuestras lecturas de infancia. Sería muy interesante hacer un estudio sobre este tema.
Recorro página a página el libro escolar La Alegría de leer publicado en 1930 por Evangelista Quintana, y no puedo evitar asombrarme por todo lo que esa cartilla trató de enseñar a los maestros por más de dos décadas como mínimo. Se infiere en ella que leer en el primer año de escuela, está en estrecha relación con la alegría de dibujar, recortar, pegar, escribir... Tal vez por eso el valor del subrayar en la lectura adulta. Me produce una gran ternura hojear el que puede llegar a ser uno de mis primeros contactos con la lectura y la escritura desde el dibujo y los caracteres de las palabras escritas.
Algunas personas me han dicho que tengo letra bonita; otras que tengo letra de monja. Hoy creo saber a ciencia cierta de donde viene en parte mi caligrafía.
Lecturas entre alegría y goce
Me pregunté al principio ¿por qué el profe Carlos le habrá puesto ese nombre a su conferencia? Por qué hacía referencia "al gozo de la lectura" como si alegría y goce significaran lo mismo para él. Y claro, fui entendiendo lentamente mientras él le contaba al auditorio su "fascinación y perturbación" con la obra de Canetti, su "enamoramiento incurable", su "hechizo", sus "encuentros milagrosos" con algunos libros que lograron cambiarle la vida.
Él se refiere a la "alegría de haber haber terminado de leer por segunda vez" la obra de Canetti, que a su vez, es "pura tristeza". Tristeza de no poder "volver a leerlo por primera vez", de perder el inolvidable primer encuentro con su ritmo, sus silencios, su voz, sus escuchas de otros, con la conmoción agitada de los primeros encuentros con un autor que nos salva... Es por eso que un libro se nos vuelve "entrañable" como dice el profe. La alegría de leer es así, "la resurrección de los muertos" tanto del escritor que ya se ha ido y que resucita en las lecturas ajenas, como de nosotros mismos en camino hacia la muerte.
Señala que "Todo acto de lectura es anónimo y gozoso..." y "...hasta los reencuentros desafortunados con la lectura son afortunados." Algo de la noción de goce Lacaniano empuja por hacer presencia.
Dice al inicio que "la preparación de la conferencia hace parte de la conferencia misma" y nos narra sus "reencuentros inesperados" y sus "reencuentros afortunados". Sin mirarnos y con esa voz fuerte pero pausada que lo caracteriza, nos aconseja en secreto, diciéndonos que como lectores debemos "saber escoger, aplazar, integrar, dejar resonar..."
Lectura y cuerpo
Y entonces aparece en su exposición la lectura como cuerpo. ¿Qué nos permite inferir esté subtítulo desde su conferencia?
El profe afirma que "un libro es respiración". Por respiración entiendo aquí latido, emoción, casi desespero; entiendo un correr cálido y fuerte de la sangre del lector avivada por las palabras inesperadas del escritor, que se reescribe a sí mismo palabra por palabra, sentido por sentido.
Por eso él dice: "Leer es acompasar el corazón..." Pero ¿se acompasa con qué o con quién? ¿Será quizás un compás de alientos? Tal vez más eso que el corazón.
Es el cuerpo todo el que presencia la lectura. "La lectura fatiga porque todo el cuerpo se compromete": "la unidad en el alma y en el cuerpo se logra en el acto de leer"; También leer es "escuchar lo inaudible. Es oir lo que no suena". Pero además la lectura es un acto del silencio: "sin silencio no se puede leer". "La lectura lo vuelve a uno parco en el decir" porque "las palabras callan".
Lectura y tiempo
Y entonces el profe hace una hermosa alusión al tiempo. Afirma que los "libros verdaderos nunca se escriben, nunca se terminan".
En la lectura "el tiempo se detiene" o tal vez está en todas sus formas. Es pasado, presente y futuro a la vez. La lectura se parece al juego que hilvana los tiempos. ¿Será eso detenderse?
Para leer ciertamente hay que detenerse, serenarse. Algo de la prisa se pierde o por lo menos se suspende. Sólo cuando el lector está sereno puede entrar al "no saber" embriagante al que nos convoca la lectura. "La lectura densifica las horas, pulveriza la continuidad del tiempo; a veces se estanca, se pierde".
Canetti y Kafka fueron convocados a resucitar en esta conferencia inaugural. También el profe por supuesto, con sus escritura y su lectura. Y como si quisiera que nadie se diera cuenta, el profe cierra con un pregunta: ¿Qué tenemos qué hacer para merecer la alegría?
sábado, 3 de noviembre de 2018
Liberar la esperanza
Ayer fue un día grandioso para mi historia universitaria.
He pasado más de la mitad de mi vida siendo UdeA. Al principio la soñé y la vi desde el lugar del ideal siendo apenas una adolescente. Acaricié la idea de "pasar" a la UdeA. Me presenté una vez y otra vez hasta que por fin "pasé". Mientras eso, conseguí los cuadernillos de ofertas de cursos "optativos" y comencé a recorrer cuatro caminos: filosofía, literatura, antropología y psicología. Eran cursos generales para toda la universidad y se convirtieron en mis grandes mundos por explorar. Jamás me presenté a otra carrera pues no creía en "segunda opción". Sólo quería psicología y en la UdeA. Nunca me presenté a otra universidad. Ya no recuerdo dónde nació esa obstinación que marcó el resto de mi existencia. Supongo que fue en el patio de recreo con mis amigas de colegio.
Siempre pensé que tuve los mejores maestros. Incluso cuando eran malos, que los había, les pedía la bibliografía del curso y yo me encargaba del resto.
Asistir a los cursos de filosofía fue toda una fascinación. Descubrí con Gustavo Valencia a Piaget y con éste la estructuración de las nociones de objeto, espacio, causalidad y tiempo. Ahhh... mi primer acercamiento a la pregunta por el tiempo. Luego descubrí a Kuhn y la noción de paradigmas con el profe Fabio y a Nietzsche con el enigmático e irónico Jorge Mario Mejía. Me divertía mucho en sus clases por sus obstinados silencios que desestabilizaban a casi todo el grupo. Podía quedarse callado 15 o 20 minutos mirando su texto y con una mueca burlona reflejada en su cara para quienes no soportaban esos periodos de clase "sin palabras". Y así fui entrando lentamente en grandes preguntas. ¡Qué delicia y qué locura!
Mientras eso conocí a Elkin Restrepo. Sus clases eran tan fascinantes como un juego. Recuerdo que llegaba con una fotografía de su poeta preferida y luego de mostrárnosla y hablar de su belleza física por un buen rato, nos contaba sus poemas con emoción profunda y zas... la clase terminaba. Justo allí donde uno quería que siguiera, que jamás terminara esa dulce danza de palabras. Por el mismo tiempo otra oferta de locura, descubriendo la literatura prehispánica con Oscar Castro. ¡Qué maravilla ese Popol Vuh, libro sagrado de los Mayas! Otra puerta abierta para mi lectura del tiempo. ¿Cómo no amar una universidad así? ¿Cómo no quedarme días y noches transitando entre las aulas con sillas de madera y espaldar alto, incursionar en la biblioteca, el museo, o con-versar en las cafeterías de tronquitos, kokorico y guayaquilito? Claro que a esta última no iba mucho porque allí se reunían los "revoltosos".
Entró a mi mundo la pregunta por la cultura de la mano de B. Malinowski, de Gerardo y Alicia Reichel Dolmatoff, o posteriormente de Lévi-Strauss. En simultánea apareció el camino del folclor y la cultura popular, tradicional, con el horizonte abierto de la Escuela Popular de Arte (EPA), tras un paro universitario de casi año y medio conocido en los corredores como el paro de "sor-prendida".
Mientras eso pasaba, el mundo de la psicología añorada había cambiado de tajo. Allí no iba a ver la psicología que me enseñó la profesora Lucelly en bachillerato, sino que me encontré con el psicoanálisis. Supe que en adelante yo tendría la mayor aventura de mi vida. Mis preguntas eran como el océano, a veces calmadas, a veces borrascosas y violentas. Algunas de ellas me han tomado toda una vida.
Y así pasé mi historia universitaria de pregrado disfrutando cada día, cada concierto, cada revista Acuarimántima, cada Gaceta universitaria. Los árboles de caucho al lado del museo fueron testigos de mi placer por estudiar.
En adelante mi carrera profesional sólo fue y sigue siendo una bella profundización de estos cuatro caminos entrelazados. Por eso estudié maestría en filosofía en la línea de estética y filosofía del arte y me pregunté por el Aún en la experiencia del arte. Por eso me hice profesora activando y tejiendo las preguntar de esas cuatro áreas. Aprendí a orientarme por preguntas, más que por respuestas y entonces pude Ser UdeA de muchas formas y lo sigo siendo, aún hoy.
La UdeA ha sido mi casa, mi habitar, mi vida, mi aprendizaje. La he amado y también me he ido, odiándola como sólo se odia lo amado. Me he desesperanzado con ella. He prometido no volver en tres ocasiones, desolada y hasta devastada por algunos personajes que sólo recitan autores y que hacen de la educación un negocio, no un compromiso, no un derecho, no una forma de existir. Me he ido para mi hogar con la certeza de no volver, pero la casa siempre es la casa y aquí sigo cuarenta años después de haber entrado a sus corredores por primera vez con el corazón en la mano, llena de futuro, plena de emoción. Basta que suene el himno para que yo cante entusiasta a mi universidad.
Y sí... la última vez que volví, retorné con miedo. Fue hace tres años. Después de tanto habitar y des-habitar la universidad me encontré la pegunta por la permanencia estudiantil. Me parecía muy extraño ese nombre. Aún más extraño el de retención o deserción. Y además... feos... los tres. Claro. Empecé a estudiar y otra vez nacieron nuevas preguntas; volví a entusiasmarme pero siempre con las alas listas por si había que volver a volar fuera de mi casa-universidad. Sabía que muchas de las respuestas a este asunto las había encontrado en la Facultad de Educación desde el núcleo psicopedagógico al que pertenecí por varios años o desde mi carrera profesional.
Pero aquí estoy, soñando de nuevo. Dejando que nazcan nuevos retos. Ayer, vivimos los Foros Regionales: Voces por la permanencia. ¡Qué belleza de experiencia, en el pleno sentido de lo que significa una experiencia!
Dos meses y medio pasaron desde que comenzamos Alejo y yo a pensar en el tema para ofrecerlo a las sedes y seccionales. No sabíamos si ir allá o invitarlos a que vinieran, así como hicimos el año anterior en el I Encuentro regional de permanencia en Oriente, hoy transformado en Foros...
De una semana a otra, todo cambiaba.
Al principio y casi hasta el final, casi ninguno creía en que algo bueno podía pasar. Pero seguimos. En los pasillos se escuchaba: tal vez es mucho dinero invertido para algo ya visto, ya hecho por otros, ya vivido. Y eso asustaba. Quizás se trate de llevar lo que tenemos en Medellín, pero en todo caso no se tratará de diagnosticar. Primera presentación... datos y más datos, números sobre deserción.
Nos tumbaron la presentación decía Alejo. Vuelva y empiece. Empezamos muchas veces, una semana tras otra. Edgar cuestionaba, aportaba y susurraba en medio de la revisión de su teléfono. Ana proponía el nombre del evento y siempre atenta a trabajar. Andrés tomaba notas silenciosamente que después compartía. Esteban registraba en fotos. Jenny arriesgaba propuestas gráficas. Sigamos adelante decía Silvia. Busquemos un asesor decía Hernando.
Primer taller y muchas desazones. Herney va y viene. Otro taller. Otra presentación. Que a la vice no le gusta. Hay que cambiarla. Hay que presentarla al rectoral. Bueno, vamos, decía Marta. Yo voy al académico y a directores de regiones proponía Alejo. Beatriz inicia campaña comunicacional.
Que se va a vincular innovación. Muy bien. Otro taller, otra desazón. Esto no tiene pies ni cabeza. Hablan de la empresa y no de la institución. Se está llegando el día. Hay una entrevista en la emisora cultural, hay otra con Paula para poner en portal. Beatriz sigue trabajando, configura la estrategia de comunicación.
Ya somos muchos montados en el cuento. Y como diría Shakespeare, ya es más fácil pasar a la otra orilla, que devolverse. Steeve, Sergio, Natalia, Héctor, Gabriel, las Paulas, Luz Mary, Doris Adriana, coordinadores académicos o de bienestar, directores de sedes y todos los anteriores, van al taller final, pero de nuevo, muchas cosas quedan en suspenso, incluyendo el alma, por no contar con una ruta fija y clara para trabajar. Hummm. Qué susto.
Nada que hacer. Hay que hacerlo y bien. Ya están citadas casi trescientas personas. Recogemos los materiales y nos vamos para las regiones con nuestros miedos y nuestras fortalezas. Armamos una "casita" a través del whats app. Allí estábamos todos, escribiendo, dándonos ánimos, soñando juntos, ayudándonos con las ideas colectivas. Una foto del ala del avión dice "aterrizamos" y se siente el calor de Urabá al instante. "Carretera por la permanencia" decía Herney. Miren nuestros murales. Porqué no llegan los de Sonsón, se les dijo que llegaran temprano. Ya están llegando les contestamos. "Pilsen por la permanencia" escribía la juguetona Silvia.
Todos salieron con el plan A, B, C y de Z se llevaron la experiencia vital y profesional de cada uno. Si todo fallaba, poníamos el alma y la fe en la universidad. De hecho, así lo hicimos. Somos UdeA, eso si no puede fallar. En medio de todo siempre estuvo la esperanza de hacerlo bien.
"Empezamos el mural", "miren el de Andes", "nosotros no hemos hecho eso", "va el enlace para la conferencia inaugural", habla el director de regionalización y la vice saluda cálidamente aludiendo a la vida; ahora a "romper el hielo" (siempre me ha parecido que es una expresión bastante fea; deberíamos decir: ahora a familiarizar, a acercarnos, a mirarnos, a vernos en nuestra humanidad, pero no... siempre le rompemos el hielo al otro).
Y empiezan a llegar cuarenta fotos, cien, trescientas, más de quinientas en un sólo día. Así vamos dicen Santa Fe, Amalfi, Yarumal, Sonsón, Segovia, Urabá, Andes, Bajo Cauca, Magdalena Medio. Qué bien, les respondemos desde Oriente. Manden foto de los listados. Hagan una foto grupal. Graben videos de evaluación de la jornada.
Toda la emoción junta. Toda la esperanza liberada y convertida en alas. Si pudiera resumir esa experiencia la haría a través de una "Canción con todos" porque en los foros estuvimos "todas las manos todas, todas las voces todas..." y liberamos nuestra esperanza sin un grito en la voz.
He pasado más de la mitad de mi vida siendo UdeA. Al principio la soñé y la vi desde el lugar del ideal siendo apenas una adolescente. Acaricié la idea de "pasar" a la UdeA. Me presenté una vez y otra vez hasta que por fin "pasé". Mientras eso, conseguí los cuadernillos de ofertas de cursos "optativos" y comencé a recorrer cuatro caminos: filosofía, literatura, antropología y psicología. Eran cursos generales para toda la universidad y se convirtieron en mis grandes mundos por explorar. Jamás me presenté a otra carrera pues no creía en "segunda opción". Sólo quería psicología y en la UdeA. Nunca me presenté a otra universidad. Ya no recuerdo dónde nació esa obstinación que marcó el resto de mi existencia. Supongo que fue en el patio de recreo con mis amigas de colegio.
Siempre pensé que tuve los mejores maestros. Incluso cuando eran malos, que los había, les pedía la bibliografía del curso y yo me encargaba del resto.
Asistir a los cursos de filosofía fue toda una fascinación. Descubrí con Gustavo Valencia a Piaget y con éste la estructuración de las nociones de objeto, espacio, causalidad y tiempo. Ahhh... mi primer acercamiento a la pregunta por el tiempo. Luego descubrí a Kuhn y la noción de paradigmas con el profe Fabio y a Nietzsche con el enigmático e irónico Jorge Mario Mejía. Me divertía mucho en sus clases por sus obstinados silencios que desestabilizaban a casi todo el grupo. Podía quedarse callado 15 o 20 minutos mirando su texto y con una mueca burlona reflejada en su cara para quienes no soportaban esos periodos de clase "sin palabras". Y así fui entrando lentamente en grandes preguntas. ¡Qué delicia y qué locura!
Mientras eso conocí a Elkin Restrepo. Sus clases eran tan fascinantes como un juego. Recuerdo que llegaba con una fotografía de su poeta preferida y luego de mostrárnosla y hablar de su belleza física por un buen rato, nos contaba sus poemas con emoción profunda y zas... la clase terminaba. Justo allí donde uno quería que siguiera, que jamás terminara esa dulce danza de palabras. Por el mismo tiempo otra oferta de locura, descubriendo la literatura prehispánica con Oscar Castro. ¡Qué maravilla ese Popol Vuh, libro sagrado de los Mayas! Otra puerta abierta para mi lectura del tiempo. ¿Cómo no amar una universidad así? ¿Cómo no quedarme días y noches transitando entre las aulas con sillas de madera y espaldar alto, incursionar en la biblioteca, el museo, o con-versar en las cafeterías de tronquitos, kokorico y guayaquilito? Claro que a esta última no iba mucho porque allí se reunían los "revoltosos".
Entró a mi mundo la pregunta por la cultura de la mano de B. Malinowski, de Gerardo y Alicia Reichel Dolmatoff, o posteriormente de Lévi-Strauss. En simultánea apareció el camino del folclor y la cultura popular, tradicional, con el horizonte abierto de la Escuela Popular de Arte (EPA), tras un paro universitario de casi año y medio conocido en los corredores como el paro de "sor-prendida".
Mientras eso pasaba, el mundo de la psicología añorada había cambiado de tajo. Allí no iba a ver la psicología que me enseñó la profesora Lucelly en bachillerato, sino que me encontré con el psicoanálisis. Supe que en adelante yo tendría la mayor aventura de mi vida. Mis preguntas eran como el océano, a veces calmadas, a veces borrascosas y violentas. Algunas de ellas me han tomado toda una vida.
Y así pasé mi historia universitaria de pregrado disfrutando cada día, cada concierto, cada revista Acuarimántima, cada Gaceta universitaria. Los árboles de caucho al lado del museo fueron testigos de mi placer por estudiar.
En adelante mi carrera profesional sólo fue y sigue siendo una bella profundización de estos cuatro caminos entrelazados. Por eso estudié maestría en filosofía en la línea de estética y filosofía del arte y me pregunté por el Aún en la experiencia del arte. Por eso me hice profesora activando y tejiendo las preguntar de esas cuatro áreas. Aprendí a orientarme por preguntas, más que por respuestas y entonces pude Ser UdeA de muchas formas y lo sigo siendo, aún hoy.
La UdeA ha sido mi casa, mi habitar, mi vida, mi aprendizaje. La he amado y también me he ido, odiándola como sólo se odia lo amado. Me he desesperanzado con ella. He prometido no volver en tres ocasiones, desolada y hasta devastada por algunos personajes que sólo recitan autores y que hacen de la educación un negocio, no un compromiso, no un derecho, no una forma de existir. Me he ido para mi hogar con la certeza de no volver, pero la casa siempre es la casa y aquí sigo cuarenta años después de haber entrado a sus corredores por primera vez con el corazón en la mano, llena de futuro, plena de emoción. Basta que suene el himno para que yo cante entusiasta a mi universidad.
Y sí... la última vez que volví, retorné con miedo. Fue hace tres años. Después de tanto habitar y des-habitar la universidad me encontré la pegunta por la permanencia estudiantil. Me parecía muy extraño ese nombre. Aún más extraño el de retención o deserción. Y además... feos... los tres. Claro. Empecé a estudiar y otra vez nacieron nuevas preguntas; volví a entusiasmarme pero siempre con las alas listas por si había que volver a volar fuera de mi casa-universidad. Sabía que muchas de las respuestas a este asunto las había encontrado en la Facultad de Educación desde el núcleo psicopedagógico al que pertenecí por varios años o desde mi carrera profesional.
Pero aquí estoy, soñando de nuevo. Dejando que nazcan nuevos retos. Ayer, vivimos los Foros Regionales: Voces por la permanencia. ¡Qué belleza de experiencia, en el pleno sentido de lo que significa una experiencia!
Dos meses y medio pasaron desde que comenzamos Alejo y yo a pensar en el tema para ofrecerlo a las sedes y seccionales. No sabíamos si ir allá o invitarlos a que vinieran, así como hicimos el año anterior en el I Encuentro regional de permanencia en Oriente, hoy transformado en Foros...
De una semana a otra, todo cambiaba.
Al principio y casi hasta el final, casi ninguno creía en que algo bueno podía pasar. Pero seguimos. En los pasillos se escuchaba: tal vez es mucho dinero invertido para algo ya visto, ya hecho por otros, ya vivido. Y eso asustaba. Quizás se trate de llevar lo que tenemos en Medellín, pero en todo caso no se tratará de diagnosticar. Primera presentación... datos y más datos, números sobre deserción.
Nos tumbaron la presentación decía Alejo. Vuelva y empiece. Empezamos muchas veces, una semana tras otra. Edgar cuestionaba, aportaba y susurraba en medio de la revisión de su teléfono. Ana proponía el nombre del evento y siempre atenta a trabajar. Andrés tomaba notas silenciosamente que después compartía. Esteban registraba en fotos. Jenny arriesgaba propuestas gráficas. Sigamos adelante decía Silvia. Busquemos un asesor decía Hernando.
Primer taller y muchas desazones. Herney va y viene. Otro taller. Otra presentación. Que a la vice no le gusta. Hay que cambiarla. Hay que presentarla al rectoral. Bueno, vamos, decía Marta. Yo voy al académico y a directores de regiones proponía Alejo. Beatriz inicia campaña comunicacional.
Que se va a vincular innovación. Muy bien. Otro taller, otra desazón. Esto no tiene pies ni cabeza. Hablan de la empresa y no de la institución. Se está llegando el día. Hay una entrevista en la emisora cultural, hay otra con Paula para poner en portal. Beatriz sigue trabajando, configura la estrategia de comunicación.
Ya somos muchos montados en el cuento. Y como diría Shakespeare, ya es más fácil pasar a la otra orilla, que devolverse. Steeve, Sergio, Natalia, Héctor, Gabriel, las Paulas, Luz Mary, Doris Adriana, coordinadores académicos o de bienestar, directores de sedes y todos los anteriores, van al taller final, pero de nuevo, muchas cosas quedan en suspenso, incluyendo el alma, por no contar con una ruta fija y clara para trabajar. Hummm. Qué susto.
Nada que hacer. Hay que hacerlo y bien. Ya están citadas casi trescientas personas. Recogemos los materiales y nos vamos para las regiones con nuestros miedos y nuestras fortalezas. Armamos una "casita" a través del whats app. Allí estábamos todos, escribiendo, dándonos ánimos, soñando juntos, ayudándonos con las ideas colectivas. Una foto del ala del avión dice "aterrizamos" y se siente el calor de Urabá al instante. "Carretera por la permanencia" decía Herney. Miren nuestros murales. Porqué no llegan los de Sonsón, se les dijo que llegaran temprano. Ya están llegando les contestamos. "Pilsen por la permanencia" escribía la juguetona Silvia.
Todos salieron con el plan A, B, C y de Z se llevaron la experiencia vital y profesional de cada uno. Si todo fallaba, poníamos el alma y la fe en la universidad. De hecho, así lo hicimos. Somos UdeA, eso si no puede fallar. En medio de todo siempre estuvo la esperanza de hacerlo bien.
"Empezamos el mural", "miren el de Andes", "nosotros no hemos hecho eso", "va el enlace para la conferencia inaugural", habla el director de regionalización y la vice saluda cálidamente aludiendo a la vida; ahora a "romper el hielo" (siempre me ha parecido que es una expresión bastante fea; deberíamos decir: ahora a familiarizar, a acercarnos, a mirarnos, a vernos en nuestra humanidad, pero no... siempre le rompemos el hielo al otro).
Y empiezan a llegar cuarenta fotos, cien, trescientas, más de quinientas en un sólo día. Así vamos dicen Santa Fe, Amalfi, Yarumal, Sonsón, Segovia, Urabá, Andes, Bajo Cauca, Magdalena Medio. Qué bien, les respondemos desde Oriente. Manden foto de los listados. Hagan una foto grupal. Graben videos de evaluación de la jornada.
Toda la emoción junta. Toda la esperanza liberada y convertida en alas. Si pudiera resumir esa experiencia la haría a través de una "Canción con todos" porque en los foros estuvimos "todas las manos todas, todas las voces todas..." y liberamos nuestra esperanza sin un grito en la voz.
lunes, 15 de octubre de 2018
¿Donde están mis palabras escritas?
Paula me sorprendió un lunes pasado diciéndome
que por un tiempo me le había convertido en sus lecturas nocturnas. Y me
sugirió que volviera a escribir. Sólo hasta ahí llegó nuestra conversación.
Al parecer
no le presté mucha atención. Pero era mentiras.
Igual que en
las cuerdas de una guitarra algo de su mensaje quedó vibrando adentro de mí.
¿Qué fue? No lo sé. Sé que nacieron preguntas: ¿Por qué me leyó? ¿Qué
imagen de mi viajó hasta ella? Ay…Si yo pudiera verme en el espejo de su
lectura…
Pero bueno,
aquí estoy hoy. Intentando de nuevo escribir, sobreponerme a esas últimas
letras escritas para mi Dani. Deseando abrir de nuevo el cierre de mis
palabras en este viejo blog. Lo hago con sumo cuidado para no dañarlas, para no
espantarlas. Y aun así, ellas no salen, no balbucean, no susurran, no
gritan.
Ay, mis palabras escritas. ¿Dónde están? Las
busco, las convoco, intento librarlas del mutismo, quizá del vacío, del dolor,
del todo o de la nada... Abro el cierre, y las empujo hacia afuera, trato
de darles confianza para poder leerlas de nuevo, y ellas, tal vez con miedo a
no saber decir nada, se ocultan como peces en un río profundo y caudaloso.
Las siento desconfiadas, asustadas, espantadas. Sé
que están ahí. Aún no quieren contar nada. ¿A qué le temen mis pobres palabras
escritas?
jueves, 25 de enero de 2018
No tenias que cumplir cien años
A veces eras tan dulce como un
abrazo, tan sonoro como un paisaje, tan radiante como un amanecer o tan limpio y
generoso como tu sonrisa. Eras tan hijo, tan hermano, tan sobrino, tan nieto,
tan primo, tan amigo, tan vecino, tan novio, que nos tatuaste el alma con coloridos
recuerdos a cada uno de los que te conocimos y amamos.
Ibas y venías. Igual que las olas de cualquier océano conocido. Te
perdías por un tiempo, o por varios, y luego aparecías de nuevo cauteloso
como entre la niebla, con tu chaqueta de drill apretada y llena de escudos que
jamás detallé, tus botas altas color uva, tus pantalones ajustados y
tu camisa a cuadros. Te veías limpio, elegante, impecable.
Preguntabas. Siempre preguntabas. Querías saberlo todo. Te revelabas y
te rebelabas.
Me contabas que habías descubierto a los poetas malditos; que pasabas las noches compartiendo tus pensamientos con tus amigos, con esos mismos con los que descubriste la cresta, los taches, la vestimenta negra, las botas, las cadenas, los tatuajes, la bohemia y el desenfreno...
Recuerdo hoy, que hace ya muchos años, te decía que vos y tus
amigos de adolescencia querían ser radicalmente diferentes al resto del mundo, más sin embargo terminaron
"uniformándose" y gritando a todo pulmón, todos igualitos de cabeza a
pies y de tatuaje a tatuaje, que eran diferentes. Vaya contradicción y vaya
irreverencia la mía. Cada que te lo decía vos te enojabas. Tenías toda la razón. Yo también me uniformé con mis amigas. Para mi época nos disfrazamos de "intelectuales".
Me he maravillado con tus amigos de la Pleve, y su bello homenaje para vos. Los conocí el último día de tu vida y aprendí a quererlos y respetarlos. Los vi llorarte, regañarte, conversarte, mirarte. Los ví quedarse en silencio. Hoy se que son tus amigos leales e "invencibles". Qué amistad hermosa sembraste en sus corazones. Y no fue sólo en ellos. También en los amigos de deportes, en los amigos de la infancia, del barrio, de la universidad. Sembraste ilusiones en los pacientes con parkinson, y sueños con los niños de natación... Aún le cuento a mis amigos esa historia del niño que se rayó con el lapicero queriendo estar tatuado, igualito a vos.
Intentaste enseñarme tu música pero yo jamás aprendí. Terca. De eso si me arrepiento. Tus amigos del alma te enseñaron otro mundo que admirabas. En medio de esa admiración, te perdías a ti mismo y te volvías a encontrar. Ellos estaban ahí para acompañarte en las distintas rutas de tu vida. Te acompañaron en la vida y en la muerte. Te hicieron homenajes y aún te escriben en tu página de Facebook para seguir estando con vos. Así fue tu vida y así decidiste tu muerte.
Me he maravillado con tus amigos de la Pleve, y su bello homenaje para vos. Los conocí el último día de tu vida y aprendí a quererlos y respetarlos. Los vi llorarte, regañarte, conversarte, mirarte. Los ví quedarse en silencio. Hoy se que son tus amigos leales e "invencibles". Qué amistad hermosa sembraste en sus corazones. Y no fue sólo en ellos. También en los amigos de deportes, en los amigos de la infancia, del barrio, de la universidad. Sembraste ilusiones en los pacientes con parkinson, y sueños con los niños de natación... Aún le cuento a mis amigos esa historia del niño que se rayó con el lapicero queriendo estar tatuado, igualito a vos.
Intentaste enseñarme tu música pero yo jamás aprendí. Terca. De eso si me arrepiento. Tus amigos del alma te enseñaron otro mundo que admirabas. En medio de esa admiración, te perdías a ti mismo y te volvías a encontrar. Ellos estaban ahí para acompañarte en las distintas rutas de tu vida. Te acompañaron en la vida y en la muerte. Te hicieron homenajes y aún te escriben en tu página de Facebook para seguir estando con vos. Así fue tu vida y así decidiste tu muerte.
Vale... Dani. Creo que fuiste un valiente y un luchador. No veo tu
suicidio como una derrota sino como la búsqueda misma de otra forma de
habitar-te. Amabas la muerte tanto como a la vida. Y eso está bien. Era tu vida
y era tu muerte. El problema, claro, es para nosotros, los que nos quedamos al
lado de la vida... Supongo que como quizás hubiéramos querido verte envejecer –la
verdad no sé para qué- entonces nos descubrimos a nosotros mismos, en la
intimidad de nuestra soledad, pensando qué fue lo que no hicimos, lo que no
dijimos, lo que faltó para ofrecerte, lo que no te brindamos. Porque el
suicidio trae consigo esas culpitas desgraciadas que exterminan el sueño. ¡Como
si no hubiera sido tu decisión! Al parecer, nos queremos apegar a la idea de
que fue un acto irracional del momento; queremos pensar que te desesperaste,
que te perdiste y ahí se te derritió la vida. Pero, yo la verdad, creo que no. Siempre
te gustó mucho la otra orilla.
Me salvo un poco del dolor que
causa el suicidio, porque estoy segura de que sólo viví con vos lo que pudimos
y quisimos, tanto el uno como el otro y eso no me crea remordimientos ni se los
debería crear a nadie. Al contrario, eso en cierto modo me deja en paz y sé que
también a vos. Eso no quiere decir que no te haya llorado pues al contrario
creo haber padecido una avalancha de lágrimas incontrolable por más de tres días (o tres meses como hoy). Pensé que esa avalancha iba a hacer muchos estragos internos pero al contrario me lavó el dolor. Le quitó un poco la oscuridad y el miedo. Pero creo que todos los que te
historizamos y a los que vos nos historizaste, hemos sufrido del mismo mal. Si
pudieras volver a hablarnos nos dirías, en especial a tu papá, que esté tranquilo, que
29 años también son suficientes. Que no hay que cumplir cincuenta, ni ochenta,
ni cien. Qué así lo querías vos porque fuiste un rebelde de nacimiento. Nos
dirías que nadie puede obligar a nadie a vivir más de lo que puede y quiere. Viviste y moriste plenamente.
Las cédulas de ciudadanía deberían tener algunos rasgos identitarios. La tuya diría por ejemplo: hermoso, rebelde y juguetón.
Las cédulas de ciudadanía deberían tener algunos rasgos identitarios. La tuya diría por ejemplo: hermoso, rebelde y juguetón.
jueves, 4 de enero de 2018
Breve historia de mi padre y el arte contemporáneo
Hace algunos años (febrero del 2014) fui con mi padre (él tenía 81 años en ese momento) al Museo de Arte Moderno de Medellín para que conociera la exposición de arte que ofrecía para ese día el Museo. Tal vez quería simplemente que me acompañara. Estaban en la exhibición de Coordenadas. Historias de la instalación en Antioquia, realizada bajo la curaduría de Armando Montoya y Oscar Roldán, como fruto de una investigación en la UdeA, sobre la instalación en el arte antioqueño en los 25 años comprendidos entre 1975 y 2010.
A mi padre le impactó mucho esta exposición y con un silencio entre ritual y sepulcral observó una a una las obras exhibidas. Habló poco al salir del museo. Las obras de Carlos Uribe llamadas Paisaje producido (Torre y Maíz) 1964 que se encontraban a la entrada, le causaron el primer golpe de silencio. Yo estaba disfrutando la historia contada por las diferentes instalaciones, pero a ratos me ocupaba de acompañarlo y en vano trataba de ignorar su silencio abrumador. ¡Cuánto hubiera dado por saber qué pensaba en esos momentos en los que se enfrentaba cara a cara con cada obra exhibida.
Sólo al salir y mucho rato después, rompió su silencio con una de las grandes preguntas contemporáneas del arte y sin haber leído jamás sobre el tema: "¿Oíste Marta. ¿Y eso es arte?"
No podía entender cómo el arte se metía en los recuerdos más entrañables de su historia personal y al contrario. No podía, ni quería comprender, que lo más simple de la vida diaria de su seno familiar, desde su infancia hasta la adultez, hubiera podido saltar al "pedestal" del arte en los museos. Pero, ¿la panela?, ¿el maíz?, ¿el comedor?, ¿las foticos en miniatura?, ¿los palos, piedras y alambres de las construcciones que hacía su propio hermano? ¿Cuándo pasó todo eso? El desconcierto era total. La desilusión también. Y eso que mi padre jamás supo, porque olvidé contarle, que dos meses después un estudiante de artes plásticas de la UdeA, Daniel Felipe Escobar, entró al museo una gallina para "comerse" (léase "reflexionar") la obra del artista.
La mesa "dispuesta" de María Teresa Cano (Distancias 1960), le recordaba su casa materna con los muebles de su época, los mismos que desaparecieron al morir dos de sus hermanos. Su "comedor", igual de rojo como el de la obra, jamás fue arte. Era simplemente un "comedor", donde la abuela guardaba las macabras muñecas de porcelana vestidas como si llegaran del último bautizo de cualquier infante.
Igual sucedió con los telescopios colgantes de Juan Camilo Uribe (Telescopios 1976). Acaso no hay aún en alguna parte de la casa una vieja bolsa con esos pequeños telescopios que muestran las foticos de sus hermanos, de su esposa y sus hijas juniniando? ¿Entonces colgarlos los convierte en arte? ¡Qué bobada, dice mi padre! ¿Para esto me trajiste, Marta? No, no, no, no. Si han cambiado mucho los tiempos.
Le conté a Armando la visita de mi padre al museo y me pidió encarecidamente que le mandara las fotos. Disfrutó mucho mi narración porque desde años atrás conoce a mi padre, hoy de 86 años.
Bien citaba la exposición a Hugo Ceballos cuando afirmaba: "Del mismo modo que la mirada penetra la pintura, el espectador debe ahora penetrar ya no como ilusión sino como realidad las mismas instancias de la figuración: textura, factura, representación y formas simbólicas y tomar la recepción ya no como contemplación sino como vivencia. Desde que el espectador penetra en una instalación el espacio es tomado como un espacio habitado que envuelve al sujeto, lo desarma en su condición inocente de contemplación y lo hace un habitante más de ese territorio donde cualquier cosa puede suceder".
Tanto "penetró" la exposición la sensibilidad de mi padre que aún hoy recuerda las "bobadas que ponen en los museos" aduciendo que "eso es arte". Cuenta de nuevo y se ríe.
En el 2016 fuimos a ver la exposición Detrás de la Montaña, un homenaje de la Universidad EAFIT a la obra del maestro Francisco Antonio Cano, curada por Alberto Sierra. Al parecer ya mi padre estaba un poco más listo para ver el arte y sus Horizontes actuales. Su mirada ya no era impávida sino simplemente asombrada. Contempló y "leyó" las obras, pero no dijo nada.
A mi padre le impactó mucho esta exposición y con un silencio entre ritual y sepulcral observó una a una las obras exhibidas. Habló poco al salir del museo. Las obras de Carlos Uribe llamadas Paisaje producido (Torre y Maíz) 1964 que se encontraban a la entrada, le causaron el primer golpe de silencio. Yo estaba disfrutando la historia contada por las diferentes instalaciones, pero a ratos me ocupaba de acompañarlo y en vano trataba de ignorar su silencio abrumador. ¡Cuánto hubiera dado por saber qué pensaba en esos momentos en los que se enfrentaba cara a cara con cada obra exhibida.
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Sólo al salir y mucho rato después, rompió su silencio con una de las grandes preguntas contemporáneas del arte y sin haber leído jamás sobre el tema: "¿Oíste Marta. ¿Y eso es arte?"
No podía entender cómo el arte se metía en los recuerdos más entrañables de su historia personal y al contrario. No podía, ni quería comprender, que lo más simple de la vida diaria de su seno familiar, desde su infancia hasta la adultez, hubiera podido saltar al "pedestal" del arte en los museos. Pero, ¿la panela?, ¿el maíz?, ¿el comedor?, ¿las foticos en miniatura?, ¿los palos, piedras y alambres de las construcciones que hacía su propio hermano? ¿Cuándo pasó todo eso? El desconcierto era total. La desilusión también. Y eso que mi padre jamás supo, porque olvidé contarle, que dos meses después un estudiante de artes plásticas de la UdeA, Daniel Felipe Escobar, entró al museo una gallina para "comerse" (léase "reflexionar") la obra del artista.
La mesa "dispuesta" de María Teresa Cano (Distancias 1960), le recordaba su casa materna con los muebles de su época, los mismos que desaparecieron al morir dos de sus hermanos. Su "comedor", igual de rojo como el de la obra, jamás fue arte. Era simplemente un "comedor", donde la abuela guardaba las macabras muñecas de porcelana vestidas como si llegaran del último bautizo de cualquier infante.
Igual sucedió con los telescopios colgantes de Juan Camilo Uribe (Telescopios 1976). Acaso no hay aún en alguna parte de la casa una vieja bolsa con esos pequeños telescopios que muestran las foticos de sus hermanos, de su esposa y sus hijas juniniando? ¿Entonces colgarlos los convierte en arte? ¡Qué bobada, dice mi padre! ¿Para esto me trajiste, Marta? No, no, no, no. Si han cambiado mucho los tiempos.
Le conté a Armando la visita de mi padre al museo y me pidió encarecidamente que le mandara las fotos. Disfrutó mucho mi narración porque desde años atrás conoce a mi padre, hoy de 86 años.
Bien citaba la exposición a Hugo Ceballos cuando afirmaba: "Del mismo modo que la mirada penetra la pintura, el espectador debe ahora penetrar ya no como ilusión sino como realidad las mismas instancias de la figuración: textura, factura, representación y formas simbólicas y tomar la recepción ya no como contemplación sino como vivencia. Desde que el espectador penetra en una instalación el espacio es tomado como un espacio habitado que envuelve al sujeto, lo desarma en su condición inocente de contemplación y lo hace un habitante más de ese territorio donde cualquier cosa puede suceder".
Tanto "penetró" la exposición la sensibilidad de mi padre que aún hoy recuerda las "bobadas que ponen en los museos" aduciendo que "eso es arte". Cuenta de nuevo y se ríe.
En el 2016 fuimos a ver la exposición Detrás de la Montaña, un homenaje de la Universidad EAFIT a la obra del maestro Francisco Antonio Cano, curada por Alberto Sierra. Al parecer ya mi padre estaba un poco más listo para ver el arte y sus Horizontes actuales. Su mirada ya no era impávida sino simplemente asombrada. Contempló y "leyó" las obras, pero no dijo nada.
domingo, 29 de octubre de 2017
jueves, 15 de junio de 2017
martes, 6 de junio de 2017
Tiene algo de pendular
Hace muchos años fui adicta a la poesía de Mario Benedetti, en particular al hermoso Inventario que tantos poemas me tatuó en la piel bajo los pliegues de mi memoria. Aún me gusta, claro que si, pero ya no la leo con tanta ansiedad. Y sin embargo, hoy está aquí apareciendo de nuevo un poema, como si nada, como si yo lo hubiera llamado. No fue así. Él apareció saltando desde el mundo de esa nada donde habitan los recuerdos, no importa si son los más bellos, los más viejos, los oscuros, los dolorosos, los más extraños, los insignificantes, o los olvidados. En alguna parte se guardan o resguardan de nuestra memoria dura, implacable, impaciente.
Desde abril, a propósito de mi cumpleaños, vengo pensando que la vejez tiene algo de pendular, y eso es bueno. Tal vez, muy bueno. Las líneas de "mis tiempos" se traban y destraban juntando el pasado con el presente y trenzando nuevas formas de predecir futuro. No se qué me ha guardado la vida para que yo se la viva. Pero aquí estoy. Oscilando entre esas "pequeñas cosas en las que amé la vida" y en las que la sigo amando desaforadamente, como en la infancia, como en la adolescencia, como en la juventud, como en mi adultez, como ahora en el nacimiento de mi vejez.
Mis amigos se montan al péndulo de sus propios tiempos juguetonamente y sin permiso, añorando quizá los columpios de la infancia. Van y vienen. Vuelan. Juegan. Y yo los dejo. No les llamo la atención. En el momento mismo en el que aparecen yo me trepo a jugar con ellos, los sigo en sus brincos y sus caídas, los espero en sus silencios, me río silenciosa, invisible. Sé que también ellos "pendulan" en sus recuerdos igual que yo. Van y vienen. Lloran algunos, se ríen otros, muchos se callan, esperando el próximo movimiento que traerá una foto casi rosada por el paso del tiempo, esperando que alguno active con una sola palabra la memoria dormida en nuestra secreta intimidad. Y como viejitos hermosos nos preguntamos cada uno: ¿Vamos o volvimos? ¿Es pasado o es presente? Cada uno se deja mecer a su ritmo en esta avalancha de recuerdos entre los viejos amigos.
Podemos decirnos unos a otros, que "todas las parcelas de mi vida, tienen algo tuyo." Por eso estoy de acuerdo con el poema "Mucho más grave". es cierto que "Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo", sólo que ese "tuyo" tuvo un nombre propio hace muchos años, y en cambio ahora los contiene todos. Todos los nombres de mis amigos están presentes, reescribiendo-me, re-escribiendo-nos. Ahora todos podemos decirnos con Benedetti:
Porque gracias a vos he descubierto, (dirás que ya era hora y con razón), que el amor es una bahía linda y generosa, que se ilumina y se oscurece, según venga la vida, una bahía donde los barcos llegan y se van, llegan con pájaros y augurios, y se van con sirenas y nubarrones. Una bahía linda y generosa, Donde los barcos llegan y se van. Pero vos, Por favor, No te vayasEscribo esto a propósito del florecer de los amigos de la EPA pero también en nombre de todos mis amigos de cada parcela de mi vida.
miércoles, 31 de mayo de 2017
Lo que estoy por aprender...
En mi trabajo actual en la Universidad de Antioquia TODO ha sido y es un enorme aprendizaje. En diciembre del 2015 la vicerrectora de docencia de la UdeA me invitó a acompañarla en un proyecto de permanencia estudiantil para ser desarrollado con recursos del Ministerio de Educación Nacional. Creía saber algo del tema al menos desde mi formación como psicóloga. Creía que mi experiencia con las diferentes Facultades de Educación de la ciudad, me había capacitado para abordar esta problemática, como mínimo desde la coordinación general de un proyecto. Creía haber aprendido mucho desde mi participación por años en el núcleo de psicopedagogía de la UdeA para situarme de cara al estudiante y su deseo de saber, ser, y estar en la Universidad.
FALSO. Para este proyecto, como en todos los anteriores, me esperaba un mundo bastante amplio por explorar y un horizonte demasiado abierto para mi aprendizaje. Leí, leí, leí y seguí leyendo, hasta hoy, sobre lo que la UdeA hace para fomentar y fortalecer la permanencia y disminuir la deserción estudiantil. Ingresaron a mi vocabulario viejas palabras, recargadas eso sí de nuevos sentidos, desde las cuales he tenido que reflexionar conceptos como permanencia, calidad, deserción, rezago… Aprendí otras tantas que jamás había escuchado. Me faltan quizás más de las que me imagino. Quizá he tratado de consignar lentamente y a través de Boletines, las historias cambiantes de cada una de estas estas preguntas. Tuve que hundirme en informes fragmentados (al menos desde mi propia manera de aprender); me sorprendí desanclando viejas banderas triunfalistas acostumbradas a izar más deseos que realidades. Me encontré haciendo dialogar fortalezas con vacíos, y presentes con demasiado sabor a pasado. Aprendí a buscar, rebuscar, desempolvar y encontrar documentos que algunos suponían era de su dominio o pertenencia, pero que corrían libres por las autopistas de la virtualidad. ¡Que manía la de los investigadores de creer que los "artículos" que producen son "suyos" aunque los haya pagado el Estado con dineros públicos; creen que les pertenecen... se debaten entre la necesidad de ocultar las ideas para que nadie se las "robe" o publicarlas con todos los "derechos de autor"! ¿Cuándo será que el conocimiento producido es para servicio y disfrute de todos, para que nadie vuelva a empezar de cero, para que continuemos pensando y avanzando, no dando vueltas sobre los egos? Pues bien, en esta época de internet y redes sociales si sabemos buscar podemos encontrar. Entonces yo busqué mucho y encontré mucho. Así es como mi mundo se sigue abriendo día tras día. TODO… paso por paso, proyecto por proyecto, iniciativa por iniciativa ha sido y sigue siendo un enorme aprendizaje. Un año y medio después miro hacia atrás y reconozco las preguntas que he acumulado, quizá sólo para mi misma, desde el proyecto que hoy lidero y acompaño. Por ejemplo. ¿Qué ayuda a un estudiante a iniciar y culminar con éxito sus estudios universitarios? ¿Cuáles son las estrategias e iniciativas "más adecuadas", si es que las hay? ¿Qué tan efectivo es todo lo que hacemos, que por cierto es mucho, por no decir que demasiado desde el Plan de Fomento a la Calidad? ¿Que falta para lograr que realmente sea efectivo? ¿Qué tanto articulamos (no juntamos) todo lo que hacemos? Creo que todos los días me levanto a intentar responderlas. Iniciamos a finales del 2015 con cuatro proyectos en curso al interior del Programa de Permanencia con Equidad: ("La reflexión y habilitación del mismo Programa", "Diplomado de acompañamiento para la permanencia estudiantil", "Acompañamiento a profesores con estudiantes con discapacidad" y la idea de consolidar un "Observatorio" de carácter institucional. También estaba la idea de diseñar las "Cátedras UdeADiversa", las "Mentorías para grupos étnicos", y la posible llegada de lo que conoceríamos como "permanencia en regiones". Estas últimas si bien nacieron como idea en el marco del Programa no se concibieron allí. Han sido una co-construcción realizada durante todo el 2016 con los diferentes colectivos. Muchas cosas cambiaron y otras se fortalecieron a lo largo del camino. Adicionamos a estos proyectos en curso, la investigación con nueve proyectos sobre permanencia estudiantil; emprendimos la creación de un Centro de Lecturas, Escrituras y Oralidades (con más de 25 propuestas diferentes); transformamos el diploma de acompañamiento desde la visión de "módulos" al trabajo por problemas reales de los estudiantes. Las Cátedras UdeADiversa dieron 17 frutos, muchos de ellos alrededor de los saberes ancestrales. La iniciativa relacionada con la educación inclusiva cambió su nombre a Soy Capaz y amplió su horizonte. La transformación de la gestión curricular entró de última al escenario con 9 proyectos nuevos. Y de las mentorías pasamos al acompañamiento a estudiantes de nuevo ingreso, en particular a los pertenecientes a grupos étnicos. Nos falta claro está terminar de montar el observatorio institucional. Para todas las personas que han estado allí, co-creando y co-construyendo; para los que día a día tejen y tejen, sueñan y hacen realidad sus sueños... para todos esos profes del alma (y de nuestra Alma Mater) gracias. Como diría años atrás un rector amigo: "un Dios les pague" por tantas enseñanzas sobre multiculturalidad y diversidad, sobre educación inclusiva, sobre las múltiples formas de lecturas, escrituras y oralidades que nos habitan como comunidad y como ciudad; por pensar en lo que debemos transformar desde lo curricular, por acercarme a las regiones en las que siempre he creído que está el centro mismo de la Universidad. Todos ustedes me han permitido aprender demasiado a su lado y quien sabe cuánto más estaré por aprender. He corrido el riesgo de preguntarme. Lo seguiré corriendo. La Universidad de Antioquia sigue siendo mi casa, mi esquina, mi parque, mi calle, mi escuela, mi luz, mi debate, mi reflexión, mi maestra.
Facebook: PFC Permanencia estudiantil
Canal de Youtube: PFC permanencia estudiantil
FLICKR: PFC permanencia estudiantil
martes, 30 de mayo de 2017
Por culpa tuya Chucho Mejía
Más de 8 días con los recuerdos vivos y a flor de piel. ¿Qué me ha pasado?
Un sólo mensaje por redes sociales bastó para dar rienda suelta a los ríos caudalosos de mi pasado. Un pasado hermoso, lleno de maestros, cantos y cuerdas de tiples y de guitarras; de tambores, bailes y aprendizajes. Un pasado con amigos que creía desaparecidos en la profundidad de sus propias historias. Un pasado con más de treinta y cinco años de relativo silencio para mi propia historia.
La presencia de esa ausencia de tantos años me convoca hoy a nuevos encuentros.
Y del mismo modo que la muerte de Prudencio Aguilar a manos de José Arcadio Buendía, lanzó a la historía la creación de Macondo, también la muerte de nuestro maestro Chucho Mejía nos lleva hoy a viejos amigos, a actualizar nuestras vivencias de la EPA (Escuela Popular de Arte de Medellín) y con ellas, la de Canchimalos, un grupo que no ha parado de soñar y de creer por más de cuarenta años.
De esa historia muchas cosas se han ido y otras han permanecido, entre ellas, el sentimiento profundo por esa amistad que tal vez sin proponérselo construyó parte de nuestras historias personales y profesionales. Creía haber tomado otro camino. Pero qué va... Las raíces profundas estaban en la EPA. Por culpa tuya Chucho, hoy lo sé. Este manojo de recuerdos me obligan de nuevo a prender mi lápiz apagado, igual como me lo prendió hace algunos años el bello recuerdo de la muerte de Juan Guillermo Rua.
Por ejemplo, yo no seguí el camino de la danza, el baile o el canto. No continué persiguiendo festivales y carnavales de pueblo en pueblo. No me acerqué más a las tarimas donde hacían la cultura mis amigos. Iba si a los festivales de poesía porque a mi me atraparon las letras, los libros, las aulas. Eso si, jamás el folclor se me salió del alma. Incluso dos días antes de tu muerte estábamos abriendo en la UdeA la Cátedra Manuel Zapata Olivella en nuestra celebración del mes de la africanidad en la UdeA. Quizás esas son ahora mis danzas, mis cantos, mis tarimas.
Por eso escribí, estudié, investigué, publiqué, y llevé a las aulas de la educación básica, media y superior todos mis aprendizajes. Por eso ahora acompaño proyectos que siguen creyendo en la cultura. Como el de las Cátedras UdeADiversa que lideran otros amigos (Alex, Selnich...) que no conocieron la EPA pero que creen en los saberes ancestrales. Se parecen a vos querido Chucho, pero libran sus batallas en la academia para no dejar morir la sabiduría de nuestros antepasados.
Seguí creyendo en la fuerza del arte y la cultura para las vidas de las personas y los colectivos sociales y aún lo sigo haciendo. Sólo hasta hoy, por culpa de tu muerte, Chucho querido y casi por mi olvidado, comprendo algo que no había pensado antes. Muchas de esas viejas vivencias, hoy me constituyen. Me constituye el juego, el arte, la fiesta, la cultura. Eso si lo sé. Del juego hice mi tesis de psicología y del arte y la fiesta (igualmente del juego) hice mi maestría en filosofía. De las artes plásticas hice mi doctorado.
Lo que no sabía hasta hoy, es que con lo que aprendí desde tus provocadoras palabras y desde tu resistencia y rebeldía, me tracé toda una vida. Claro que no fuiste vos sólo, no te creas tanto. También fueron la negra Yarce, Adolfo, Oscar Vahos, Luz Mercedes... y todos los amigos hoy de nuevo encontrados (Tortugo; Marta, Ana Eva, Arturo, Juan Juan, Carlos Mario, Gustavo, Cuscus, Iván, el diablo, Ludys, Jaime, Patricia, Marina, Alejandro, Laurent, Gloria, Jaime, Abelardo, el diablo...). Por culpa de tu muerte todos somos ahora "los conseguidos". Y lo celebro. Celebro la vida y sus recuerdos que se intensifica con la muerte. Claro que lo celebro. Nos volviste a juntar sin proponértelo. Gracias.
Ahora viajas río Cauca arriba-abajo. Quien sabe en qué piedras dejarás tu imagen. Quien sabe adónde te reconvertirás en vida.
Para no perderte traigo aquí uno de los bellos homenajes que te hicieron en vida.
sábado, 25 de febrero de 2017
Discusión en torno a la obra Sumando Ausencias de Doris Salcedo
Interesante la reflexión sobre la obra Sumando Ausencias de Doris Salcedo en Esfera Pública, un espacio de crítica de arte y de opinión, para leer detenidamente.
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